Mucho antes de que existiera balneario alguno, la costa de Caldera y Bahía Inglesa estaba habitada por comunidades de pescadores y recolectores del litoral, conocidos genéricamente como changos. Estos pueblos del borde costero del norte de Chile —desde Atacama hasta Coquimbo y más allá— vivían del mar: pescaban, recolectaban mariscos y cazaban lobos marinos, en uno de los entornos más áridos del planeta, donde el océano era prácticamente la única fuente de sustento.
Los changos eran navegantes notables. Se hicieron famosos por sus balsas de cuero de lobo marino inflado, embarcaciones livianas con las que se internaban en el mar para pescar y desplazarse por la costa. Esa adaptación al medio marino les permitió poblar un litoral que, tierra adentro, era puro desierto sin agua. Las caletas resguardadas, como la que hoy es Bahía Inglesa, ofrecían abrigo y buenas condiciones para la pesca y la recolección.
La presencia de estos pueblos costeros se extendió durante milenios y dejó huellas en conchales (acumulaciones de restos de mariscos), restos de campamentos y herramientas a lo largo de la costa atacameña. Con la llegada de los españoles y, más tarde, el auge minero del siglo XIX, este mundo costero originario se fue transformando, aunque la pesca artesanal —herencia lejana de aquellos changos— sigue siendo parte de la identidad de las caletas de la región.
El nombre 'Bahía Inglesa' tiene una explicación ligada a la presencia de navegantes británicos en estas aguas durante la época colonial. La tradición más difundida cuenta que corsarios y piratas ingleses recalaban en esta caleta resguardada del litoral de Atacama para abastecerse, repararse o refugiarse, en una época en que el Pacífico sur era escenario de las incursiones de navegantes europeos contra el dominio español. De esa presencia habría quedado el topónimo, que en tiempos coloniales también se conoció como 'Puerto del Inglés' o 'Puerto de los Ingleses'.
El Pacífico frente a las costas chilenas y peruanas fue, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, un territorio disputado: corsarios y piratas ingleses, holandeses y franceses asediaban los puertos y las naves que transportaban la riqueza minera del imperio español. Las caletas escondidas y de aguas calmas, como la de Bahía Inglesa, ofrecían abrigo ideal para estas naves, lejos de las fortificaciones de los puertos principales.
Como en muchos topónimos de origen tradicional, los detalles exactos —qué navegantes, en qué fechas— se pierden en la mezcla de historia y leyenda. Lo que perduró fue el nombre, que hoy resulta llamativo para los visitantes: una 'bahía inglesa' en pleno desierto chileno, recuerdo de los tiempos en que estas aguas remotas eran cruce de rutas, contrabandos y aventuras marítimas.
La historia moderna de esta costa está indisolublemente ligada al cercano puerto de Caldera y al auge minero del siglo XIX. Cuando el descubrimiento del mineral de plata de Chañarcillo, en 1832, convirtió a Copiapó en una de las ciudades más ricas de Chile, surgió la necesidad de un buen puerto para embarcar esa riqueza hacia el mundo. Caldera, con su bahía abrigada, fue elegida como la salida natural al mar de la producción minera de la región.
El hito decisivo llegó en 1851, cuando se inauguró el ferrocarril que unía Caldera con Copiapó: el primer ferrocarril de Chile y uno de los pioneros de Sudamérica, impulsado por el empresario William Wheelwright junto a capitales mineros locales. El tren transportaba la plata y los minerales desde el interior hasta el puerto, desde donde partían en barcos. Caldera vivió entonces su época de oro: creció, se llenó de comercio, de marinos y de obras notables.
De aquel período de esplendor quedan los monumentos que hoy se visitan: la Iglesia San Vicente de Paul, levantada en madera por carpinteros ingleses a mediados del siglo XIX con un estilo neogótico singular; y la Estación de Ferrocarril de Caldera, una de las primeras del país, hoy Monumento Nacional. Mientras Caldera prosperaba como puerto minero, la vecina caleta de Bahía Inglesa permanecía como un rincón tranquilo, cuyo destino —el del balneario— recién despegaría en el siglo XX.
Durante buena parte de su historia, Bahía Inglesa fue una caleta apacible, a la sombra del puerto industrioso de Caldera. Mientras este último concentraba el comercio, el ferrocarril y el movimiento minero, la pequeña bahía de aguas turquesas permanecía como un lugar de pescadores y de baño ocasional, sin desarrollo turístico significativo. Era, sencillamente, una playa hermosa y poco conocida en medio del desierto.
La transformación llegó en el siglo XX, a medida que se valoró el atractivo singular de sus aguas. La combinación de mar templado y resguardado, arenas blancas, transparencia del agua y un clima desértico de sol casi permanente la convirtieron en un destino cada vez más buscado por los habitantes de Copiapó y de la región para veranear. Poco a poco se fueron construyendo cabañas, hosterías y restaurantes, y el balneario empezó a tomar forma.
Desde mediados y, sobre todo, fines del siglo XX, Bahía Inglesa se consolidó como el balneario más famoso y codiciado del Norte Chico. Su imagen de 'mar caribeño' en pleno desierto de Atacama la convirtió en una marca turística reconocida en todo Chile, atrayendo no solo a veraneantes regionales sino a visitantes de todo el país. El crecimiento trajo más infraestructura —hoteles, departamentos, servicios— y, con ello, los desafíos típicos de un destino popular: el cuidado del entorno, la presión inmobiliaria y la necesidad de un desarrollo sostenible que preserve justamente aquello que la hizo famosa, sus aguas cristalinas.
La costa de Caldera y Bahía Inglesa guarda un tesoro que va mucho más allá de sus playas: es una de las zonas paleontológicas más importantes de Chile. El subsuelo y los acantilados de la región conservan abundantes fósiles marinos —de ballenas, delfines, tiburones (incluido el gigantesco megalodón), aves marinas y otras especies— que testimonian un pasado, hace millones de años, en que estas tierras estuvieron bajo el mar y poblaban sus aguas criaturas extraordinarias.
Uno de los hallazgos más célebres de la zona es el sitio conocido como 'Cerro Ballena', cerca de Caldera, donde se encontró una notable concentración de esqueletos fosilizados de ballenas y otros mamíferos marinos, un descubrimiento que tuvo repercusión científica internacional por lo que revela sobre la vida marina del pasado y las posibles causas de esas muertes masivas. Estos hallazgos ayudan a reconstruir la historia natural del Pacífico sur.
La riqueza paleontológica de la región se exhibe y estudia en instituciones locales, como museos paleontológicos de Caldera, que permiten al visitante conocer estos fósiles y entender que la costa que hoy ofrece baños turquesas fue, en eras remotas, un mar habitado por gigantes. Es una capa más de fascinación que se suma al atractivo turístico del balneario: bajo el sol del desierto y junto al mar templado, late también una historia de millones de años.