La historia del vino en Moravia empieza con las águilas de las legiones romanas. Aunque el limes del Imperio quedaba al sur, en el Danubio, las tropas romanas cruzaron hacia las tierras bárbaras al norte durante las Guerras Marcomanas del siglo II, y establecieron campamentos avanzados en lo que hoy es Moravia del Sur. Al pie de las colinas calizas de Pálava, cerca de la actual Mušov, se instaló un destacamento de la Legio X Gemina, la Décima Legión, en una colina que todavía se conoce como 'la colina romana' (Hradisko/Burgstall).
Y con los soldados llegó la vid. La tradición sostiene que fueron esos legionarios quienes plantaron los primeros viñedos de la región en las laderas soleadas de Pálava, un microclima cálido que resultó perfecto para la uva. El testimonio más elocuente apareció en 1926, durante las excavaciones del recinto de la Décima Legión en Mušov: una podadera de viñedo de bronce, de unos 28 centímetros, una herramienta inequívocamente vitícola que confirma que ya entonces se cultivaba la vid al pie de Pálava.
Cuando el Imperio se replegó y llegaron los pueblos eslavos, la viticultura no desapareció del todo. Durante la Gran Moravia, el primer gran Estado eslavo de Europa central (siglos IX-X), el vino formaba parte de la vida, en buena medida ligado a la liturgia cristiana que trajeron los misioneros Cirilo y Metodio. La semilla estaba plantada, en sentido literal.
Como en toda Europa, fueron los monasterios los que convirtieron el cultivo de la vid en una ciencia. Durante la Edad Media, las órdenes religiosas —premonstratenses y cistercienses, muy influidas estas últimas por la gran tradición vitícola de Borgoña— profesionalizaron la viticultura morava. Destacó el monasterio premonstratense de Louka, junto a Znojmo, fundado en 1190, cuyos monjes cultivaban viñedos con criterio y transmitían sus técnicas a los campesinos de los alrededores. Los conventos necesitaban vino para la misa y para su economía, y ese impulso ordenó y expandió el viñedo por toda la región.
El gran salto llegó en el siglo XIV con Carlos IV, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio, la figura que llevó las tierras checas a su cénit. Amante y promotor del vino, Carlos IV impulsó decididamente la viticultura: hizo traer cepas nobles de Borgoña —variedades de tipo Pinot— y de otras regiones, y dictó normas para mejorar la calidad, regular la plantación y proteger la producción. Bajo su reinado, el vino checo y moravo alcanzó prestigio europeo.
Entre los siglos XIV y XVI, Moravia del Sur vivió una auténtica edad de oro vinícola. La superficie de viñedo se expandió enormemente, muchos pueblos recibieron privilegios para producir y vender vino, y empezaron a excavarse las bodegas subterráneas que todavía hoy caracterizan el paisaje. Ciudades como Znojmo y Mikulov se convirtieron en importantes centros del comercio del vino, que viajaba por el Danubio y las rutas terrestres hacia Viena, Bohemia y el resto del Imperio.
Sobre esa base floreció la Moravia aristocrática de la Edad Moderna, dominada por grandes familias nobles que hicieron del vino y del paisaje una seña de identidad. La más influyente fue la casa de Liechtenstein, señora de la región desde el siglo XIII: llegaron a Lednice a mediados del siglo XIII y a fines del XIV sumaron la vecina Valtice, y a lo largo de los siglos siguientes moldearon todo el territorio entre ambas localidades como un inmenso jardín señorial. Ese esfuerzo culminó en el complejo Lednice-Valtice, un paisaje cultural entero —con castillos, templetes, avenidas y estanques— diseñado por una sola familia, que la Unesco reconoció como Patrimonio de la Humanidad en 1996. Los Liechtenstein, además, plantaron viñedos y dictaron reglas que dieron a la viticultura morava una nueva sofisticación. En Mikulov, el poder pasó luego a la familia Dietrichstein, que mantuvo el señorío hasta 1945.
