La Serena tiene el honor de ser la segunda ciudad más antigua de Chile, después de Santiago. Su fundación responde a una necesidad estratégica de la conquista española: asegurar la comunicación terrestre entre Santiago, recién fundada en 1541, y el Perú, centro del poder español en Sudamérica. El conquistador Pedro de Valdivia comprendió que necesitaba una ciudad intermedia en el camino del norte, en el valle del río Elqui (entonces llamado Coquimbo), cerca de la costa.
La tarea de fundar la ciudad recayó en Juan Bohón (también escrito Bohón o Bon), uno de los lugartenientes de Valdivia, quien estableció el asentamiento en 1544 con el nombre de Villanueva de La Serena, en homenaje a la región de origen de Valdivia en Extremadura, España. La zona ya había sido reconocida por mar por el navegante Juan Bautista Pastene. La nueva villa nacía así como un punto de apoyo en la larga y peligrosa ruta hacia el norte.
Los primeros años fueron precarios. La región estaba habitada por los diaguitas, un pueblo de agricultores y alfareros del Norte Chico con una rica cultura, conocido por su cerámica decorada, que no aceptó pacíficamente la ocupación de sus tierras. La pequeña villa española se asentaba en un territorio donde la resistencia indígena estaba latente, lo que pronto desembocaría en un episodio dramático que estuvo a punto de borrarla del mapa.
La frágil villa de La Serena no duró mucho en su primera versión. En 1549, los diaguitas de la región, hartos de los abusos y de la ocupación de sus tierras, se alzaron contra los españoles y atacaron la ciudad, destruyéndola casi por completo y dando muerte a buena parte de sus habitantes. Fue un golpe durísimo que demostró la fragilidad de la conquista en el Norte Chico y la fuerza de la resistencia indígena.
Pedro de Valdivia, decidido a mantener el control de la ruta hacia el Perú, ordenó refundar la ciudad. La tarea recayó en Francisco de Aguirre, uno de sus capitanes más enérgicos (y temidos), quien refundó La Serena en 1549, esta vez con un trazado más sólido, una mejor organización defensiva y un asentamiento más firme. Esta refundación es la que dio origen a la ciudad que perduraría hasta hoy.
La La Serena refundada se consolidó lentamente como un centro de la vida colonial en el norte: cabecera de un territorio agrícola y minero, punto de paso obligado en el camino real hacia el Perú y sede de órdenes religiosas que empezaron a levantar conventos e iglesias. La ciudad fue echando raíces, aunque las amenazas no desaparecieron: a la tensión con los pueblos originarios se sumaría, en los siglos siguientes, un nuevo peligro que llegaría por el mar.
Durante el período colonial, La Serena se desarrolló como un centro urbano de cierta importancia en el norte del Reino de Chile. Su economía se apoyó en la agricultura de los fértiles valles vecinos y, sobre todo, en la minería: la región del Norte Chico era rica en plata y cobre, y la actividad minera marcaría el carácter de la zona durante siglos. La ciudad se fue dotando de conventos e iglesias —el germen del extraordinario conjunto religioso que la caracteriza— y de una sociedad colonial estructurada.
Pero la prosperidad y la ubicación costera de La Serena la convirtieron en un blanco tentador para los piratas y corsarios que, desde el siglo XVI, asolaban las costas del Pacífico atacando los puertos y ciudades del imperio español. La Serena sufrió varios ataques a lo largo de la colonia. El más famoso fue el del pirata inglés Bartholomew Sharp, que en 1680 saqueó e incendió buena parte de la ciudad, un episodio que quedó grabado en su memoria histórica.
Estos ataques obligaron a reforzar las defensas y dejaron una huella en la vida de la ciudad, que aprendió a convivir con la amenaza del mar. Pese a todo, La Serena se mantuvo y creció, consolidando su papel como capital del Norte Chico. Al llegar la independencia de Chile, en las primeras décadas del siglo XIX, la ciudad era ya un centro regional establecido, con su identidad colonial bien definida y su riqueza patrimonial en formación.
