Mucho antes de que el cobre la hiciera famosa, la zona de Calama era ya un punto de vida en el desierto más árido del mundo, gracias al río Loa. El Loa, el río más largo de Chile, nace en la cordillera y atraviesa el desierto de Atacama dibujando un hilo de verde en medio de la inmensidad seca. Sus aguas permitieron, desde tiempos remotos, la existencia de oasis agrícolas y de asentamientos humanos en una región donde, de otro modo, sería casi imposible vivir.
Estos oasis fueron habitados por los pueblos atacameños, también llamados likanantai (o lican antai), agricultores y pastores que cultivaban maíz, quinoa y otros productos en terrazas, criaban llamas y formaban parte de las grandes redes de caravanas que conectaban la costa del Pacífico con los valles y el altiplano andino. Pueblos cercanos como Chiu Chiu y el Pukará de Lasana (una fortaleza prehispánica de piedra sobre una quebrada) son testimonio de esa ocupación antigua del valle del Loa.
Con el tiempo, la región quedó bajo la influencia del Imperio inca (Tawantinsuyu), que integró estos oasis a su red de caminos (el Qhapaq Ñan) y a su economía. Calama y su entorno eran, así, un cruce de caminos en el desierto mucho antes de la llegada de los españoles: un nudo de intercambio donde se encontraban los productos del mar, de los valles y de las tierras altas.
Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, la región del Loa quedó integrada al vasto dominio colonial, aunque siempre como una zona marginal y de paso, dada la dureza del desierto. La huella más visible de esa época en la zona de Calama son las pequeñas iglesias coloniales andinas, como la Iglesia de San Francisco de Chiu Chiu, una de las más antiguas de Chile, construida con la técnica tradicional de muros de adobe, techos de cardón y vigas de algarrobo, que mezcla el catolicismo español con la arquitectura y la mano de obra atacameña.
Tras las independencias sudamericanas a comienzos del siglo XIX, este territorio no quedó dentro de Chile, sino que pasó a formar parte de Bolivia. Calama era entonces un modesto oasis boliviano en el desierto de Atacama, dentro del departamento del Litoral que daba a Bolivia su salida al mar. La región seguía siendo escasamente poblada y de economía agrícola y ganadera local, lejos aún de imaginar la transformación que traería la minería industrial.
La pertenencia de Atacama a Bolivia, y la riqueza mineral (salitre, plata y cobre) que escondía su desierto, iban a convertir a toda esta región —Calama incluida— en el centro de un conflicto que cambiaría las fronteras de Sudamérica: la Guerra del Pacífico.
Cuando estalló la Guerra del Pacífico, en 1879, Calama fue escenario de uno de sus primeros combates terrestres. Tras la ocupación chilena de Antofagasta en febrero de 1879, las fuerzas chilenas avanzaron hacia el interior del desierto para tomar el control de los oasis y las rutas. El 23 de marzo de 1879 se libró el combate de Calama, en el que un pequeño grupo de defensores bolivianos enfrentó a las tropas chilenas, muy superiores en número.
De ese combate surgió una figura central de la memoria boliviana: Eduardo Abaroa, un civil que, según la tradición, resistió hasta el final en el puente del Topáter y respondió a la intimación de rendirse con una frase que se hizo célebre en Bolivia. Abaroa murió en la acción y se convirtió en héroe nacional boliviano; el 23 de marzo, día del combate, se conmemora en Bolivia como el Día del Mar, ligado a la reivindicación de su salida al océano. La actual Plaza 23 de Marzo de Calama recuerda esa fecha.
El combate de Calama fue una victoria chilena más en el avance sobre el litoral, y la región quedó bajo control de Chile. Al terminar la guerra, por el Pacto de Tregua de 1884 y, más tarde, el tratado definitivo de 1904 entre Chile y Bolivia, todo el antiguo litoral boliviano —incluida Calama y Antofagasta— quedó incorporado a Chile, y Bolivia perdió de forma permanente su acceso soberano al mar.
El destino de Calama cambió por completo en el siglo XX con la explotación industrial del cobre. A pocos kilómetros de la ciudad se encontraba un yacimiento gigantesco: Chuquicamata, conocido y trabajado de forma artesanal desde tiempos prehispánicos, pero cuya verdadera riqueza solo pudo aprovecharse a gran escala con la tecnología minera moderna. Hacia 1915, capitales estadounidenses —la Chile Exploration Company, ligada al grupo Guggenheim y luego a la Anaconda Copper— iniciaron la explotación industrial del cobre a cielo abierto.
Chuquicamata se convirtió en una de las minas de cobre más grandes del mundo, un rajo colosal excavado en el desierto. Alrededor de la faena creció un enorme campamento minero, el pueblo de Chuquicamata, con miles de habitantes, casas, escuelas, hospital, cine, clubes y vida propia: una verdadera ciudad del cobre construida por la empresa. Mientras tanto, Calama, el oasis cercano, fue creciendo como ciudad de apoyo y servicios.
En 1971, durante el gobierno de Salvador Allende, la gran minería del cobre —incluida Chuquicamata— fue nacionalizada con amplio apoyo político, pasando a manos del Estado chileno a través de lo que luego sería Codelco, la mayor empresa estatal del país. El cobre se consolidó como el 'sueldo de Chile', y Chuquicamata como uno de sus símbolos. La era del cobre transformó a toda la región y puso a Calama en el centro de la economía minera nacional.
Durante décadas, el campamento de Chuquicamata fue un pueblo minero pleno de vida, donde nacieron y crecieron generaciones de familias ligadas al cobre. Pero a comienzos del siglo XXI, por razones ambientales (la contaminación derivada de la propia faena) y por la necesidad de expandir la mina, la empresa decidió trasladar a toda la población de Chuquicamata a la cercana ciudad de Calama. Hacia 2007 culminó el traslado, dejando atrás un pueblo fantasma —el antiguo campamento despoblado que hoy se visita en los tours—, cargado de memoria y nostalgia.
Calama absorbió a esa población y creció hasta convertirse en la principal ciudad de servicios de la minería del cobre del país, la 'capital minera de Chile'. Es una ciudad funcional, pujante y con alta circulación de trabajadores, que vive del ritmo de las faenas, con todos los servicios de una urbe mediana: aeropuerto, comercio, salud, educación y conexiones con el resto del país.
En las últimas décadas, Calama ha sumado a su rol minero un papel turístico clave: es la gran puerta de entrada a San Pedro de Atacama, el destino estrella del norte de Chile. El Aeropuerto El Loa recibe a los viajeros que vienen por los géiseres, salares, lagunas y cielos estrellados del Atacama, y desde Calama se toma el traslado hacia ese universo de paisajes. Así, la ciudad combina hoy dos identidades: la épica industrial del cobre y su condición de trampolín hacia uno de los desiertos más fascinantes del planeta.