Pocas ciudades chilenas cambiaron tanto de piel como Iquique: fue caleta indígena, puerto peruano, escenario de la batalla naval más célebre del país, capital mundial del salitre y, hoy, balneario y paraíso del comercio libre. Mucho antes de convertirse en la próspera ciudad del salitre, Iquique fue una modesta caleta en la árida costa del desierto de Tarapacá, habitada y frecuentada por pueblos changos, pescadores y recolectores marinos adaptados a vivir entre el océano y el desierto. El propio nombre 'Iquique' tiene raíces en lenguas originarias, con distintas interpretaciones sobre su significado. El entorno, casi sin agua dulce ni vegetación, hacía de la zona un lugar inhóspito, dependiente del mar y de lo que llegara por tierra.
Durante el período colonial y las primeras décadas republicanas, la región de Tarapacá perteneció al Perú. Lo que empezó a dar importancia a Iquique fue la minería de su interior, en particular la plata del cerro Huantajaya y otros yacimientos cercanos, que necesitaban un puerto de salida en la costa. Iquique fue creciendo lentamente como caleta y puerto menor al servicio de esa actividad minera y, cada vez más, del recurso que terminaría por definir su destino: el salitre.
El salitre o nitrato, abundante en las pampas del desierto de Tarapacá y Antofagasta, comenzó a explotarse y exportarse en el siglo XIX como fertilizante para la agricultura europea y como materia prima para explosivos. La demanda mundial creció con fuerza, y los puertos de la región —Iquique entre ellos— se transformaron en las puertas de salida de este 'oro blanco'. La ciudad, aún peruana, empezaba a vivir un crecimiento que pronto se vería sacudido por la guerra.
En 1879 estalló la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile con la alianza de Perú y Bolivia, un conflicto cuyo trasfondo era en buena medida el control de las riquezas del salitre del desierto. Iquique, entonces puerto peruano, quedó en el centro de las operaciones navales. El 21 de mayo de 1879 ocurrió frente a su bahía uno de los combates más recordados de la historia chilena: el Combate Naval de Iquique.
Ese día, dos viejas naves chilenas que bloqueaban el puerto —la corbeta Esmeralda, al mando del capitán Arturo Prat, y la goleta Covadonga— fueron sorprendidas por dos modernos blindados peruanos, el monitor Huáscar (comandado por Miguel Grau) y la fragata Independencia. La desigual lucha entre la antigua Esmeralda y el poderoso Huáscar se prolongó durante horas. Cuando el Huáscar embistió con su espolón a la Esmeralda, Arturo Prat, en un gesto que lo inmortalizó, saltó al abordaje del buque enemigo espada en mano, seguido por algunos de los suyos, y murió en la cubierta del Huáscar.
La Esmeralda terminó hundiéndose en la bahía de Iquique tras un tercer espolonazo, con gran parte de su tripulación. Desde el punto de vista militar fue una derrota chilena, pero el heroísmo y el sacrificio de Prat y sus hombres tuvieron un efecto enorme en la moral y el sentimiento nacional de Chile: Arturo Prat se convirtió en el gran héroe naval del país y el 21 de mayo quedó consagrado como una de sus fechas patrias más importantes, que se conmemora hasta hoy.
El Combate Naval de Iquique fue solo el comienzo de una guerra que se prolongaría hasta 1883 y que cambiaría para siempre el mapa del norte de Sudamérica. Tras la campaña naval, en la que Chile logró finalmente la supremacía en el mar (incluida la captura del Huáscar en el combate de Angamos), las fuerzas chilenas avanzaron por tierra y ocuparon la región de Tarapacá, hasta entonces peruana, y los territorios bolivianos del litoral de Antofagasta.
La guerra, librada en gran parte por el dominio de las riquezas salitreras del desierto, terminó con la victoria de Chile. Como resultado, Tarapacá —con Iquique como su principal puerto— pasó a soberanía chilena (situación ratificada en el Tratado de Ancón de 1883 con el Perú), y Bolivia perdió su salida al mar. Iquique dejó así de ser una ciudad peruana para integrarse a Chile, en un cambio que reordenó su población, su administración y su economía.
La incorporación a Chile coincidió con el momento de mayor auge del salitre, lo que disparó el crecimiento de Iquique. La ciudad recibió oleadas de trabajadores y comerciantes chilenos y extranjeros, se llenó de actividad y se preparó para vivir su época más brillante. El control chileno del 'oro blanco' del desierto se convertiría, durante décadas, en una de las principales fuentes de riqueza del país.
Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, Iquique vivió su época dorada al calor del salitre. El nitrato del desierto de Tarapacá se exportaba a Europa y Estados Unidos como fertilizante y para la fabricación de explosivos, y por el puerto de Iquique salía una parte enorme de esa riqueza. La ciudad se llenó de capitales —británicos, alemanes, españoles, chilenos— y se convirtió en una de las urbes más ricas y cosmopolitas del país.
Esa prosperidad dejó una huella arquitectónica única. Las fortunas del salitre construyeron mansiones de madera al estilo georgiano, importadas o inspiradas en modelos extranjeros, que aún hoy se conservan en la calle Baquedano y el casco histórico. Se levantaron edificios emblemáticos como el suntuoso Teatro Municipal (1890), que recibía compañías de ópera y teatro europeas, el Casino Español de inspiración morisca, clubes sociales, y mansiones como el Palacio Astoreca. Iquique tenía teatros, hipódromo, tranvías y un puerto bullicioso: una verdadera Belle Époque en pleno desierto.
Pero detrás del brillo había también una dura realidad social. En las oficinas salitreras de la pampa, miles de trabajadores —chilenos, peruanos, bolivianos— vivían y trabajaban en condiciones muy difíciles, pagados a menudo con fichas canjeables solo en la pulpería de la empresa. Las tensiones laborales desembocaron en episodios trágicos, como la matanza de la Escuela Santa María de Iquique en 1907, cuando una huelga de trabajadores del salitre terminó con una represión militar que causó una gran cantidad de muertos, hecho que quedó grabado en la memoria social de Chile.
El reinado del salitre natural chileno parecía eterno, pero terminó de forma abrupta. Durante la Primera Guerra Mundial, los químicos alemanes —liderados por Fritz Haber y Carl Bosch— perfeccionaron el proceso de síntesis del amoníaco y del nitrato a partir del nitrógeno del aire (el proceso Haber-Bosch). El salitre sintético, mucho más barato y producible en cualquier parte del mundo, fue desplazando rápidamente al salitre natural del desierto, que perdió su monopolio mundial.
La crisis económica mundial de 1929 dio el golpe final a una industria ya en declive. Las oficinas salitreras de la pampa empezaron a cerrar una tras otra, y los miles de trabajadores que las habitaban tuvieron que emigrar, muchas veces hacia Iquique y otras ciudades. Los campamentos quedaron abandonados y se transformaron en 'pueblos fantasma' en medio del desierto, con sus calles, casas, teatros e iglesias vacíos, congelados en el tiempo.
Dos de esos pueblos, las oficinas de Humberstone y Santa Laura, se convirtieron en el testimonio más elocuente de aquella era: en 2005 fueron declarados Patrimonio Mundial de la Unesco, como memoria de la cultura del salitre y de la vida de los obreros del 'oro blanco'. Para Iquique, la caída del salitre significó décadas de estancamiento y reconversión, mientras la ciudad buscaba nuevas bases económicas tras el fin del ciclo que la había hecho rica.
Tras la decadencia del salitre, Iquique pasó décadas buscando un nuevo rumbo económico. La pesca industrial, aprovechando la riqueza del mar frente a sus costas, se convirtió en una actividad importante a lo largo del siglo XX, con plantas pesqueras y harina de pescado. Pero el gran motor de la reinvención llegó en 1975 con la creación de la Zona Franca de Iquique, la Zofri.
La Zofri fue concebida como un polo de desarrollo para el aislado extremo norte de Chile: un enorme centro de comercio libre de impuestos que atrajo importación, comercio y empleo, y que convirtió a Iquique en un imán de compras para todo el norte chileno y para los países vecinos (Bolivia, Perú, Argentina, Paraguay). El comercio de la Zona Franca dinamizó la ciudad y atrajo población e inversión, transformando su fisonomía.
En paralelo, Iquique redescubrió su enorme potencial turístico: el clima benigno todo el año, las playas como Cavancha, el patrimonio salitrero del casco histórico, la cercanía de Humberstone, Santa Laura, los geoglifos y los oasis del interior, y condiciones excepcionales para el parapente convirtieron a la ciudad en un destino balneario y cultural de primer orden. Hoy Iquique es una ciudad de doble identidad: la del comercio y el balneario moderno, y la de la memoria salitrera y la historia de Tarapacá, que conviven y le dan su carácter único en el norte de Chile.