Un capítulo singular lo protagonizaron los anabaptistas. En 1526, huyendo de la persecución religiosa en el Imperio, llegaron a Mikulov comunidades de anabaptistas suizos y alemanes —entre ellos su líder Balthasar Hubmaier, apresado poco después por orden del rey Fernando I—. Aquellos colonos, conocidos en la región como habanos (Habáni), se establecieron en Moravia del Sur bajo la protección de algunos nobles tolerantes y aportaron una notable artesanía: cerámica esmaltada, oficios y también saber agrícola y vitícola. Su presencia enriqueció la cultura material de la región durante más de un siglo, hasta que la Contrarreforma y las guerras los expulsaron.
Así, entre la nobleza que embellecía el paisaje y las comunidades que trabajaban la tierra, Moravia del Sur consolidó a lo largo de los siglos XVI a XVIII su carácter de gran comarca del vino, con sus bodegas excavadas, sus pueblos viñateros y su producción orientada al gran mercado vienés.
El final del siglo XIX trajo la catástrofe que asoló a toda la viticultura europea: la filoxera, un diminuto insecto americano que ataca las raíces de la vid. En Moravia hizo su aparición en 1890, en el pueblo de Šatov, cerca de Znojmo, y en pocos años, junto con las enfermedades fúngicas como el mildiu y el oídio, arrasó buena parte de los viñedos históricos. La recuperación fue lenta y obligó, como en el resto de Europa, a replantar las viñas injertando las variedades europeas sobre pies de vid americanos resistentes al insecto. Muchos viñedos nunca se recuperaron y la superficie cultivada se redujo drásticamente.
El siglo XX sumó nuevas heridas. Las dos guerras mundiales, y sobre todo la expulsión de la población de lengua alemana de Moravia del Sur tras 1945, vaciaron pueblos enteros y rompieron una tradición vitícola transmitida durante generaciones. Pero el golpe más profundo llegó con el régimen comunista instaurado tras 1948: la colectivización forzosa. Las pequeñas parcelas familiares fueron confiscadas y unificadas en grandes cooperativas y granjas estatales, que privilegiaron la cantidad sobre la calidad. Se plantaron enormes extensiones de variedades productivas, se estandarizó la elaboración y se perdió buena parte del vínculo entre el viñedo, el productor y la tierra.
Durante décadas, el vino moravo fue sobre todo un producto industrial y de consumo interno, sin apenas prestigio. Sin embargo, la tradición no se extinguió: en las bodegas excavadas de los pueblos, muchas familias siguieron haciendo su vino para el consumo propio y las fiestas, guardando en secreto los saberes que el sistema despreciaba.
La caída del comunismo en la Revolución de Terciopelo de 1989, y la posterior privatización, abrieron una nueva era para el vino moravo. Las tierras volvieron a manos privadas, surgió una generación de viticultores jóvenes y ambiciosos, y el foco se desplazó de la cantidad a la calidad. Muchos productores redujeron rendimientos, recuperaron variedades y parcelas nobles, invirtieron en bodega y empezaron a embotellar vinos de autor. La entrada de Chequia en la Unión Europea en 2004 trajo además regulación, denominaciones de origen y apoyo, y protegió productos emblemáticos.
Hoy Moravia del Sur produce alrededor del 96% del vino de Chequia, en unas 18.000 hectáreas repartidas en cuatro subregiones —Mikulov, Znojmo, Velké Pavlovice y Slovácko—. Domina el vino blanco, fresco y aromático: el Veltlínské zelené (Grüner Veltliner) es la variedad más plantada, junto al Ryzlink rýnský (Riesling) y a toda una gama de uvas perfumadas. Un símbolo de este renacer es la Pálava, una variedad creada en Chequia: la obtuvo el enólogo Josef Veverka en 1953 cruzando Müller-Thurgau y Gewürztraminer, y se la bautizó oficialmente en 1977 en honor a las colinas calizas de Pálava, protegidas por la Unesco, donde se cultiva.
Alrededor del vino ha florecido todo un turismo enológico. El Salón de Vinos de Chequia, en las bodegas del castillo de Valtice, exhibe cada año los cien mejores vinos del país; las 'rutas del vino de Moravia' recorren 1.200 kilómetros de ciclovías entre viñedos; y las fiestas de la vendimia (vinobraní) de Mikulov y Znojmo llenan los pueblos cada septiembre. De la podadera romana al copa de un Pálava en un sklípek, dos mil años de historia siguen vivos en las viñas de Moravia.