La región de Arica y Parinacota alberga uno de los legados arqueológicos más asombrosos del mundo: las momias de la cultura Chinchorro, poblaciones costeras de pescadores y recolectores del desierto de Atacama que hacia el 5000 a. C. momificaban artificialmente a sus muertos, unos dos mil años antes que los egipcios. Esa práctica, la más antigua conocida de su tipo, revela un elaborado culto a los muertos y profundos conocimientos de anatomía.
Las primeras momias fueron documentadas a comienzos del siglo XX por el arqueólogo alemán Max Uhle, y en la década de 1980 se halló, en las faldas del Morro de Arica, uno de los sitios más ricos, con cerca de un centenar de cuerpos. En julio de 2021, el conjunto de asentamientos y la momificación de la cultura Chinchorro fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, reconocimiento que consagró a Arica como una de las cunas más antiguas de la humanidad americana.
El interior de la región es dominio ancestral del pueblo aimara, que habita el altiplano andino en pueblos como Putre y Parinacota, cultivando en terrazas y pastoreando llamas y alpacas a más de 3.000 metros de altura. Su cosmovisión, sus iglesias andinas de adobe y paja, y sus fiestas religiosas —como los carnavales con tarkeadas y comparsas— siguen plenamente vivas en toda la precordillera.
Entre la costa y la montaña se abren los valles de Azapa y Lluta, oasis regados que producen olivos, aceitunas, tomates y el característico maíz lluteño, y que albergan también valiosos geoglifos prehispánicos. Esta convivencia de desierto costero, valles fértiles y altiplano andino, con las culturas aimara y Chinchorro superpuestas, hace de Arica y Parinacota una región de una densidad histórica y cultural excepcional.
Arica fue territorio peruano hasta la Guerra del Pacífico. El 7 de junio de 1880, tras las campañas de Tarapacá y Tacna, el ejército chileno tomó por asalto el Morro de Arica, el peñón que domina la ciudad, en una de las batallas más célebres y sangrientas del conflicto, en la que murió el coronel peruano Francisco Bolognesi. La posesión de Arica y Tacna quedó pendiente durante décadas.
Por el Tratado de Ancón (1883) y, tras un largo diferendo, por el tratado chileno-peruano de 1929, Arica quedó definitivamente bajo soberanía chilena, mientras la vecina Tacna volvió al Perú. La ciudad conserva de aquella época huellas singulares, como la iglesia de San Marcos y la antigua Aduana, obras de hierro atribuidas al taller del ingeniero Gustave Eiffel. Su clima templado y seco durante todo el año le valió el apodo de 'ciudad de la eterna primavera'.
Hacia la cordillera, la región despliega uno de los paisajes más espectaculares de Chile: el Parque Nacional Lauca, reserva de la biosfera situada a más de 4.000 metros de altitud, con el imponente lago Chungará —uno de los más altos del mundo— a los pies de los volcanes gemelos Payachatas, Parinacota y Pomerape. Vicuñas, vizcachas, flamencos, ñandúes y la mítica taruca habitan este altiplano de vegetación de bofedales y llaretas.
En el corazón del parque, el pueblo de Parinacota conserva una hermosa iglesia colonial andina del siglo XVII, joya del arte religioso del altiplano. Junto a las reservas de Las Vicuñas y al Monumento Natural Salar de Surire, el Lauca convierte a la región en la gran puerta de entrada al turismo altiplánico del norte de Chile, un territorio de belleza extrema donde el desierto asciende hasta rozar el cielo.