Mucho antes de que existiera ciudad alguna, las costas, fiordos y estepas de la región de Última Esperanza estaban habitadas por pueblos originarios profundamente adaptados a uno de los climas más rigurosos del planeta. En el laberinto de canales y fiordos australes navegaban los kawésqar (también llamados alacalufes), un pueblo canoero que recorría las aguas frías en embarcaciones, viviendo de la pesca, la caza de lobos marinos y la recolección de mariscos. Eran maestros de la navegación entre las islas y los hielos, y mantenían el fuego encendido a bordo de sus canoas.
En las estepas del interior, en cambio, se movían los aónikenk o tehuelches del sur, cazadores-recolectores nómades que perseguían al guanaco y al ñandú por las llanuras patagónicas. Ambos pueblos, el de los canales y el de la tierra, compartían y a veces se cruzaban en este territorio de transición entre el mar y la estepa, dejando una huella milenaria en la región.
El testimonio más extraordinario de esta antiquísima presencia humana se encuentra muy cerca de la actual Puerto Natales, en la Cueva del Milodón, donde junto a restos del legendario perezoso gigante se han hallado evidencias de ocupación humana de miles de años de antigüedad. La llegada de los europeos, primero como exploradores y luego como colonos, terminaría transformando radicalmente —y en gran medida destruyendo— el mundo de estos pueblos originarios, cuya memoria sigue presente en la toponimia, los museos y la identidad de la región.
El nombre del seno y de toda la provincia, 'Última Esperanza', tiene un origen cargado de épica que se remonta a la era de los grandes exploradores. En el siglo XVI, tras el descubrimiento del estrecho de Magallanes (1520), distintas expediciones intentaron explorar y dominar los confusos laberintos de canales del extremo sur de Sudamérica, buscando rutas seguras entre el Atlántico y el Pacífico.
La tradición atribuye el nombre al navegante español Juan Ladrillero, quien hacia mediados del siglo XVI exploró estos canales desde el Pacífico buscando la salida del estrecho de Magallanes. Según el relato, este seno representaba su 'última esperanza' de encontrar el ansiado paso interoceánico, de ahí el nombre que quedó para siempre asociado al lugar. Aunque las expediciones de la época estuvieron llenas de penurias, naufragios y fracasos, fueron dejando en los mapas y en la toponimia las huellas de aquella búsqueda obsesiva de la ruta austral.
Durante siglos, sin embargo, la región permaneció prácticamente despoblada de europeos: era un territorio remoto, de clima durísimo, alejado de los centros coloniales y habitado solo por los pueblos originarios. Habría que esperar hasta fines del siglo XIX y comienzos del XX para que la colonización ganadera de Magallanes llevara, por fin, a la fundación de una ciudad a orillas de este seno de nombre legendario.
Puerto Natales es una ciudad joven, hija directa del auge ganadero que transformó la Patagonia a comienzos del siglo XX. Tras la consolidación de Punta Arenas y la expansión de las grandes estancias ovejeras por toda la Región de Magallanes, la zona del seno Última Esperanza se reveló como un punto estratégico: un puerto natural desde donde embarcar la producción de las estancias del interior hacia los mercados internacionales.
La ciudad fue fundada oficialmente en 1911, en un contexto de colonización en el que llegaron inmigrantes de diversos orígenes —chilenos del norte, alemanes, ingleses, croatas, españoles y otros europeos— atraídos por las oportunidades de la ganadería y el comercio. El trazado urbano, con su plaza y sus casas de chapa adaptadas al clima ventoso, fue tomando forma a orillas del seno, y la pequeña localidad creció al ritmo de la actividad agropecuaria y portuaria.
La economía giraba en torno a las ovejas: la lana, la carne y los cueros eran la base de la riqueza regional. Las grandes sociedades ganaderas, como la poderosa Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, controlaban enormes superficies de campo y la infraestructura asociada. Puerto Natales nació, así, como un eslabón clave de aquella cadena: el puerto por donde salía hacia el mundo la producción de una de las regiones ganaderas más extensas del planeta.
Si la ganadería ovina fue el alma de la región, los frigoríficos fueron su corazón industrial, y ningún edificio cuenta mejor esa historia que el Frigorífico Bories, a pocos kilómetros al norte de Puerto Natales. Inaugurado a comienzos del siglo XX por la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, fue uno de los grandes complejos frigoríficos de la Patagonia, dedicado a faenar, congelar y exportar carne de cordero —además de procesar lana, cueros, sebo y otros subproductos— hacia los mercados europeos, especialmente el británico.
El complejo, con sus galpones, chimeneas y maquinaria de estilo industrial inglés, era una verdadera ciudad fabril: empleaba a cientos de trabajadores, contaba con muelles propios para el embarque y funcionaba como uno de los principales motores económicos de la zona durante buena parte del siglo XX. La vida de Puerto Natales giró durante décadas en torno al ritmo de la faena, las temporadas de esquila y los embarques.
Esta época también dejó una marca social: la dura vida de los obreros de los frigoríficos y de los trabajadores rurales dio lugar a conflictos laborales y a una fuerte tradición sindical en la región. Con el tiempo, el declive de la industria de la carne y la lana fue apagando los frigoríficos. El Bories, declarado monumento, sobrevive hoy como testimonio patrimonial de aquel pasado, en parte restaurado y reconvertido, recordando los años en que Puerto Natales vivía del cordero y la exportación.
La segunda mitad del siglo XX trajo un cambio profundo para Puerto Natales. El declive de la industria de la carne y la lana —por la caída de los precios internacionales, los cambios en los mercados y la transformación de la economía regional— fue dejando atrás los años dorados de los frigoríficos y obligó a la ciudad a buscar un nuevo rumbo. Ese rumbo llegó del otro gran tesoro de la región: su naturaleza.
A medida que el Parque Nacional Torres del Paine, creado a partir de 1959 y declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1978, ganaba fama mundial como uno de los destinos de trekking más espectaculares del planeta, Puerto Natales fue asumiendo de manera natural el papel de puerta de entrada y campamento base. Su ubicación estratégica, a un par de horas del parque, la convirtió en el lugar obligado donde los viajeros organizan la logística: alojamiento, alquiler de equipo, provisiones, agencias y transporte.
En las últimas décadas, el turismo de naturaleza transformó por completo a la ciudad. Las antiguas casas y galpones convivieron con nuevos hostels, hoteles boutique, restaurantes, cervecerías artesanales y tiendas de equipo de montaña, y la economía local pasó a girar en torno a los visitantes que llegan de todo el mundo. Puerto Natales se reinventó así de capital ganadera a capital del trekking patagónico, conservando su escala humana, su identidad de pueblo del fin del mundo y la memoria de su pasado en monumentos como el Frigorífico Bories y la Cueva del Milodón.