Los canales, fiordos y bosques de la actual región de Aysén fueron durante milenios territorio de pueblos canoeros como los chonos y los kawésqar, que navegaban en embarcaciones de tablas y cortezas entre las islas de la Patagonia occidental, y de cazadores tehuelches en la estepa oriental. Los primeros europeos bautizaron estas tierras remotas como la 'Provincia de la Trapananda', un nombre de resonancias legendarias para una comarca casi ignota.
Durante siglos, esta Patagonia de hielos, lluvia y laberintos de agua permaneció al margen del dominio efectivo de la Corona y luego de la República. Fue explorada por navegantes como el capitán Robert FitzRoy, que a bordo del HMS Beagle —con el joven naturalista Charles Darwin— recorrió estas costas en la década de 1830, y por marinos chilenos como Enrique Simpson, que reconocieron sus canales y valles a fines del siglo XIX.
Aislada por los Campos de Hielo, los bosques impenetrables y los fiordos, Trapananda fue una de las últimas regiones incorporadas efectivamente a Chile. Su lejanía y su clima extremo la mantuvieron casi despoblada hasta comienzos del siglo XX, cuando comenzó, tarde y con dificultad, su colonización.
A comienzos del siglo XX, el Estado chileno entregó enormes concesiones de tierra a grandes compañías ganaderas, como la Sociedad Industrial del Aysén y la Compañía Explotadora del Baker, que introdujeron miles de ovejas y vacunos en la estepa y los valles. Junto a ellas, y a menudo en conflicto con ellas, llegaron los primeros colonos pioneros, muchos de ellos desde Argentina por la vertiente oriental de los Andes, buscando tierra libre en la última frontera.
La colonización tuvo un altísimo costo ecológico: para despejar campos de pastoreo, los colonos provocaron gigantescos incendios que ardieron durante años y arrasaron millones de hectáreas de bosque nativo, transformando para siempre el paisaje de la región y dejando los característicos 'palos quemados' que aún salpican los valles.
La tensión entre colonos y compañías estalló en 1918 en el conflicto conocido como la 'guerra de Chile Chico', cuando pobladores que habían ocupado tierras en torno al lago Buenos Aires (General Carrera) se enfrentaron a los intentos de desalojo. Ese episodio se convirtió en un símbolo de la lucha de los pioneros por la tierra y en un hito de la memoria regional aysenina.
Con el apoyo del Estado, en las décadas de 1920 y 1930 se consolidaron los principales poblados de la región. Puerto Aysén, fundado en 1924 en el fondo de un fiordo, se convirtió en el gran puerto de entrada y salida de la ganadería patagónica, mientras que Coyhaique, fundado en 1929 en un valle interior, se transformó con el tiempo en la capital regional y el principal centro urbano de la Patagonia chilena.
La región llevó desde 1974 el nombre del general Carlos Ibáñez del Campo, presidente que impulsó la integración de la Patagonia, y quedó definida como la Región de Aysén en la división administrativa del país. Su población, siempre escasa, se concentró en Coyhaique y en pequeños pueblos dispersos entre montañas, lagos y fiordos, en una de las zonas menos pobladas de Chile.
Esa historia reciente de colonización pionera, dura y solitaria, forjó una identidad aysenina orgullosa de su origen, apegada a la figura del colono a caballo, al mate, al asado de cordero y a la vida en un territorio de naturaleza sobrecogedora y aislamiento extremo, donde el Estado y la conexión con el resto de Chile llegaron tarde.
El gran hito que transformó Aysén fue la construcción de la Carretera Austral (Ruta CH-7), iniciada en los años setenta bajo la dictadura militar para conectar por tierra los aislados poblados de la Patagonia con el resto de Chile. Este camino, que se interna más de mil kilómetros desde Puerto Montt hasta Villa O'Higgins atravesando selvas valdivianas, ríos, glaciares, fiordos y tramos de transbordador, es hoy una de las rutas escénicas más espectaculares del mundo.
Antes de la carretera, buena parte de Aysén solo era accesible por mar o desde Argentina; la nueva ruta rompió por fin el aislamiento secular de la región y abrió sus paisajes al turismo. Su construcción, en un terreno de una dificultad extrema, fue una verdadera epopeya de ingeniería que costó años de trabajo y no pocas vidas.
Recorrer la Carretera Austral es hoy uno de los grandes viajes de aventura de Sudamérica: cada tramo revela bosques milenarios, ventisqueros colgantes, ríos de un turquesa imposible y pueblos diminutos donde la vida sigue el ritmo lento de la Patagonia. La ruta es a la vez columna vertebral de la región y uno de sus mayores atractivos.
Aysén conserva algunos de los paisajes más prístinos de la Tierra. El lago General Carrera, el mayor de Chile y segundo de Sudamérica, compartido con Argentina —donde se llama lago Buenos Aires—, alberga las Capillas de Mármol, formaciones de roca esculpidas por el agua durante milenios en tonos azules y turquesas que se recorren en bote, uno de los espectáculos naturales más asombrosos del continente.
Los Campos de Hielo Norte y Sur, las mayores masas de hielo del hemisferio sur fuera de la Antártida, se extienden por la región alimentando glaciares que descienden hasta los fiordos. Entre ellos destaca el ventisquero colgante de Queulat, una lengua de hielo suspendida entre montañas de la que caen cascadas al vacío, en el corazón de un parque nacional de bosque siempreverde.
Parques como Queulat, Laguna San Rafael —con su glaciar que desemboca en el mar— y el Parque Patagonia, junto a ríos legendarios para la pesca como el Baker y el Futaleufú, hacen de Aysén un santuario de naturaleza intacta. Es la Patagonia en su estado más puro: hielo, agua, bosque y silencio en el fin del mundo.