La historia de Plzeň como ciudad comienza con un acto de planificación deliberada. En 1295, el rey Wenceslao II de Bohemia (Václav II) fundó una 'ciudad nueva' real en un cruce de rutas comerciales del oeste del reino, junto a la confluencia de varios ríos. El objetivo era claro: crear un fuerte centro mercantil y administrativo que controlara los caminos hacia Baviera y el Sacro Imperio y dinamizara la economía de la región. Para distinguirla del asentamiento más antiguo de los alrededores —la 'vieja Plzeň', hoy Starý Plzenec, que había tenido importancia ya en época de los primeros Přemíslidas—, la nueva fundación se ordenó sobre un trazado en damero, con calles rectas que partían de una gran plaza central rectangular.
Esa cuadrícula medieval, todavía perfectamente legible en el casco histórico actual, es uno de los ejemplos más claros de urbanismo planificado de la Bohemia medieval. La gran plaza —hoy Plaza de la República— quedó como corazón comercial y cívico, con el ayuntamiento y, en el centro, la iglesia. Los colonos recibieron privilegios y derechos que favorecieron el comercio, las ferias y la artesanía.
Desde sus primeros tiempos, Plzeň obtuvo además derechos cerveceros: como muchas ciudades reales de Bohemia, sus burgueses tenían el privilegio de elaborar cerveza, una actividad que se volvería con los siglos parte de la identidad misma de la ciudad. Aquella decisión real de fines del siglo XIII echó así los cimientos —urbanos y económicos— sobre los que crecería todo lo demás.
Durante las guerras husitas del siglo XV, que enfrentaron a los seguidores reformistas de Jan Hus con la Iglesia católica y el emperador, Plzeň tomó un camino distinto al de buena parte de Bohemia. Mientras muchas ciudades se sumaban al movimiento husita, Plzeň se mantuvo, en lo fundamental, fiel al bando católico y leal al rey, convirtiéndose en uno de los principales bastiones católicos del reino.
Esa fidelidad le costó cara en términos militares. La ciudad fue asediada varias veces por los ejércitos husitas a lo largo de las décadas de conflicto, incluido el propio Jan Žižka, el legendario comandante tuerto, que puso sitio a Plzeň sin lograr tomarla. Las sólidas fortificaciones y la determinación de sus habitantes permitieron a la ciudad resistir, lo que reforzó su prestigio y le valió privilegios y reconocimientos por parte de la Corona y del papado.
Esta posición durante las guerras husitas dejó una marca duradera en la identidad de Plzeň, que se enorgulleció durante siglos de su lealtad católica. Pasado el conflicto, la ciudad siguió prosperando como centro comercial y artesanal de Bohemia occidental, beneficiándose de su ubicación estratégica en las rutas hacia el oeste y de los derechos y libertades acumulados a lo largo de la Baja Edad Media.
El acontecimiento que dio fama universal a Plzeň ocurrió en el siglo XIX. Pese a la larga tradición cervecera de la ciudad, hacia 1830 la calidad de la cerveza local era irregular y, según cuenta la tradición, llegó a ser tan mala que en una ocasión los vecinos derramaron barriles enteros en señal de protesta. Decididos a producir una cerveza de calidad constante, los burgueses con derecho a elaborarla fundaron una nueva cervecería municipal, la Bürgerliches Brauhaus ('Cervecería Burguesa'), inaugurada en 1842.
Para dirigirla contrataron a un maestro cervecero bávaro, Josef Groll, que combinó tres elementos clave: el método de baja fermentación (lager) traído de Baviera, la excepcional blandura del agua de Plzeň, la malta clara de tipo pálido elaborada al estilo inglés y el lúpulo aromático de la cercana región de Žatec (Saaz). El resultado, presentado en octubre de 1842, fue una cerveza completamente nueva: dorada, clara, transparente, con una espuma blanca y un sabor limpio y refrescante. Hasta entonces la mayoría de las cervezas eran turbias y oscuras; aquella rubia cristalina causó sensación.
El nuevo estilo se difundió rápidamente por Europa y el mundo, copiado por todas partes, hasta convertirse en el tipo de cerveza más popular del planeta: la 'pilsner' o 'pils', nombrada por la ciudad. Para protegerse de las imitaciones, la marca original adoptó el nombre 'Pilsner Urquell' / 'Plzeňský Prazdroj' ('fuente original'). Así, una decisión local de mejorar la cerveza terminó dando a Plzeň un lugar permanente en la historia mundial de la gastronomía.
