La Araucanía es el corazón histórico del pueblo mapuche, que durante casi tres siglos mantuvo su independencia al sur del río Biobío, resistiendo primero a los incas y luego a los españoles en la larga guerra de Arauco. Ninguna otra nación indígena de América resistió tanto tiempo el avance europeo, sosteniendo una frontera reconocida de hecho por la Corona española en grandes parlamentos como el de Quilín (1641).
Esa autonomía se sostuvo sobre una organización social basada en lof (comunidades), rehue y ayllarehue, articulada en tiempos de guerra bajo el mando de un toqui elegido. Los mapuches desarrollaron una notable capacidad militar —adoptaron el caballo y las tácticas europeas— y una economía ganadera y comercial que los conectaba con el mundo hispano y con la pampa argentina a través de los pasos cordilleranos.
Durante la Colonia y las primeras décadas de la República, la Araucanía fue un territorio de frontera, con un intenso comercio, mestizaje y misiones, pero también con periódicos alzamientos ('malones' y 'malocas'). El río Biobío siguió siendo el límite de hecho entre el Chile republicano y la Araucanía libre hasta bien entrado el siglo XIX.
A partir de 1861, el Estado chileno emprendió la llamada 'Pacificación' u Ocupación de la Araucanía: un proceso de conquista militar, colonización y anexión del territorio mapuche situado entre los ríos Biobío y Toltén, dirigido por militares como Cornelio Saavedra y Gregorio Urrutia. Se levantó una línea de fuertes que avanzaba hacia el sur, se fundaron ciudades como Angol, Traiguén, Victoria y Lautaro, y se sometió a las comunidades a un traslado forzoso a 'reducciones'.
En enero de 1881, aprovechando que Chile estaba en guerra en el norte, los mapuches del Malleco protagonizaron el último gran levantamiento general, atacando fuertes y pueblos como Traiguén, Lumaco y Collipulli. La represión fue dura y, el 24 de febrero de 1881, las tropas chilenas cruzaron el río Cautín y fundaron el fuerte de Temuco, sellando la ocupación, que culminó en 1883 con la refundación de Villarrica.
Las consecuencias para el pueblo mapuche fueron devastadoras: perdió más del 90% de su territorio, quedó confinado en reducciones y sufrió hambrunas y epidemias que causaron miles de muertos. Las tierras 'liberadas' se remataron y se entregaron a colonos chilenos y europeos, sembrando un conflicto por la tierra que llega hasta hoy.
Temuco, capital regional fundada en 1881 al final de la ocupación, es el gran centro urbano de La Araucanía y punto de encuentro entre el mundo mapuche y el chileno. Su Mercado Municipal y la feria Pinto rebosan de productos del campo, hierbas medicinales, merkén, artesanías en plata y textiles, y en la ciudad y sus alrededores la presencia mapuche es más fuerte que en cualquier otra región del país. En Temuco pasó su infancia el poeta Pablo Neruda.
La cultura mapuche —su lengua, el mapudungún; su cosmovisión; su platería, su tejido y su cocina— sigue plenamente viva en las comunidades rurales de la región, con sus rukas, sus rogativas del nguillatún y la figura de la machi, la autoridad espiritual y sanadora. Es la cultura indígena más numerosa y viva de Chile, en permanente diálogo y tensión con el Estado.
La región es también el escenario central del actual conflicto mapuche por la recuperación de tierras ancestrales, un proceso que, desde el Acuerdo de Nueva Imperial (1989) y la creación de la CONADI, ha buscado cauces políticos, pero que sigue marcado por reivindicaciones históricas no resueltas. Comprender La Araucanía es imposible sin comprender esa larga historia de resistencia, despojo y persistencia del pueblo mapuche.
La Araucanía andina es una de las regiones más bellas de Chile. Pucón, a orillas del lago Villarrica y al pie del volcán homónimo —uno de los más activos de Sudamérica, coronado por un permanente penacho de humo y un lago de lava en su cráter—, es la capital del turismo aventura del sur: ascenso al volcán, rafting en el río Trancura, canopy, esquí y decenas de termas naturales alimentadas por el calor volcánico.
Esta zona de lagos y volcanes, que se prolonga hacia el sur en la Región de Los Ríos y Los Lagos, forma parte de la gran 'zona de lagos' del sur chileno, un paisaje de aguas cristalinas, bosques y conos nevados que atrae a viajeros de todo el mundo. Villarrica, Caburgua y otros lagos ofrecen playas, navegación y descanso en un entorno de montaña.
El volcán Villarrica, que ha protagonizado erupciones a lo largo de la historia, y sus vecinos Llaima, Lonquimay y Lanín, dan a la región un carácter volcánico que se combina con el verde de los bosques y el azul de los lagos, en uno de los paisajes más fotografiados de Chile.
Los bosques de la región están dominados por la araucaria o pehuén, el árbol sagrado del pueblo pehuenche —la 'gente del pehuén', rama cordillerana de los mapuches—, cuyos ejemplares milenarios, algunos de más de mil años, se protegen en parques nacionales como Huerquehue, Conguillío, Tolhuaca y Nahuelbuta. Su fruto, el piñón, es un alimento tradicional central en la dieta pehuenche, recolectado cada otoño en la cordillera.
La araucaria, con su silueta inconfundible de paraguas y su follaje escamoso, es una especie relicta de tiempos remotos, monumento natural de Chile y símbolo del sur cordillerano. Los bosques que forma, junto a los volcanes Llaima y Lonquimay y a lagunas de aguas cristalinas, componen algunos de los paisajes más impresionantes del país, como el del Parque Nacional Conguillío, con su volcán, sus araucarias y sus lagos de origen volcánico.
Esos bosques milenarios, cargados de significado espiritual para el pueblo pehuenche, son el gran tesoro natural de La Araucanía. Recorrerlos es adentrarse en un mundo antiguo, donde la naturaleza y la cultura mapuche se entrelazan en un territorio de belleza y hondura únicas en Chile.