Con la independencia de Chile, La Serena se integró a la vida republicana como capital de la provincia de Coquimbo y centro del Norte Chico. El siglo XIX fue una época de altibajos marcada por los ciclos de la minería de la plata y el cobre, que enriquecieron a algunas familias y dieron a la ciudad y a la región momentos de bonanza. La actividad minera atrajo capitales, generó fortunas y dejó su huella en la sociedad serenense.
La Serena participó también de los procesos políticos del Chile decimonónico, incluidas algunas de las revueltas y guerras civiles que sacudieron al país en esa época, en las que el Norte Chico, por su riqueza minera, tuvo un papel relevante. La ciudad mantuvo su carácter de centro tradicional y señorial, con una élite ligada a la minería y la agricultura, y siguió enriqueciendo su patrimonio religioso y civil.
A lo largo del siglo, La Serena consolidó su fisonomía de ciudad histórica, con su trama colonial, sus iglesias de piedra y sus casonas. Sin embargo, sería en el siglo XX cuando la ciudad experimentaría la transformación urbana más profunda y definitoria de su historia, de la mano de uno de sus hijos más ilustres, que llegaría a la presidencia del país y reinventaría el rostro de su ciudad natal.
La transformación que dio a La Serena su rostro actual ocurrió a mediados del siglo XX y está ligada a un nombre: Gabriel González Videla, abogado y político nacido en la ciudad, que fue presidente de Chile entre 1946 y 1952. Profundamente apegado a su ciudad natal, González Videla impulsó un ambicioso plan de remodelación urbana conocido como el 'Plan Serena', inspirado en modelos urbanísticos que combinaban tradición y modernidad.
El Plan Serena, desarrollado sobre todo en torno a fines de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, dotó a la ciudad de una estética arquitectónica unificada de estilo neocolonial e hispano: se restauraron y armonizaron iglesias y edificios, se construyeron nuevos edificios públicos, plazas, avenidas y monumentos, y se fijaron normas para que las construcciones respetaran ese lenguaje colonial. El resultado fue una ciudad armónica, elegante y con un sello visual inconfundible que la distingue de cualquier otra en Chile.
El plan no solo embelleció La Serena, sino que sentó las bases de su vocación turística: la ciudad pasó a ser valorada por su belleza patrimonial y su atractivo, y se potenció su desarrollo como balneario y destino. Buena parte de lo que hoy enamora al visitante —el centro histórico tan coherente, las iglesias puestas en valor, el aire señorial— es resultado directo de aquella visión. La Casa de Gabriel González Videla, hoy convertida en museo, recuerda al hombre que reinventó su ciudad.
La La Serena contemporánea es una ciudad que ha sabido conjugar su rico pasado con un presente dinámico. A partir de la segunda mitad del siglo XX, y especialmente en las últimas décadas, la ciudad se consolidó como uno de los principales destinos turísticos de Chile, gracias a la combinación de su patrimonio histórico, su clima templado, sus playas y la Avenida del Mar, y su ubicación estratégica como puerta de entrada a las maravillas del Norte Chico.
La ciudad creció notablemente y, junto con su vecina Coquimbo, forma hoy una de las conurbaciones más importantes del país. El turismo de verano, atraído por las playas, convive con un turismo de todo el año interesado en la historia, la gastronomía marina y, de manera creciente, en la astronomía. Porque uno de los grandes activos de la región es su cielo: la sequedad, la altura y la baja contaminación lumínica del Norte Chico lo convierten en uno de los mejores del mundo para observar las estrellas.
Esa cualidad ha hecho de la región de Coquimbo un epicentro de la astronomía mundial, con observatorios científicos de prestigio (como Cerro Tololo) y una floreciente oferta de astroturismo, especialmente en el cercano Valle del Elqui. La Serena, como capital regional y base de excursiones —al Elqui, a los pingüinos de Humboldt, al bosque de Fray Jorge—, es hoy el corazón de un destino que ofrece historia, mar, naturaleza y estrellas, fiel a su nombre sereno y a su largo recorrido como una de las ciudades fundadoras de Chile.