Mucho antes de que existiera ciudad alguna, la costa donde hoy se levanta Arica estuvo habitada por uno de los pueblos más fascinantes de la prehistoria americana: la cultura Chinchorro. Se trataba de comunidades de pescadores, cazadores y recolectores que vivieron en el litoral del extremo norte de Chile y del sur del actual Perú durante miles de años, aprovechando la riqueza del mar y los oasis costeros en medio de uno de los desiertos más áridos del planeta.
Lo que hace únicos a los Chinchorro es su tratamiento de los muertos. Desarrollaron la momificación artificial más antigua conocida en la historia de la humanidad, una práctica que comenzaron miles de años antes que los egipcios. Sus técnicas incluían desmembrar y luego reconstruir los cuerpos sobre estructuras de palos y fibras, rellenarlos, recubrirlos con pastas de ceniza o arcilla y modelar máscaras sobre el rostro, en un trabajo funerario de enorme complejidad y carga simbólica. Momificaban a todos los miembros de la comunidad, incluidos niños y fetos, lo que sugiere una concepción muy particular de la muerte y de la pertenencia colectiva.
Gran parte de este legado se conserva y exhibe hoy en el Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, en el valle homónimo cerca de Arica. En 2021, la Unesco inscribió el 'Asentamiento y momificación artificial de la cultura Chinchorro en la región de Arica y Parinacota' en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor universal excepcional y poniendo a Arica en el mapa de los grandes sitios de la prehistoria mundial.
Después de los Chinchorro, la región de Arica vio florecer otras culturas que aprovecharon los valles fértiles que descienden de los Andes hacia el mar, como el Valle de Azapa y el de Lluta. Estos oasis agrícolas, regados por ríos que cruzan el desierto, permitieron el cultivo de maíz, ají, algodón y, más tarde, la producción que aún hoy caracteriza a la zona. En las laderas de los cerros del camino a Azapa quedaron grabados geoglifos —enormes figuras de animales y caravanas dibujadas sobre las pendientes—, testimonio del paso de las caravanas de llamas que conectaban la costa con el altiplano.
Con el tiempo, la región quedó bajo la influencia de las grandes culturas andinas y, finalmente, del Imperio inca (Tawantinsuyu), que integró estos valles costeros a su vasta red de caminos y a su economía de intercambio entre la costa, los valles y el altiplano. La costa de Arica funcionaba como un punto de conexión entre el mundo marítimo de los pescadores y el mundo andino de las tierras altas.
Tras la conquista del Perú por los españoles en el siglo XVI, Arica adquirió una importancia estratégica enorme por una razón concreta: se convirtió en el puerto de salida de la plata extraída del cerro rico de Potosí, en el Alto Perú (actual Bolivia). La plata bajaba en caravanas desde las alturas hasta el puerto de Arica, y desde allí partía rumbo a Lima y a Europa. Esa riqueza convirtió a Arica en un puerto codiciado y, por lo mismo, en blanco frecuente de ataques de piratas y corsarios durante los siglos coloniales.
Con la independencia de las naciones sudamericanas a comienzos del siglo XIX, Arica pasó a formar parte del Perú republicano, dentro del departamento de Tacna. Durante buena parte de ese siglo, Arica fue un puerto peruano de relevancia regional, que mantenía su antiguo papel como salida natural al mar de los territorios del sur del Perú y del Alto Perú (la nueva república de Bolivia, que dependía en gran medida de este puerto para su comercio exterior).
La vida de la ciudad estuvo marcada, además, por la geografía y sus riesgos. La costa del norte chico y del extremo norte es una zona de alta actividad sísmica, y Arica sufrió a lo largo de su historia terremotos y maremotos devastadores que destruyeron buena parte de sus construcciones. Uno de los más recordados es el gran terremoto y tsunami de 1868, que arrasó el puerto. Precisamente la reconstrucción tras estos desastres explica que, en las décadas siguientes, se levantaran edificios de hierro prefabricado —más resistentes y rápidos de montar—, como la Catedral San Marcos y el edificio de la Aduana, atribuidos al taller del ingeniero francés Gustave Eiffel.
Hacia fines del siglo XIX, la creciente disputa entre Chile, Perú y Bolivia por el control de los recursos del desierto de Atacama —especialmente el salitre— iba a poner a Arica en el centro de uno de los conflictos más importantes de la historia sudamericana.
