La historia de Rapa Nui comienza con una de las mayores hazañas de navegación de la humanidad. Hace siglos, navegantes polinesios partieron de algún punto del vasto Pacífico —probablemente de las islas de la Polinesia oriental— y, guiándose por las estrellas, las corrientes, el vuelo de las aves y el oleaje, atravesaron miles de kilómetros de océano abierto en canoas dobles hasta alcanzar esta diminuta isla volcánica perdida en la inmensidad, uno de los lugares habitados más remotos del planeta. Llegar hasta aquí, sin instrumentos modernos, fue una proeza extraordinaria.
La tradición oral rapanui atribuye la colonización al rey Hotu Matu'a, considerado el primer ariki (rey o jefe supremo) y el fundador del pueblo. Según el relato, Hotu Matu'a llegó con su gente desde una tierra de origen llamada Hiva, desembarcando en la playa de Anakena, en la costa norte, que por eso es un lugar mítico para los rapanui. Allí se habrían establecido los primeros pobladores, que con el tiempo se multiplicaron y se organizaron en clanes (mata) repartidos por la isla.
Aislados del resto del mundo durante siglos, los rapanui desarrollaron una cultura propia, riquísima y singular, con su lengua, su organización social, su religión basada en el culto a los antepasados y unos conocimientos notables. De aquel pueblo de navegantes surgiría una de las expresiones artísticas y rituales más impresionantes y enigmáticas de la historia: los moais.
Los moais son el símbolo de Rapa Nui y una de las creaciones más impresionantes y enigmáticas de cualquier cultura del mundo. Son enormes estatuas monolíticas talladas en piedra volcánica, que representan a antepasados importantes —jefes, sacerdotes o personajes deificados— y que se erigían sobre plataformas ceremoniales llamadas ahu, generalmente situadas en la costa. La mayoría de los moais miran hacia el interior de la isla, 'velando' por las aldeas y transmitiendo el mana (poder espiritual) de los antepasados a sus descendientes.
La escala de la empresa fue colosal. Casi todos los moais se tallaron en la cantera del volcán Rano Raraku, cuya toba volcánica era relativamente fácil de trabajar. Una vez esculpidos, había que trasladarlos —algunos pesan decenas de toneladas— a lo largo de kilómetros hasta los ahu, y luego erigirlos. Cómo lograron mover estas moles sin ruedas ni animales de tiro es una de las grandes preguntas: la tradición dice que los moais 'caminaban', y los estudios modernos han demostrado que podían desplazarse balanceándolos de lado a lado con cuerdas, en posición vertical. A muchos se les coronaba con un pukao, un gran 'moño' o tocado de escoria roja, y se les colocaban ojos de coral blanco y obsidiana, que les daban 'vida' y mirada.
La construcción de moais, cada vez mayores y más numerosos, refleja una sociedad compleja, organizada en clanes que competían en prestigio. Esta etapa de esplendor del culto a los moais se prolongó durante varios siglos y dejó repartidas por la isla cientos de estatuas, en uno de los conjuntos arqueológicos más extraordinarios del planeta.
En algún momento de su historia, la sociedad rapanui entró en una profunda crisis. Los moais dejaron de tallarse y erigirse, muchos fueron derribados de sus plataformas, y la cultura de la isla cambió radicalmente. Durante mucho tiempo, la explicación dominante fue la de un 'ecocidio' o autodestrucción ecológica: según esta interpretación, popularizada en libros de gran difusión, la creciente población y la talla y traslado de moais habrían provocado una deforestación masiva (la isla, que en su origen tenía bosques, quedó casi sin árboles), lo que habría arruinado los recursos, desatado hambrunas y guerras entre clanes y llevado al colapso de la sociedad, incluido el derribo de los moais durante los conflictos.
Sin embargo, esta visión ha sido cada vez más matizada y discutida por investigaciones recientes. Diversos estudios sostienen que el descenso de la población y la transformación de la sociedad fueron más graduales y complejos de lo que sugiere la idea del 'colapso' repentino, y que los rapanui desarrollaron estrategias para adaptarse a un entorno difícil. Hoy muchos especialistas subrayan que el factor decisivo en la catástrofe demográfica no fue tanto un suicidio ecológico como el impacto externo posterior: el contacto con los europeos, las enfermedades introducidas y, sobre todo, las incursiones esclavistas del siglo XIX.
