El vasto territorio de Antofagasta está ocupado por el desierto de Atacama, el más árido del planeta, con lugares en los que jamás se ha registrado lluvia. Sus oasis fueron cuna del pueblo atacameño o likan antai, agricultores, alfareros y caravaneros que, entre el 500 a. C. y el 1450 d. C., conectaron con sus llamas la costa, la puna y el altiplano. Dejaron sitios como el pukará de Quitor, la aldea de Tulor y los ricos ajuares hallados cerca de San Pedro de Atacama.
La cultura atacameña desarrolló una notable metalurgia, cestería y textilería, y quedó bajo influencia de las grandes civilizaciones andinas —Tiwanaku y, finalmente, el imperio inca, que integró la zona a su red de caminos—. En la costa vivían los changos, pescadores que navegaban en balsas de cuero de lobo marino. Esa herencia prehispánica sigue viva en las comunidades atacameñas del interior.
Hasta 1879, buena parte de este litoral pertenecía a Bolivia, mientras empresas chilenas y británicas explotaban su salitre y su guano. El conflicto por un nuevo impuesto que Bolivia intentó cobrar a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, en violación del tratado de 1874, fue el detonante de la Guerra del Pacífico. El 14 de febrero de 1879, tropas chilenas desembarcaron y ocuparon Antofagasta.
Tras la victoria chilena, y por el pacto de tregua de 1884 y el tratado de 1904, el territorio quedó definitivamente en manos de Chile, dejando a Bolivia sin salida soberana al mar, un diferendo que persiste hasta hoy. La región se convirtió así en el gran distrito minero chileno, primero del salitre y luego del cobre, y su capital, Antofagasta, creció como el principal puerto y ciudad del norte del país.
Antofagasta nació y creció al ritmo de la minería. Primero fue el salitre; después, el cobre. La mina de Chuquicamata, cerca de Calama, es una de las mayores explotaciones de cobre a cielo abierto del mundo, y junto a Escondida y otros yacimientos hace de la región la principal productora de cobre de Chile, que a su vez es el mayor productor mundial de este metal, columna vertebral de la economía nacional.
Desde los años ochenta se sumó la explotación del litio en el salar de Atacama —una de las mayores reservas del planeta, clave para las baterías y la transición energética—, primera faena de salmuera de este tipo en Sudamérica. La ciudad de Antofagasta, gran puerto exportador, y Calama, capital del cobre, son los centros de una región donde la minería lo define casi todo: la economía, la población y hasta el paisaje transformado por décadas de extracción.
El oasis de San Pedro de Atacama es hoy el gran destino turístico del norte de Chile. Desde sus calles de adobe se accede a paisajes de otro planeta: el Valle de la Luna, con sus formaciones de sal y arcilla; los géiseres del Tatio, uno de los campos geotérmicos más altos del mundo, a más de 4.300 metros; las lagunas altiplánicas de Miscanti y Miñiques con flamencos; y el inmenso salar de Atacama.
El pueblo conserva su iglesia colonial de adobe y el Museo Arqueológico, y funciona como base para explorar termas, ayllus (antiguos poblados de riego) y salares. La combinación de cultura atacameña viva, paisajes extremos y comodidades turísticas ha hecho de San Pedro un imán para viajeros de todo el mundo, y el punto de partida hacia el altiplano boliviano y argentino.
La extrema sequedad, la altura y la ausencia de contaminación lumínica del desierto de Atacama han convertido a la región en la capital mundial de la astronomía. En sus cerros y llanos se levantan algunos de los observatorios más avanzados del planeta: el Very Large Telescope (VLT) del observatorio Paranal, y el gran radiotelescopio ALMA, en el llano de Chajnantor a 5.000 metros de altura, un proyecto internacional que escruta el universo frío y la formación de galaxias.
A estos se suman el astroturismo de San Pedro y el creciente número de observatorios abiertos al público. Se estima que en las próximas décadas buena parte de la capacidad astronómica del mundo se concentrará en los cielos del norte de Chile. Desierto, minería, cultura atacameña y estrellas hacen de Antofagasta una región verdaderamente única.