La Guerra del Pacífico (1879-1883) enfrentó a Chile contra la alianza de Perú y Bolivia por el control de los ricos territorios salitreros del desierto de Atacama. En el marco de la campaña de Tacna y Arica, el ejército chileno avanzó hacia el norte y, tras vencer en la batalla de Tacna, puso su mirada en el último gran bastión que defendía la ciudad de Arica: el Morro, el imponente peñón que domina la bahía, fuertemente fortificado y artillado por las fuerzas peruanas.
El asalto al Morro de Arica ocurrió en la madrugada del 7 de junio de 1880. Las tropas chilenas, en un ataque de infantería a la bayoneta, escalaron y tomaron la posición en un combate brevísimo y extraordinariamente violento, de apenas unos minutos. Cayó allí el coronel peruano Francisco Bolognesi, que había jurado defender la plaza 'hasta quemar el último cartucho', y que se convirtió en héroe nacional del Perú. La toma del Morro fue una de las acciones más recordadas de toda la guerra, tanto por su ferocidad como por su rapidez, y selló la suerte de Arica.
El resultado de la guerra cambió para siempre el mapa de la región. Por el Tratado de Ancón (1883), Perú cedió a Chile la provincia de Tarapacá y dejó Tacna y Arica bajo administración chilena por un plazo que debía resolverse luego mediante un plebiscito. Bolivia, por su parte, perdió su salida al mar. La cuestión de Tacna y Arica quedó como un conflicto diplomático abierto durante décadas.
Tras la Guerra del Pacífico, la situación de Tacna y Arica quedó en suspenso: el Tratado de Ancón de 1883 estableció que ambas ciudades permanecerían bajo administración chilena por un tiempo, al cabo del cual un plebiscito decidiría su soberanía definitiva. Ese plebiscito, sin embargo, nunca llegó a realizarse, y durante décadas la 'cuestión de Tacna y Arica' fue uno de los conflictos diplomáticos más espinosos entre Chile y Perú, con periodos de tensión y de intentos de 'chilenización' de la población de los territorios en disputa.
La solución llegó recién en 1929, con la mediación de Estados Unidos. El Tratado de Lima de 1929, firmado entre Chile y Perú, repartió los territorios: Tacna volvió a Perú, mientras que Arica quedó definitivamente bajo soberanía chilena. El acuerdo incluyó compensaciones y disposiciones especiales, entre ellas facilidades portuarias y de paso para el Perú en Arica. Con este tratado se cerró por fin la frontera norte de Chile tal como la conocemos hoy.
Durante el siglo XX, ya plenamente chilena, Arica se desarrolló como ciudad puerto, polo industrial y comercial. La instalación de regímenes especiales, como la condición de puerto libre y luego zona franca, y los acuerdos que dan a la mediterránea Bolivia acceso al mar a través de Arica, marcaron su economía. El histórico Ferrocarril de Arica a La Paz reforzó ese papel de salida al Pacífico para el comercio boliviano.
A lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, Arica consolidó su perfil de ciudad fronteriza, soleada y estratégica. Su ubicación, casi en el punto donde se tocan Chile, Perú y Bolivia, la convirtió en un nudo de comercio, migración y contacto cultural en el extremo norte del país. Por aquí circulan mercancías hacia y desde Bolivia —que tiene en Arica una de sus principales salidas al mar—, y miles de personas cruzan a diario la frontera con Tacna, en uno de los pasos más transitados de Sudamérica.
En el plano administrativo, durante gran parte del siglo XX Arica perteneció a la región de Tarapacá, con capital en Iquique. Eso cambió en 2007, cuando se creó la nueva Región de Arica y Parinacota, con Arica como su capital regional. La nueva región reconoció la identidad propia del extremo norte, que integra la ciudad costera con el altiplano andino de la provincia de Parinacota (Putre, los pueblos aymaras, el Parque Nacional Lauca).
Hoy Arica combina varias caras: la del balneario de la eterna primavera, con sus playas y su buen clima durante todo el año; la de ciudad histórica, con el Morro, el centro patrimonial y los edificios de Eiffel; la de capital arqueológica, con las momias Chinchorro reconocidas por la Unesco; y la de puerta de entrada al altiplano y a la cultura aymara. Esa mezcla de mar, desierto, historia de guerra y mundo andino es lo que le da a Arica su carácter único en el mapa de Chile.