La región de Atacama, en el Norte Chico de Chile, fue durante siglos hogar del pueblo diaguita, notable por su fina cerámica geométrica policromada y punto de contacto entre las culturas andinas del norte y el mundo mapuche del sur. Sus valles transversales —Copiapó, Huasco— combinan el desierto más árido del mundo con oasis fluviales que permitieron la agricultura y la minería desde tiempos prehispánicos, cuando la zona quedó bajo la influencia del imperio inca, que instaló tambos y caminos en su avance hacia el sur.
En la costa vivían los changos, pescadores que navegaban en balsas de cuero de lobo marino y explotaban los ricos bancos de mariscos y guano del litoral. El propio nombre de la región remite al pueblo atacameño del desierto más septentrional, aunque Atacama fue sobre todo territorio diaguita. Cuando los españoles llegaron a mediados del siglo XVI, el valle de Copiapó era la puerta de entrada al reino de Chile: por él descendió en 1536 la expedición de Diego de Almagro y, más tarde, la de Pedro de Valdivia, tras cruzar el desierto desde el Cuzco.
En 1744 se fundó la villa de San Francisco de la Selva de Copiapó, y en 1789, por orden del gobernador Ambrosio O'Higgins, se levantó Vallenar en el valle del Huasco. Durante la Colonia, la región fue el límite septentrional de la Capitanía General de Chile, una tierra fronteriza y minera de la que ya se extraían cobre y oro, y que anunciaba la vocación que la marcaría para siempre.
La minería marcó la historia moderna de Atacama. El descubrimiento del riquísimo yacimiento de plata de Chañarcillo, en 1832, por el arriero Juan Godoy, desató una fiebre argentífera que enriqueció a Copiapó y a una nueva clase de empresarios mineros, y financió buena parte del desarrollo del país en las décadas centrales del siglo XIX. La ciudad vivió una era de esplendor cultural y económico, con teatros, imprentas y una intensa vida social nutrida por la plata del desierto.
Ese auge impulsó grandes obras pioneras: en 1851 se inauguró el ferrocarril de Copiapó a Caldera, el primero de Chile y uno de los primeros de toda Sudamérica, promovido por el empresario estadounidense William Wheelwright para sacar el mineral hacia el puerto. La región se llenó de fundiciones, y Copiapó llegó a albergar la Escuela de Minas y a formar a los ingenieros que modernizarían la minería nacional.
El dinamismo económico dio a Atacama una fuerte conciencia regional y un profundo resquemor hacia el centralismo de Santiago, que gravaba la minería en beneficio de la capital. Ese malestar cristalizó en el conflicto político que estallaría a fines de la década de 1850, cuando la provincia minera se levantó en armas contra el gobierno conservador.
La riqueza de la plata dio a Atacama poder para desafiar al Estado central. En 1859, el descontento de la provincia minera con el gobierno conservador de Manuel Montt —que cobraba impuestos a la minería en favor de Santiago y controlaba férreamente la política nacional— desembocó en una revolución armada. Su líder fue Pedro León Gallo, un rico empresario minero copiapino que, con su propia fortuna, armó, vistió y financió un verdadero ejército regional, llegando incluso a acuñar moneda propia, el célebre 'peso constituyente'.
El ejército revolucionario de Gallo obtuvo algunas victorias en el norte, pero fue finalmente derrotado por las fuerzas del gobierno en la batalla de Cerro Grande, cerca de La Serena, en abril de 1859. Aunque el alzamiento fracasó militarmente, tuvo enormes consecuencias políticas: precipitó la crisis y el fin de la República Conservadora, y aceleró la apertura hacia la República Liberal que transformaría el país en las décadas siguientes.
La Revolución de 1859 es recordada como una de las grandes rebeliones regionalistas de la historia de Chile, símbolo del peso económico y político que la minería del Norte Chico llegó a tener frente al centralismo santiaguino, y de una identidad copiapina orgullosa y combativa.
En 2010, Atacama fue escenario de una historia que conmovió al mundo. El 5 de agosto, un derrumbe en la mina San José, de cobre y oro, cerca de Copiapó, dejó atrapados a 33 mineros a unos 700 metros de profundidad. Tras 17 angustiosos días sin noticias, un sondaje trajo a la superficie un mensaje escrito a mano que dio la vuelta al planeta: 'Estamos bien en el refugio los 33'.
Durante 69 días, Chile y el mundo entero siguieron el operativo de rescate. Finalmente, en octubre de 2010, mediante la cápsula 'Fénix' diseñada especialmente para la operación, los 33 mineros fueron izados uno a uno a la superficie ante las cámaras de televisión de decenas de países, en una de las mayores hazañas de rescate minero de la historia. La imagen del último minero saliendo del pozo se convirtió en un símbolo mundial de esperanza.
El episodio proyectó a Atacama y a la minería chilena a la atención global, inspiró libros y películas, y quedó grabado en la memoria colectiva como una historia de fe, solidaridad e ingeniería. Fue, además, un recordatorio del enorme costo humano que ha tenido siempre la extracción de riqueza en el duro desierto atacameño.
La costa de Atacama esconde algunas de las playas más bellas del país, con Bahía Inglesa a la cabeza: aguas de un turquesa transparente y arenas blancas junto al histórico puerto de Caldera, un contraste asombroso con el desierto que las rodea. La zona costera combina balnearios, pesca artesanal y un notable patrimonio paleontológico, con yacimientos de fósiles marinos que hacen del litoral atacameño un tesoro para la ciencia.
Caldera, terminal del primer ferrocarril chileno, conserva una estación y un patrimonio ferroviario e industrial de mediados del siglo XIX, testimonio de la era de la plata. En sus alrededores se despliegan calas de aguas cristalinas y un desierto costero azotado por la camanchaca, la niebla del Pacífico que aporta la única humedad de esta tierra sin lluvias.
Y cada cierto número de años, cuando lluvias inusuales —a menudo ligadas al fenómeno de El Niño— caen sobre el desierto, ocurre el milagro del 'desierto florido': millones de semillas dormidas germinan de golpe y cubren de flores moradas, amarillas y blancas kilómetros de arena y piedra que parecían muertos. Es uno de los fenómenos naturales más asombrosos del planeta, y convierte por unas semanas al desierto más árido de la Tierra en un manto de color.