Pocas ciudades checas cambiaron tanto de piel como Liberec. Lo que hoy es la quinta ciudad del país, encajonada entre el monte Ještěd y las montañas de Jizera, empezó como una modesta aldea medieval en la ruta comercial que unía Bohemia con Lusacia y Sajonia. Su nombre alemán, Reichenberg, aparece documentado ya en el siglo XIV. Durante siglos fue un lugar pequeño, poblado mayoritariamente por colonos de habla alemana, que vivía del comercio y de un incipiente trabajo de la lana.
Todo cambió con la industrialización. Desde el siglo XVIII, y sobre todo en el XIX, Reichenberg se convirtió en el gran centro textil del norte de Bohemia. Las familias de industriales —los Liebieg a la cabeza— levantaron enormes fábricas de paños y algodón, y la ciudad creció al ritmo de las chimeneas y los telares mecánicos. Se la empezó a llamar el 'Mánchester de Bohemia', en comparación con la cuna inglesa de la revolución industrial textil. Esa riqueza dejó una huella monumental: un ayuntamiento neorrenacentista de tres torres (1888-1893, del arquitecto vienés Franz Neumann) que imita al de Viena y parece una catedral; un teatro elegante con telón salido del taller de Gustav Klimt; villas señoriales, iglesias, pasajes comerciales y el primer museo de artes aplicadas de las tierras checas, fundado en 1873.
La cultura acompañó a la industria. En 1904 se fundó aquí el zoológico más antiguo de la actual Chequia y de toda la antigua Checoslovaquia, y el jardín botánico se cuenta también entre los más veteranos del país. A comienzos del siglo XX, Reichenberg era una ciudad próspera, orgullosa y profundamente alemana, la 'capital' oficiosa de los alemanes de Bohemia. Esa identidad, motivo de esplendor, sería también el origen de su tragedia en el siglo siguiente.
Cuando en 1918 se desmoronó el Imperio austrohúngaro y nació Checoslovaquia, las regiones fronterizas de mayoría alemana —las que pronto se conocerían como los Sudetes— quedaron dentro del nuevo Estado checoslovaco, contra la voluntad de buena parte de su población germanohablante. Reichenberg/Liberec, la mayor ciudad alemana de Bohemia, se convirtió en el corazón político y simbólico de ese malestar. Hubo incluso, en 1918-1919, un efímero intento de proclamar una provincia autónoma, la 'Deutschböhmen', con Reichenberg como capital.
La Gran Depresión de los años 30 golpeó con especial dureza a esta región, cuya economía dependía de la industria ligera —textil, vidrio, papel—. El paro masivo, el hambre y el resentimiento hacia el gobierno de Praga alimentaron el auge de un partido populista y nacionalista: el Partido Alemán de los Sudetes (Sudetendeutsche Partei, SdP), fundado y liderado por Konrad Henlein, nacido en 1898 en Maffersdorf (Vratislavice nad Nisou), hoy un barrio de Liberec. Henlein, antiguo dirigente del movimiento gimnástico alemán, transformó el descontento en una fuerza política que, financiada y dirigida cada vez más desde la Alemania nazi, se volvió el segundo partido del parlamento checoslovaco en 1935.
La presión de Henlein y de Hitler sobre la 'cuestión de los Sudetes' desembocó en la crisis internacional de 1938. El 29-30 de septiembre de ese año, en la Conferencia de Múnich, las potencias occidentales —Reino Unido y Francia— aceptaron ceder los territorios de mayoría alemana a Alemania para evitar la guerra, sin que Checoslovaquia estuviera siquiera presente en la mesa. El 1 de octubre de 1938, las tropas alemanas ocuparon los Sudetes; Liberec fue anexionada al Reich y Henlein, nombrado comisario y luego jefe regional (Gauleiter) del nuevo Reichsgau Sudetenland, con capital en la propia ciudad. Decenas de miles de checos y la comunidad judía de la región tuvieron que huir o fueron expulsados en esos meses; la sinagoga de Liberec fue incendiada en noviembre de 1938. La 'traición de Múnich' quedó grabada como una herida en la memoria checa.
Entre 1938 y 1945, Liberec fue una ciudad del Tercer Reich. Konrad Henlein gobernó como Gauleiter del Reichsgau Sudetenland desde aquí, y la región quedó plenamente integrada en la maquinaria nazi. La comunidad judía, que había sido parte importante de la vida de la ciudad, fue perseguida, expulsada y en gran medida asesinada en el Holocausto; el patrimonio judío quedó devastado. La guerra terminó en mayo de 1945 con la derrota alemana; Henlein fue capturado por tropas estadounidenses y se suicidó pocos días después, en mayo de 1945.
