La historia de Pomaire se remonta a tiempos anteriores a la llegada de los españoles. La zona del actual pueblo, en el valle de Melipilla, formaba parte del territorio habitado por pueblos originarios de Chile central, dedicados a la agricultura, la recolección y la elaboración de objetos de barro a partir de las arcillas locales. Esa tradición de trabajar la greda —que con el tiempo se volvería el sello de Pomaire— hunde sus raíces en ese mundo prehispánico.
El propio nombre 'Pomaire' se asocia a voces de lenguas indígenas de la zona central. Como ocurre con muchos topónimos de origen originario, existen distintas interpretaciones sobre su significado preciso, por lo que conviene tomarlas con cautela. Lo que sí queda claro es que el nombre, igual que el oficio alfarero, es una herencia de los antiguos habitantes del valle.
La región estuvo además bajo la influencia del Imperio incaico antes de la conquista española, integrada a las redes de dominio que los incas extendieron hacia el sur del continente. Sobre esa base de poblamiento indígena y de tradición alfarera se construiría, ya en tiempos coloniales, el Pomaire que conocemos.
Durante la época colonial, Pomaire quedó configurado como uno de los llamados 'pueblos de indios', las localidades en las que la Corona española reagrupaba y administraba a la población indígena, separándola en cierta medida de las tierras y estancias de los españoles. Esta organización buscaba facilitar el control, la evangelización y el cobro de tributos, y dejó como huella una estructura de poblamiento que en muchos casos perduró hasta la actualidad.
En ese contexto, la comunidad de Pomaire mantuvo y desarrolló su tradición alfarera. El trabajo de la greda, heredado de tiempos prehispánicos, se transformó en una actividad económica clave para los habitantes del pueblo, que producían objetos utilitarios de barro —ollas, fuentes, jarros— para el uso doméstico y para el intercambio con otras zonas del valle central. La abundancia y calidad de las arcillas de los alrededores fue, desde siempre, el gran recurso del lugar.
Así, mientras buena parte de Chile central se transformaba con las haciendas y la economía colonial, Pomaire conservó una identidad propia, ligada a la tierra, a la comunidad campesina y, sobre todo, al oficio de modelar el barro, que se transmitía de padres a hijos como un saber comunitario.
El alma de Pomaire es la greda, nombre con el que en Chile se conoce a la arcilla con la que se modela la cerámica. Los yacimientos de arcilla de excelente calidad de los alrededores del pueblo han sido, durante siglos, la materia prima que sostiene el oficio. Los artesanos extraen la greda, la preparan, la modelan a mano o con torno, la dejan secar y la cuecen en hornos para obtener piezas resistentes.
Lo notable de Pomaire es que esta tradición no quedó como una pieza de museo, sino que se mantuvo viva y se transmitió de generación en generación. Familias enteras se dedican a la alfarería, y los maestros enseñan el oficio a sus hijos desde pequeños. Con el tiempo, el pueblo se especializó sobre todo en la cerámica utilitaria —pailas, fuentes, ollas, jarros— que se difundió por todo Chile y se integró a la cocina criolla: la 'paila de greda' y la fuente de barro son objetos cotidianos en muchos hogares chilenos.
Junto a lo utilitario, Pomaire también produce piezas decorativas y figuras, entre ellas el célebre 'chanchito de la suerte' de tres patas, un amuleto popular que se regala para atraer la buena fortuna. Esta combinación de utilidad, tradición y simbolismo convirtió la alfarería de Pomaire en un patrimonio cultural reconocido de Chile.
A lo largo del siglo XX, y especialmente desde mediados de la centuria, Pomaire fue convirtiéndose en un destino turístico muy querido por los santiaguinos. Varios factores se combinaron para ello: la cercanía a Santiago (poco más de una hora de viaje), la fama creciente de su artesanía en greda y el atractivo de su cocina campesina, con la empanada gigante como gran emblema gastronómico.
La mejora de las rutas y el aumento del turismo interno convirtieron la visita a Pomaire en un clásico paseo de fin de semana: recorrer los talleres, comprar cerámica y almorzar un contundente plato criollo. El pueblo adaptó parte de su vida a esta actividad, con calles llenas de tiendas de artesanía y restaurantes típicos, sin perder del todo su carácter campesino.
Hoy, el turismo es una de las principales fuentes de ingreso de Pomaire, y conviven en él dos mundos: el de la comunidad alfarera que mantiene viva una tradición de siglos y el de un destino popular que recibe a miles de visitantes. El desafío para el pueblo es preservar la autenticidad de su oficio y su identidad frente a la presión del turismo masivo, manteniendo a la greda y a la cocina criolla como sus señas de identidad.
Si la greda es la identidad artesanal de Pomaire, la cocina es su identidad gastronómica, y ambas están profundamente entrelazadas: los platos típicos se sirven, tradicionalmente, en vajilla de greda. El gran emblema culinario del pueblo es la empanada gigante, una versión descomunal de la clásica empanada de pino chilena (carne picada, cebolla, huevo, aceituna y a veces pasas), que puede pesar más de un kilo y se ha vuelto una atracción en sí misma.
El origen de esta tradición está ligado al desarrollo turístico del pueblo: los restaurantes campesinos de Pomaire convirtieron la abundancia y el carácter casero de la cocina chilena en un atractivo, y la empanada gigante pasó a ser un sello distintivo que muchos visitantes vienen expresamente a probar. Alrededor de ella se ofrece toda la mesa criolla: pastel de choclo, cazuela, costillar, arrollado, pernil y postres tradicionales.
Esta unión de greda y comida resume el espíritu de Pomaire: un pueblo donde el barro modelado a mano y la cocina campesina de Chile central se dan la mano. Probar un plato típico servido en una paila de greda hecha en el mismo pueblo es, quizá, la mejor manera de entender por qué Pomaire ocupa un lugar tan especial en el corazón de los chilenos.