La historia del Parque Pumalín es, ante todo, la de un proyecto de conservación visionario y polémico. En la década de 1990, el empresario estadounidense Douglas Tompkins —cofundador de marcas de ropa outdoor como The North Face y Esprit— decidió dedicar su fortuna a una causa: salvar la naturaleza salvaje. Convencido del valor de los ecosistemas prístinos de la Patagonia, comenzó a comprar enormes extensiones de bosque templado lluvioso en el norte de la Patagonia chilena, en la Región de Los Lagos.
Tompkins y su esposa, Kristine McDivitt Tompkins —ex directora de la marca Patagonia—, fueron adquiriendo cientos de miles de hectáreas con el objetivo de protegerlas de la tala, la ganadería y los proyectos extractivos, y de devolverlas eventualmente al dominio público como áreas protegidas. Así nació el Parque Pumalín, gestionado inicialmente como un parque privado abierto al público, con senderos, campings y una infraestructura de altísimo estándar diseñada en armonía con el entorno.
El proyecto no estuvo exento de controversia: que un extranjero acumulara tanta tierra —que llegaba prácticamente de mar a cordillera— despertó recelos y teorías en sectores de la sociedad y la política chilenas. Con el tiempo, sin embargo, la seriedad del compromiso conservacionista de los Tompkins se fue reconociendo, y Pumalín se consolidó como un modelo pionero de conservación privada en Sudamérica.
En mayo de 2008, un acontecimiento natural extraordinario sacudió la zona: el volcán Chaitén, situado dentro del territorio del parque y considerado inactivo durante miles de años, entró súbitamente en erupción. La explosión, con una enorme columna de cenizas que se elevó kilómetros en el cielo, tomó por sorpresa a científicos y habitantes, pues no se esperaba actividad de ese volcán.
La erupción provocó la evacuación de la cercana ciudad de Chaitén, capital provincial situada a pocos kilómetros. Las cenizas y los posteriores lahares (flujos de lodo) y la crecida del río Blanco causaron graves daños, inundando y sepultando parte de la ciudad, que debió ser parcialmente reconstruida y reubicada. Fue uno de los desastres naturales más significativos del Chile reciente.
Dentro del parque, la erupción transformó el paisaje: extensas áreas de bosque quedaron arrasadas o cubiertas de ceniza, y el volcán formó un nuevo domo de lava en su cráter. Con los años, la naturaleza comenzó su lenta regeneración, y hoy el sendero que sube al mirador del cráter del Chaitén permite contemplar tanto la huella de la devastación como el renacer del bosque, en un testimonio impresionante de la fuerza de la Tierra y de la resiliencia de la vida.
El destino final del proyecto de los Tompkins fue convertir su obra de conservación privada en patrimonio público de Chile. Tras la muerte de Douglas Tompkins en 2015, en un accidente de kayak en la Patagonia, su esposa Kristine continuó el proyecto y concretó una donación histórica: la entrega al Estado de Chile de vastas extensiones de tierras conservadas, en lo que se considera una de las mayores donaciones de tierra privada para conservación de la historia.
En 2018, el Estado chileno, con un aporte adicional de tierras fiscales, oficializó la creación de la Red de Parques de la Patagonia, un conjunto de parques nacionales nuevos y ampliados que protegen millones de hectáreas a lo largo del sur del país. En ese marco, el antiguo Parque Pumalín pasó a integrar el Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado como Parque Nacional Pumalín Douglas Tompkins, en homenaje a su impulsor.
Así, lo que había nacido como el sueño conservacionista de un filántropo extranjero se transformó en un parque nacional chileno, abierto a todos y protegido a perpetuidad. Pumalín representa hoy un modelo de cómo la conservación privada puede convertirse en legado público, y es una de las joyas de la Patagonia accesibles desde la Carretera Austral.
El territorio que hoy protege Pumalín es uno de los grandes reductos del bosque templado lluvioso valdiviano, un tipo de bosque húmedo y antiquísimo que cubre el sur de Chile y pequeñas porciones de Argentina, y que figura entre los ecosistemas más biodiversos y amenazados del planeta. En él crecen especies como el coihue, el ulmo, el tepa, las nalcas gigantes, los helechos y, sobre todo, el alerce (Fitzroya cupressoides), una conífera nativa que puede superar los tres mil años de vida y alcanzar enormes dimensiones.
El alerce fue durante siglos uno de los recursos más codiciados del sur de Chile: su madera, resistente a la humedad y de gran calidad, se usó masivamente en la construcción de casas, tejuelas e iglesias —entre ellas las célebres iglesias de Chiloé—, lo que llevó a una tala intensiva que diezmó muchos bosques. En 1976 el alerce fue declarado Monumento Natural en Chile, prohibiéndose su corta de ejemplares vivos. La protección de estos bosques milenarios fue una de las motivaciones centrales del proyecto de conservación de Pumalín.
La Carretera Austral (Ruta 7), construida desde la década de 1970 para conectar la aislada Patagonia chilena, atraviesa hoy el parque y es la vía que permite recorrerlo. Esta combinación de bosque prístino, alerces milenarios, fiordos y la mítica ruta austral convierte a Pumalín en una puerta de entrada privilegiada al sur profundo de Chile, donde la naturaleza todavía se impone sobre la huella humana.