En medio de esa transformación surgió un nuevo orden religioso y político: el culto al hombre-pájaro (tangata manu), que desplazó al culto de los moais y trasladó el centro del poder ritual a la aldea de Orongo, en el borde del cráter Rano Kau. El derribo de los moais, en cualquier caso, fue el signo visible de que un mundo —el de las grandes estatuas— había llegado a su fin.
El primer contacto documentado con europeos ocurrió el 5 de abril de 1722, cuando el navegante neerlandés Jacob Roggeveen avistó la isla. Como ese día era domingo de Pascua de Resurrección, la bautizó 'Paasch-Eyland', es decir, 'Isla de Pascua', nombre con el que se la conoce en buena parte del mundo. A Roggeveen le siguieron, a lo largo del siglo XVIII, otros visitantes europeos, como el español Felipe González de Ahedo (que tomó posesión de la isla para España en 1770) y el británico James Cook (1774), cuyos relatos describen el estado de los moais y de la sociedad rapanui.
El siglo XIX trajo la mayor tragedia de la historia de Rapa Nui. Entre las décadas de 1860, la isla sufrió devastadoras incursiones esclavistas peruanas: expediciones que secuestraron a una gran parte de la población —incluidos jefes, sabios y portadores del conocimiento tradicional— para llevarlos a trabajar en condiciones inhumanas en Perú (por ejemplo, en las islas guaneras). Aunque la presión internacional forzó la repatriación de algunos, muchos murieron, y los pocos que regresaron trajeron consigo epidemias, sobre todo de viruela, que arrasaron a los habitantes que quedaban en la isla.
El resultado fue catastrófico: la población rapanui se redujo drásticamente, hasta quedar reducida a unos pocos cientos de personas, en uno de los descalabros demográficos más graves causados por el contacto colonial. Con esa pérdida masiva de vidas se llevó también buena parte de la memoria, la lengua y el conocimiento ancestral. La introducción posterior de la ganadería ovina y la conversión al cristianismo, de la mano de misioneros, terminaron de transformar profundamente la vida de los supervivientes.
En 1888, la Isla de Pascua fue anexada a Chile mediante un acuerdo entre el Estado chileno, representado por el capitán Policarpo Toro, y los jefes rapanui. A partir de entonces, la isla pasó a formar parte del territorio chileno, aunque durante muchas décadas la situación de sus habitantes fue muy difícil: gran parte de la isla quedó arrendada a una compañía ganadera ovina, los rapanui vivieron sometidos a fuertes restricciones —confinados en buena medida a la zona de Hanga Roa— y tardaron mucho tiempo en obtener plenos derechos como ciudadanos chilenos, algo que recién se fue consolidando a lo largo del siglo XX.
Con el tiempo, la situación fue cambiando. Los rapanui accedieron a la ciudadanía y a derechos civiles, se desarrollaron la administración y los servicios, y la isla se abrió al mundo, especialmente tras la construcción del aeropuerto y el inicio de los vuelos regulares, que impulsaron el turismo. El reconocimiento del valor universal de su patrimonio llegó en 1995, cuando la Unesco declaró el Parque Nacional Rapa Nui Patrimonio de la Humanidad, consagrando a la isla y sus moais como un tesoro de toda la humanidad.
Hoy Rapa Nui es, a la vez, un destino turístico mundialmente famoso y el hogar de un pueblo vivo que lucha por preservar y revitalizar su identidad: su lengua (el rapanui, de raíz polinesia), su música, sus danzas, sus tradiciones y su gran fiesta cultural, la Tapati Rapa Nui. En las últimas décadas, la comunidad ha ganado mayor protagonismo en la gestión de su patrimonio —incluida la coadministración del parque nacional— y se han impulsado medidas para proteger el frágil entorno de la isla y regular el turismo. La historia de Rapa Nui es, así, la de un pueblo que sobrevivió a la catástrofe y que mantiene encendida la memoria de sus extraordinarios antepasados.