El Valle del Elqui, donde hoy se asienta Pisco Elqui, es uno de los célebres 'valles transversales' del Norte Chico de Chile: profundos surcos verdes que descienden de la cordillera al mar, regados por ríos que dan vida a un territorio semidesértico. El río Elqui (formado por los ríos Turbio y Claro) convierte este valle en un oasis fértil entre cerros áridos, ideal para la agricultura, lo que atrajo a poblaciones humanas desde tiempos muy antiguos.
Antes de la llegada de los españoles, el valle estuvo habitado por pueblos como los molle (una cultura más antigua, conocida por su alfarería y metalurgia) y, especialmente, los diaguitas. Los diaguitas fueron notables agricultores —cultivaban maíz, porotos, calabazas y otros productos en el fondo del valle— y, sobre todo, extraordinarios alfareros, famosos por su cerámica decorada con diseños geométricos en negro, rojo y blanco, considerada una de las más bellas del Chile prehispánico.
Hacia el siglo XV, el valle quedó bajo la influencia del Imperio inca, que extendió su dominio por el Norte Chico e integró estos valles a su red de caminos y a su economía. Los diaguitas mantuvieron buena parte de su cultura, pero adoptaron también elementos incaicos. Cuando llegaron los conquistadores españoles en el siglo XVI, encontraron así un valle poblado, agrícola y culturalmente rico, que sería la base del futuro desarrollo de la zona.
Con la conquista española del siglo XVI, el Valle del Elqui se incorporó al dominio colonial, dentro de la zona de influencia de la ciudad de La Serena (fundada en 1544), una de las más antiguas de Chile. El valle se organizó en torno a la agricultura, las encomiendas y, con el tiempo, las haciendas, mientras la población diaguita disminuía y se mezclaba con los colonos.
Los españoles trajeron consigo un cultivo que cambiaría para siempre la identidad del valle: la vid. Las cepas de uva, introducidas para producir vino —necesario, entre otras cosas, para la misa—, encontraron en el Elqui condiciones excepcionales: muchísimo sol, sequedad, escasas lluvias y agua de riego del río. El valle se llenó de viñedos y parronales.
De la uva al aguardiente había un paso. La destilación del vino para obtener un aguardiente de uva —el futuro pisco— se fue desarrollando durante la época colonial y republicana en los valles del Norte Chico (Elqui, Limarí, Choapa) y del sur del Perú. Con el tiempo, este destilado se convirtió en el producto emblemático de la zona, dando origen a una larga tradición pisquera que define hasta hoy a Pisco Elqui y todo el valle.
El pueblo que hoy conocemos como Pisco Elqui no siempre se llamó así. Originalmente se llamaba 'La Unión'. El cambio de nombre, ocurrido en el siglo XX (hacia 1936), no fue casual: estuvo directamente ligado a la histórica disputa entre Chile y Perú por el origen y la denominación del pisco, el aguardiente de uva que ambos países reclaman como propio y que es un símbolo nacional en los dos.
La palabra 'pisco' tiene raíces ligadas al Perú (donde existe una ciudad y un puerto llamados Pisco, y el término tiene también orígenes en lenguas andinas). En el marco de esa rivalidad por la denominación, Chile buscó reforzar su vínculo con el nombre y proteger su producción: rebautizar el pueblo de La Unión como 'Pisco Elqui' fue una forma de afirmar la chilenidad del producto y de asociar geográficamente el nombre 'pisco' a territorio chileno. Chile cuenta hoy con una denominación de origen para su pisco, producido en las regiones de Atacama y Coquimbo.
Más allá de la polémica, el cambio de nombre selló la identidad pisquera del pueblo y del valle. Pisco Elqui se consolidó como uno de los centros de producción y, con el tiempo, de turismo en torno al destilado: sus destilerías, sus degustaciones y su nombre mismo lo convirtieron en un destino imperdible para quienes quieren conocer la cultura del pisco chileno.
El Valle del Elqui no es solo tierra de pisco y estrellas: es también la cuna de una de las grandes voces de la literatura en lengua española, Gabriela Mistral (seudónimo de Lucila Godoy Alcayaga). Nacida en 1889 en Vicuña, la localidad más grande del valle, Mistral pasó parte de su infancia en Montegrande, a pocos kilómetros de Pisco Elqui, donde su hermana mayor era maestra. El valle, con su luz, sus cerros y su gente, marcó profundamente su sensibilidad y aparece en muchos de sus versos.
Maestra rural, poeta y diplomática, Gabriela Mistral se convirtió en 1945 en la primera persona latinoamericana —y la primera mujer de la región— en recibir el Premio Nobel de Literatura, un hito enorme para Chile y para toda América Latina. Su obra, marcada por temas como la maternidad, la infancia, el dolor, la naturaleza y la tierra americana, la convirtió en una figura universal y querida.
Mistral siempre mantuvo un vínculo emocional con el Elqui, al que consideraba el paisaje de su alma, y pidió descansar en él. Por eso su tumba se encuentra en Montegrande, en una ladera con vista al valle, hoy lugar de peregrinación literaria. La antigua escuela donde vivió se conserva como casa-museo. La poeta es, junto al pisco y las estrellas, uno de los tres grandes pilares de la identidad del valle, y su recuerdo impregna el viaje a Pisco Elqui.
En las últimas décadas, el Valle del Elqui sumó a su identidad pisquera y mistraliana una fama mundial por sus cielos. La combinación de aire seco, escasa nubosidad, baja contaminación lumínica y altura hace de la región de Coquimbo uno de los mejores lugares del planeta para la observación astronómica. No es casualidad que en sus cerros se hayan instalado algunos de los observatorios profesionales más importantes del mundo, que aprovechan la limpieza de estos cielos del hemisferio sur.
Ese mismo cielo dio origen a un floreciente astroturismo: observatorios turísticos como el Mamalluca (cerca de Vicuña) y muchas otras propuestas ofrecen a los visitantes noches de observación con telescopios y guías, una de las experiencias estrella del valle. Mirar la Vía Láctea y las constelaciones del sur en un cielo tan oscuro y nítido es algo que pocos olvidan.
A todo esto se suma la fama del Elqui como lugar de 'energía especial'. Desde el siglo XX, el valle atrajo a buscadores espirituales, comunidades, centros de meditación y propuestas de turismo holístico, que ven en él un sitio de paz y conexión. Esa aura mística, mezclada con la cultura del pisco, la poesía de Mistral y los cielos estrellados, le da a Pisco Elqui y al valle entero su carácter inconfundible: un lugar para desconectar, brindar, mirar las estrellas y dejarse envolver por la calma del Norte Chico.