El Archipiélago Juan Fernández fue descubierto en 1574 por el navegante y piloto español Juan Fernández, que recaló en estas islas volcánicas perdidas en el Pacífico, a unos 670 kilómetros de la costa de Chile. Las islas tomaron su nombre y, durante los siglos siguientes, se convirtieron en un punto de referencia y escala para las naves que surcaban el Pacífico sur, gracias a su agua dulce, su madera y su abundante fauna marina.
Deshabitadas de forma permanente durante mucho tiempo, las islas se transformaron en refugio y guarida de piratas, corsarios y bucaneros que asolaban las costas españolas del Pacífico. Para muchos navegantes, Juan Fernández era un lugar de descanso, aprovisionamiento y escondite. Esta condición estratégica llevó, más tarde, a la Corona española a fortificar el archipiélago, construyendo defensas como el Fuerte Santa Bárbara para proteger las islas de los ataques y de las potencias rivales.
La fauna del archipiélago sufrió el impacto de estas visitas: el lobo fino de Juan Fernández, endémico de las islas, fue intensamente cazado por su piel y su grasa, llegando casi a la extinción. La introducción de especies foráneas por parte de navegantes también alteró el frágil ecosistema insular. Así, la historia temprana de Juan Fernández quedó marcada por la navegación, la piratería y la explotación de sus recursos.
El episodio más célebre de la historia de Juan Fernández es el que inspiró uno de los mitos literarios más universales. A comienzos del siglo XVIII, el marino escocés Alexander Selkirk, tras una disputa con el capitán de su nave sobre el mal estado de la embarcación, pidió ser dejado en la isla mayor del archipiélago, entonces deshabitada. Quedó solo en la isla entre 1704 y 1709 —más de cuatro años—, sobreviviendo de la caza de cabras, la pesca, los frutos silvestres y su ingenio, hasta que finalmente fue rescatado por un barco que pasaba.
La historia de Selkirk se difundió en Europa y llegó a oídos del escritor inglés Daniel Defoe, quien la tomó como inspiración para su novela 'Robinson Crusoe', publicada en 1719 y convertida en un clásico de la literatura universal. Aunque Defoe ambientó su relato en el Caribe y añadió numerosos elementos de ficción, el núcleo del náufrago solitario que sobrevive en una isla remota proviene de la experiencia real vivida en Juan Fernández.
En reconocimiento a este vínculo, y con el objetivo de potenciar el turismo, el Estado de Chile rebautizó oficialmente en 1966 la isla principal del archipiélago como 'Isla Robinson Crusoe', y la más lejana, antes llamada 'Más Afuera', como 'Isla Alejandro Selkirk'. Hoy el mito impregna toda la identidad turística de las islas, y lugares como el Mirador de Selkirk —desde donde el náufrago habría oteado el horizonte— forman parte del recorrido obligado del visitante.
A lo largo de su historia, Juan Fernández cumplió diversas funciones para Chile. Durante el periodo colonial y republicano, las islas fueron utilizadas como lugar de confinamiento y prisión: a sus cuevas y reductos fueron desterrados, entre otros, próceres de la independencia chilena, episodio que recuerdan las llamadas Cuevas de los Patriotas en la bahía Cumberland. El aislamiento que hacía del archipiélago un refugio lo convertía también en una cárcel natural perfecta.
Uno de los episodios más recordados ocurrió en 1915, durante la Primera Guerra Mundial: el crucero alemán SMS Dresden, perseguido por la marina británica tras la batalla naval de las islas Malvinas/Falkland, se refugió en la bahía Cumberland de Robinson Crusoe. Acorralado por buques británicos en aguas chilenas (neutrales), el comandante alemán ordenó hundir su propio barco para evitar su captura. Los restos del Dresden yacen en la bahía y forman parte de la memoria histórica —y del atractivo de buceo— de la isla.
En 1935, reconociendo el valor excepcional de su naturaleza, Chile declaró el archipiélago Parque Nacional, y posteriormente la UNESCO lo distinguió como Reserva de la Biosfera. Estas designaciones buscan proteger su asombrosa biodiversidad endémica, amenazada por las especies introducidas y la actividad humana. Hoy Juan Fernández combina su riquísima historia de navegantes, náufragos, prisioneros y batallas con su rol de santuario natural, un rincón único en medio del Pacífico chileno.
Más allá de su historia humana, Juan Fernández es célebre por ser uno de los lugares de mayor endemismo del planeta en relación a su tamaño, un verdadero laboratorio natural de la evolución. Su origen volcánico —las islas emergieron del océano sin conexión con el continente— y su extremo aislamiento permitieron que las pocas especies que lograron colonizarlas (llevadas por el viento, las corrientes o las aves) evolucionaran de forma única, dando lugar a plantas y animales que no existen en ningún otro lugar del mundo.
En su flora destacan helechos arborescentes gigantes, la palmera chonta, la luma y decenas de especies endémicas; muchas están hoy en peligro crítico. En la fauna, el símbolo es el lobo fino de Juan Fernández, cazado masivamente entre los siglos XVIII y XIX hasta darse por extinguido, y redescubierto en la década de 1960 en pequeñas colonias que desde entonces se han recuperado de manera notable. También es notable el picaflor de Juan Fernández, ave endémica en grave riesgo.
La principal amenaza para este patrimonio natural han sido las especies introducidas por el ser humano —cabras, conejos, ratas, zarzamora y otras plantas invasoras— que desplazan a las nativas y degradan el bosque endémico. Por eso, la declaración como Parque Nacional (1935) y como Reserva de la Biosfera de la UNESCO (1977) busca proteger y restaurar estos ecosistemas frágiles, una tarea en la que trabajan CONAF, científicos y la propia comunidad isleña.
Hoy el archipiélago tiene una pequeña población permanente, de poco más de novecientos habitantes, concentrada casi en su totalidad en el pueblo de San Juan Bautista, en la isla Robinson Crusoe. La vida de la comunidad gira en torno a la pesca de la langosta de Juan Fernández, un producto de altísimo valor que se exporta a mercados exigentes y que constituye la base de la economía local, complementada por el turismo de naturaleza y los servicios públicos.
El 27 de febrero de 2010, el gran terremoto que sacudió el centro-sur de Chile generó un tsunami que golpeó con fuerza la bahía Cumberland en la madrugada. Las olas arrasaron buena parte de la zona baja de San Juan Bautista, destruyeron viviendas, embarcaciones e infraestructura y causaron víctimas fatales en la pequeña comunidad. La tragedia, que sorprendió a los isleños sin un sistema de alerta adecuado, marcó profundamente la memoria del pueblo.
En los años siguientes, San Juan Bautista fue reconstruido con criterios de mayor seguridad frente a futuros tsunamis, reordenando la zona costera y reforzando los sistemas de alerta y evacuación. La comunidad, resiliente y orgullosa de su identidad insular, mantiene viva la memoria de aquel episodio mientras sigue cuidando su mar, su langosta y su patrimonio natural único, en uno de los rincones más remotos y singulares de Chile.