El extremo sur de Chile fue durante milenios hogar de pueblos originarios extraordinarios: los selk'nam (onas) y los aónikenk (tehuelches), cazadores de las estepas fueguinas y patagónicas, y los canoeros kawésqar (alacalufes) y yaganes, que navegaban semidesnudos los gélidos canales australes manteniendo siempre encendido el fuego en sus embarcaciones. De esas hogueras vistas de noche por los navegantes vino el nombre de Tierra del Fuego.
En 1520, el navegante portugués Fernando de Magallanes, al servicio de la corona española, cruzó por primera vez el estrecho que hoy lleva su nombre, uniendo el Atlántico y el Pacífico y abriendo la ruta de la primera circunnavegación del globo. Durante siglos, ese paso remoto y temido, azotado por vientos y tormentas, fue la única vía marítima entre los océanos y un mito para los marinos, hasta la apertura del Canal de Panamá en 1914.
Chile tomó posesión efectiva del estrecho en 1843, con la fundación del Fuerte Bulnes por orden del presidente Manuel Bulnes; el asentamiento se trasladó en 1848 a un mejor emplazamiento que dio origen a Punta Arenas, el gran puerto del extremo sur. Antes de la apertura del Canal de Panamá, todos los barcos que unían los océanos pasaban por el estrecho, y Punta Arenas floreció como una ciudad cosmopolita y opulenta.
Su prosperidad se levantó sobre la ganadería ovejera: tras el primer remate de tierras de 1884, enormes estancias de decenas de miles de hectáreas exportaban lana al mundo, en manos de familias y compañías poderosas como la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Ese auge trajo inmigrantes croatas, ingleses, españoles y de toda Europa, y dejó los palacios y el cementerio monumental que aún adornan Punta Arenas. Tuvo también un costado atroz: la expansión ganadera y una política de estancieros y colonos derivó en el genocidio de los selk'nam, casi exterminados por cacerías, deportaciones y epidemias en pocas décadas.
La joya natural de Magallanes es el Parque Nacional Torres del Paine, reserva de la biosfera y uno de los destinos de trekking más famosos del planeta, elegido en varias ocasiones como una de las maravillas naturales del mundo. Sus torres y cuernos de granito, sus glaciares desprendidos del Campo de Hielo Sur, sus lagos turquesa y su fauna —guanacos, ñandúes, cóndores, flamencos y el esquivo puma— atraen cada año a viajeros de todo el mundo, que recorren los circuitos 'W' y 'O'. Puerto Natales, a orillas del seno Última Esperanza, es su puerta de entrada.
El parque combina la estepa patagónica, los bosques australes, los ventisqueros y los ríos glaciares en un paisaje de una escala y una belleza sobrecogedoras, símbolo del turismo de naturaleza de Chile en el sur del continente.
La región abarca también la parte chilena de la isla grande de Tierra del Fuego —repartida con Argentina— con Porvenir y las estancias fueguinas, así como el remoto cabo de Hornos, el punto más austral de América, temido por los navegantes de todos los tiempos. Aquí, entre canales y témpanos, sobreviven los últimos descendientes de los pueblos australes y su memoria.
Magallanes proyecta además la soberanía chilena sobre un enorme sector de la Antártida, el Territorio Chileno Antártico, desde donde el país mantiene bases científicas permanentes y desde donde parten expediciones al continente blanco. Del estrecho de Magallanes al cabo de Hornos y a la Antártida, esta región es, literalmente, el fin del mundo austral, y una de las últimas grandes fronteras del planeta.