Casi al mismo tiempo que nacía la pilsner, Plzeň daba otro salto que definiría su perfil moderno: la industrialización pesada. En 1869, el ingeniero Emil Škoda compró un pequeño taller de maquinaria en la ciudad y lo transformó, en pocas décadas, en uno de los mayores conglomerados industriales de Europa central: las fábricas Škoda (Škodovy závody). Bajo su dirección, la empresa pasó a producir maquinaria pesada, locomotoras, calderas, equipos para la industria y, de manera decisiva, armamento.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Škoda se convirtió en el gran proveedor de armas y maquinaria del Imperio austrohúngaro, y Plzeň en una ciudad industrial obrera, que creció enormemente con la llegada de trabajadores. La fábrica fue clave en las dos guerras mundiales: durante la Primera abasteció al ejército austrohúngaro y, tras la ocupación nazi, fue obligada a producir armamento para la Alemania de Hitler, lo que la convirtió en blanco de los bombardeos aliados.
La ciudad fue liberada al final de la Segunda Guerra Mundial por las tropas estadounidenses del general George Patton, en mayo de 1945, un hecho singular en la Europa central de la época (la mayor parte de Checoslovaquia fue liberada por el Ejército Rojo) y que Plzeň conmemora cada año con festejos de la liberación. Tras la guerra, bajo el régimen comunista, la industria Škoda continuó como pilar económico, aunque reorganizada. La huella industrial sigue siendo parte esencial de la identidad de Plzeň, junto a la cerveza.
Durante el siglo XIX, al calor del crecimiento económico e industrial, Plzeň albergó una comunidad judía próspera y numerosa, que tuvo un papel destacado en el comercio, las finanzas y la vida cultural de la ciudad. Como testimonio de esa pujanza, entre 1888 y 1893 se levantó la Gran Sinagoga (Velká synagoga), un edificio monumental de estilo romántico con marcados rasgos moriscos y dos torres con cúpulas, considerado una de las sinagogas más grandes de Europa.
La comunidad mantuvo escuelas, asociaciones y una intensa vida religiosa y social hasta la primera mitad del siglo XX. Todo cambió con la ocupación nazi y el Holocausto. Tras el establecimiento del Protectorado de Bohemia y Moravia en 1939, los judíos de Plzeň fueron perseguidos, despojados de sus bienes y, en 1942, deportados en su gran mayoría a guetos y campos de exterminio, principalmente vía el campo-gueto de Terezín. La comunidad, que había sido una de las más importantes de Bohemia, quedó casi por completo aniquilada.
La Gran Sinagoga sobrevivió a la guerra (no fue destruida, en parte porque sirvió de depósito), pero quedó sin la comunidad que le daba vida. Tras décadas de abandono durante el comunismo, fue restaurada después de 1989 y hoy funciona como espacio de culto ocasional, sala de conciertos y, sobre todo, lugar de memoria de la población judía desaparecida. Es uno de los testimonios más conmovedores del pasado multicultural de Plzeň.
Tras la Segunda Guerra Mundial y el golpe comunista de 1948, Plzeň quedó integrada en la Checoslovaquia socialista. Como gran ciudad industrial y obrera, fue uno de los centros del régimen, pero también escenario de tensiones: en 1953, una revuelta de trabajadores contra una reforma monetaria que recortó sus ahorros derivó en protestas que fueron reprimidas por el régimen, uno de los primeros levantamientos obreros del bloque soviético. La economía siguió girando en torno a la industria Škoda y, por supuesto, a la cervecería, cuya cerveza Pilsner Urquell se exportaba como producto emblemático del país.
Con la Revolución de Terciopelo de 1989 y la posterior creación de la República Checa en 1993, Plzeň entró en una nueva etapa. La cervecería pasó a manos privadas e internacionales (hoy parte de un gran grupo cervecero), mientras la industria se reconvertía. La ciudad invirtió en restaurar su patrimonio histórico, modernizar su universidad y diversificar su economía.
El reconocimiento de esa transformación llegó en 2015, cuando Plzeň fue designada Capital Europea de la Cultura, junto con la ciudad belga de Mons. Durante ese año, la ciudad acogió un intenso programa de festivales, exposiciones, conciertos y proyectos artísticos que renovaron sus espacios culturales y proyectaron su imagen en toda Europa. Hoy Plzeň combina su doble herencia —la cervecera, con la peregrinación mundial a la cuna de la pilsner, y la industrial, con el legado de Škoda— con una vida universitaria y cultural activa, consolidándose como la gran ciudad del oeste checo.