Al pie de un volcán de forma casi perfecta, en el rincón más apartado del segundo lago más grande de Chile, Ensenada nunca fue una ciudad ni pretendió serlo: fue, desde el principio, un lugar de paso. Debe su existencia, como casi todos los asentamientos de la cuenca del lago Llanquihue, a la colonización alemana del sur de Chile en el siglo XIX. Cuando los colonos europeos comenzaron a poblar las riberas del lago a partir de la década de 1850, impulsados por las leyes de colonización del Estado chileno y la labor de agentes como Vicente Pérez Rosales, no existían caminos terrestres adecuados a través de la espesa selva valdiviana: el lago mismo era la gran vía de comunicación. Por eso surgieron en sus orillas una serie de puntos de desembarco y pequeños asentamientos.
Ensenada se ubicó en el extremo sureste del lago, en una bahía o ensenada —de ahí su nombre— al pie del volcán Osorno. Su posición la convirtió en un punto de paso natural: desde aquí se podía continuar hacia el este, en dirección a los lagos y pasos cordilleranos que conectaban con la Patagonia argentina. Fue, durante mucho tiempo, una localidad pequeña y aislada, dedicada a la agricultura, la ganadería de subsistencia y el tránsito.
La cercanía del volcán Osorno marcó también su historia y su entorno: las antiguas coladas de lava del volcán moldearon el paisaje de la zona, dando origen a formaciones como las que hoy se admiran en los saltos del Petrohué. Ensenada creció lentamente, a la sombra del gigante nevado, como un punto humilde pero estratégico del sur lacustre.
Mucho antes de que existiera el turismo, el corredor que pasa por Ensenada, Petrohué y el lago Todos los Santos fue una de las rutas históricas de cruce de la cordillera entre Chile y la región del Nahuel Huapi, en Argentina. Los pueblos originarios y, más tarde, los misioneros jesuitas en los siglos XVII y XVIII usaban esta vía de lagos y bosques para comunicar ambas vertientes de los Andes. La leyenda de la 'Ciudad de los Césares', una mítica urbe de oro que se creía oculta en la cordillera, alimentó durante siglos expediciones por estos parajes.
En el siglo XIX, ya con la colonización en marcha, esta ruta lacustre y terrestre se afianzó como paso comercial y de comunicación. El propio Vicente Pérez Rosales, agente de colonización y autor del célebre libro 'Recuerdos del pasado', recorrió y describió la zona, dejando testimonio de su belleza salvaje y de las dificultades del cruce. El nombre del futuro parque nacional honraría precisamente a este personaje.
Ensenada, situada en la entrada de ese corredor desde el lago Llanquihue, fue punto de partida y descanso de arrieros, colonos y viajeros que se aventuraban hacia el este. Esa función de 'puerta de la cordillera' anticipó, de algún modo, el papel que el lugar tendría más tarde como base turística de la Travesía de los Lagos Andinos.
El gran giro en la historia de Ensenada fue la creación, en 1926, del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, el primero y más antiguo de Chile. El parque protege un vasto territorio de bosque andino-patagónico que incluye el volcán Osorno, el lago Todos los Santos, los saltos del Petrohué y un conjunto de volcanes y montañas de extraordinaria belleza. Ensenada quedó situada justo en la puerta de acceso a este tesoro natural.
A lo largo del siglo XX, el desarrollo del turismo transformó a Ensenada de localidad de paso en base de excursiones. El camino desde Ensenada hacia Petrohué y el lago Todos los Santos, y más tarde la ruta que sube a las faldas del volcán Osorno, abrieron la zona a los visitantes. La Travesía de los Lagos Andinos —el clásico cruce internacional por agua y tierra entre Chile y Bariloche— consolidó a Petrohué, cerca de Ensenada, como un punto turístico de fama continental.
El Centro de Montaña Volcán Osorno, con sus pistas de esquí y, en verano, su silla panorámica, sumó el atractivo de la alta montaña accesible. Así, a lo largo del siglo, el entorno de Ensenada se consolidó como uno de los grandes destinos de naturaleza del sur de Chile.
La postal que hoy hace famoso a este rincón —el agua turquesa del río Petrohué abriéndose paso entre roca negra— es, en realidad, la firma del volcán Osorno escrita en el paisaje. Los saltos del Petrohué no son una cascada convencional: son rápidos y canales que el río excavó sobre antiguas coladas de lava basáltica del Osorno. Esa lava, al enfriarse hace miles de años, formó una plataforma de roca dura y oscura que el agua fue puliendo y horadando, creando pozas, gargantas y formas caprichosas. El intenso color del agua proviene de su origen glaciar y de los sedimentos finos que arrastra desde el lago Todos los Santos.
Ese lago, aguas arriba de los saltos, es otra pieza clave de la historia natural del lugar. Encerrado entre montañas y de un profundo verde esmeralda —lo que le valió su antiguo nombre de 'Lago de Esmeralda'—, el Todos los Santos se formó por el represamiento de antiguos valles glaciares por coladas de lava y morrenas. No tiene acceso terrestre en su ribera oriental: solo se recorre navegando, lo que explica por qué la ruta hacia Argentina siempre combinó barco y camino. Alrededor se levantan el Osorno, el afilado Puntiagudo y, más lejos, el macizo del Tronador, con sus glaciares.
Este conjunto —lago, río, saltos y volcanes— fue precisamente lo que motivó, en 1926, la creación del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, el primero de Chile. Proteger este paisaje volcánico y lacustre no fue un capricho: se reconocía en él un valor natural excepcional que el paso del tiempo no ha hecho más que confirmar. Ensenada, en la puerta de todo esto, tuvo la suerte geográfica de quedar en el umbral de uno de los rincones más bellos de los Andes.
La historia natural de Ensenada está dominada por el volcán Osorno, un estratovolcán de 2.652 metros y forma cónica casi perfecta, cubierto de glaciares, que se alza junto al lago Llanquihue. El Osorno ha tenido numerosas erupciones históricas —la más reciente documentada en el siglo XIX—, y sus coladas de lava modelaron el terreno volcánico que hoy da carácter a los saltos del Petrohué y a las playas de arena negra de la ribera. Es uno de los volcanes más fotografiados de Chile y un emblema del paisaje del sur.
La zona también ha conocido la cara dura de la naturaleza: el volcán Calbuco, cercano, protagonizó una espectacular erupción en abril de 2015 que cubrió de ceniza buena parte de la región, incluida Ensenada y sus alrededores, afectando temporalmente el turismo. Episodios como ese recuerdan que se trata de un territorio vivo, en plena cordillera volcánica de los Andes.
Hoy Ensenada vive principalmente del turismo de naturaleza. Sus lodges, hosterías y cabañas reciben a viajeros que buscan el volcán, los saltos, el lago y el bosque, lejos del bullicio. Pequeña y tranquila, conserva su carácter de puerta de entrada a uno de los paisajes más emblemáticos del sur de Chile, donde el agua, el bosque y el fuego de los volcanes conviven en perfecto equilibrio.