El final de la guerra abrió uno de los capítulos más duros de la historia de la región. Restaurada Checoslovaquia, y sobre la base de los llamados 'decretos Beneš' y de los acuerdos de la Conferencia de Potsdam de 1945, se decidió la expulsión de la población alemana de los Sudetes. Entre 1945 y 1947, alrededor de tres millones de alemanes de Bohemia y Moravia fueron despojados de su ciudadanía y de sus bienes y trasladados por la fuerza a las zonas de ocupación de Alemania y Austria. En Liberec, que había sido una ciudad de abrumadora mayoría alemana, esto significó el vaciamiento y el reemplazo casi total de su población: los alemanes se marcharon y la ciudad se repobló con checos venidos del interior.
Es un episodio que debe contarse con precisión y sobriedad. Las expulsiones estuvieron acompañadas de violencia, muertes y abusos, sobre todo en la fase 'salvaje' de 1945, y hoy son reconocidas por historiadores checos y alemanes como un desplazamiento forzoso masivo de población civil. Al mismo tiempo, ocurrieron como consecuencia directa de la guerra de agresión y la ocupación nazis, del papel de partidos como el de Henlein y del sufrimiento previo infligido a checos y judíos. Ninguna de esas dos verdades anula a la otra: la memoria de Liberec carga con ambas, la del centro alemán que fue foco del nazismo sudete y la de una población civil expulsada al terminar la guerra. Con la marcha de los alemanes, la vieja Reichenberg desapareció para siempre y nació una ciudad enteramente checa.
En los años del comunismo, Liberec —repoblada y reconvertida— siguió siendo un centro industrial del norte de Bohemia. Pero su nombre quedó ligado sobre todo a uno de los episodios más sangrientos de la invasión soviética de 1968. En la primavera de aquel año, el proceso de reformas conocido como la Primavera de Praga había abierto una esperanza de 'socialismo con rostro humano' bajo Alexander Dubček. La noche del 20 al 21 de agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia, encabezadas por la Unión Soviética, invadieron Checoslovaquia para aplastar esas reformas.
Liberec fue una de las ciudades donde la represión se cobró más víctimas. En la madrugada del 21 de agosto, los soldados soviéticos dispararon contra la multitud reunida en la plaza principal: varias personas murieron en el acto y muchas resultaron heridas. Poco después, un tanque soviético embistió los soportales (arcadas) de la plaza, provocando su derrumbe y matando a más civiles. En total, la ocupación de Liberec dejó nueve muertos, lo que la convierte en el episodio más sangriento de la invasión después del asalto a la sede de la Radio Checoslovaca en Praga. Entre quienes organizaron la resistencia local estuvo el joven arquitecto y entonces dirigente municipal Václav Havel —homónimo, no el futuro presidente—, y la ciudad guarda memoria de aquellas jornadas con un monumento a las víctimas.
La invasión inauguró dos décadas de 'normalización', el régimen gris y represivo que siguió al aplastamiento de las reformas. Sería recién la Revolución de Terciopelo de 1989 la que devolvería la libertad al país y, con ella, la posibilidad de recordar abiertamente lo ocurrido en 1968.
En pleno período de normalización, Liberec dio a Chequia uno de sus grandes símbolos arquitectónicos. En la cima del monte Ještěd, donde un incendio había destruido en 1963 el viejo hotel de montaña, se levantó entre 1966 y 1973 una obra extraordinaria: una torre de hormigón de 94 metros con forma de hiperboloide —un cono que parece prolongar la silueta de la montaña— que reúne en un solo edificio un transmisor de televisión, un hotel y un restaurante. La diseñó el arquitecto Karel Hubáček, con Zdeněk Patrman en el cálculo estructural y Otakar Binar en los interiores. La forma no fue un capricho: el hiperboloide resiste mejor los vientos y el hielo extremos de la cumbre, y a la vez logra una belleza escultórica que dejó atónito al mundo. En 1969, Hubáček recibió por este proyecto el prestigioso Premio Auguste Perret de la Unión Internacional de Arquitectos, un reconocimiento excepcional para un arquitecto del bloque del Este.
Inaugurada en 1973, la torre-hotel del Ještěd se convirtió en el emblema de Liberec y de la arquitectura checa del siglo XX. Es monumento cultural nacional desde 2006 y figura en la lista indicativa del Patrimonio Mundial de la Unesco. Su silueta se ve desde casi cualquier punto de la ciudad y, en un día claro, sus miradores alcanzan Alemania y Polonia.
Tras la Revolución de Terciopelo de 1989 y la separación pacífica de Chequia y Eslovaquia en 1993, Liberec se reinventó como capital regional, ciudad universitaria (con la Universidad Técnica de Liberec) y destino de montaña. La vieja industria textil dejó paso a los servicios y al turismo; algunas fábricas se reconvirtieron en complejos de ocio, como el enorme Centrum Babylon. En 2021, un accidente mortal dejó fuera de servicio el teleférico del Ještěd, cuyo reemplazo aún se proyecta. Hoy Liberec ofrece al viajero una mezcla poco habitual: la memoria densa de los Sudetes y del siglo XX, un centro monumental de la era industrial, el zoo más antiguo del país y una de las siluetas más audaces de Europa central velando sobre la ciudad desde la montaña.