La historia de Kutná Hora está escrita, literalmente, en plata. Hasta el siglo XIII, la zona era apenas un paisaje de bosques y pequeñas aldeas en torno al monasterio cisterciense de Sedlec, fundado en 1142. Todo cambió cuando, a fines de ese siglo, se descubrieron en estas colinas ricos filones de plata. La noticia corrió como pólvora por Europa Central y desató una verdadera 'fiebre de la plata': mineros, comerciantes y aventureros, muchos de ellos de habla alemana, llegaron en masa para probar suerte.
En pocas décadas, alrededor de los pozos mineros creció un asentamiento desordenado y vital que se transformó en ciudad. El nombre mismo, Kutná Hora, alude a esa actividad: 'hora' significa 'montaña' o 'monte' en checo, pero también remite al trabajo minero, y 'kutná' se vincula a la palabra para la cogulla de los monjes o, según otras interpretaciones, a la acción de excavar (kutat). La ciudad nació, entonces, de la tierra removida y de la riqueza que escondía bajo sus pies.
La explotación era extraordinariamente intensa: se cree que las minas de Kutná Hora llegaron a producir una porción enorme de la plata de toda Europa en su momento de apogeo. Esa abundancia convirtió rápidamente a la ciudad en un centro económico de primer orden dentro del reino de Bohemia, capaz de financiar iglesias, palacios y obras monumentales, y de atraer la atención directa de la corona.
El gran salto de Kutná Hora llegó de la mano del rey Wenceslao II de Bohemia. En el año 1300, el monarca tomó dos decisiones que cambiarían la historia económica del reino y harían de Kutná Hora su corazón monetario. La primera fue promulgar el Ius regale montanorum, un completísimo código minero que regulaba la propiedad, la explotación de las minas, los derechos de los mineros y la participación de la corona. Era una de las legislaciones mineras más avanzadas de la Europa de su tiempo y sirvió de modelo en otros países.
La segunda decisión fue centralizar toda la acuñación de moneda del reino en Kutná Hora, en un edificio que pasaría a llamarse la Corte Italiana (Vlašský dvůr). El nombre se debe a los expertos monederos venidos de Florencia ('los italianos') a quienes el rey encargó la reforma. Allí comenzó a acuñarse el grosso de Praga (Pražský groš), una sólida moneda de plata que se volvió una de las divisas más respetadas de Europa Central durante siglos, aceptada en mercados de muy lejos.
La Corte Italiana fue, a la vez, ceca y residencia real. La riqueza de la plata y el control de la moneda dieron a Kutná Hora un poder político enorme: la ciudad se convirtió en la segunda de Bohemia después de Praga, y sus asuntos importaban directamente al rey. La plata de Kutná Hora financió buena parte de la corona bohemia y la convirtió en una de las regiones más prósperas del continente.
Durante los siglos XIV y XV, Kutná Hora vivió su época de oro. Era una ciudad rica, poblada y orgullosa, que en muchos aspectos rivalizaba con la propia Praga. Los burgueses enriquecidos con la plata levantaron casas de piedra, fundaron instituciones y financiaron obras de arte. El símbolo máximo de ese orgullo fue la construcción de la catedral de Santa Bárbara, dedicada a la patrona de los mineros, cuya obra se inició hacia 1388.
No era casualidad que los habitantes de Kutná Hora quisieran una catedral comparable a la de San Vito de Praga. De hecho, la dirección de la obra estuvo ligada al taller de Peter Parler, el mismo gran maestro de San Vito, y más tarde intervinieron arquitectos de la talla de Matěj Rejsek y Benedikt Ried, autor de las espectaculares bóvedas de nervaduras. La catedral fue, durante siglos, una declaración de poder y devoción de una ciudad que vivía de la plata y que se encomendaba a Santa Bárbara para protegerse de los peligros de la mina.
Kutná Hora también fue escenario de la historia política y religiosa de Bohemia. En el siglo XV, durante las guerras husitas que sacudieron al reino, la ciudad —de mayoría católica y con fuerte población de origen alemán— se enfrentó a los husitas, y la región vivió episodios muy violentos. Las tensiones religiosas, las guerras y las primeras dificultades en las minas empezaron a anunciar que aquella prosperidad no sería eterna.
Como toda riqueza basada en un recurso natural, la de Kutná Hora tenía un límite. A lo largo del siglo XVI, las vetas de plata más accesibles empezaron a agotarse, y extraer el metal se volvió cada vez más difícil y costoso: había que cavar a profundidades enormes, luchar contra la inundación de las galerías y enfrentar problemas técnicos para los que la época no tenía solución. La producción de plata, antaño fabulosa, fue cayendo de forma irreversible.
A esto se sumaron las catástrofes históricas. La Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que devastó buena parte de Europa Central y especialmente las tierras checas, golpeó duramente a Kutná Hora con saqueos, epidemias y crisis económica. La ciudad, que había sido la segunda de Bohemia, fue perdiendo población, importancia y esplendor. La ceca real, que durante siglos había acuñado la moneda del reino en la Corte Italiana, finalmente cesó su actividad: la producción de moneda terminó en 1727.
Kutná Hora se convirtió, así, en una ciudad provinciana que vivía a la sombra de su pasado glorioso. Paradójicamente, esa decadencia ayudó a preservar su patrimonio: al no tener el dinamismo económico para demoler y reconstruir, la ciudad conservó su trazado medieval, sus iglesias góticas y sus casas históricas casi intactos. Lo que fue una desgracia económica se transformó, siglos después, en su mayor tesoro turístico y cultural.
Uno de los capítulos más singulares de la historia de Kutná Hora no se escribió con plata, sino con huesos. Todo comenzó en 1278, cuando Enrique (Jindřich), abad del monasterio cisterciense de Sedlec, fue enviado a Tierra Santa y, según la tradición, trajo de regreso un puñado de tierra del Gólgota, el monte de la crucifixión en Jerusalén. El abad esparció esa tierra sagrada sobre el cementerio del monasterio, lo que convirtió al camposanto en uno de los lugares más deseados para ser enterrado en toda Europa Central.
Durante los siglos siguientes, las grandes epidemias de peste negra (sobre todo la del siglo XIV) y las guerras husitas del siglo XV llenaron ese cementerio de decenas de miles de cadáveres. El espacio se volvió insuficiente, y los huesos exhumados para hacer lugar a nuevos entierros se fueron acumulando en una capilla. Durante mucho tiempo, esos restos quedaron simplemente apilados, formando montañas de huesos.
La transformación en obra de arte llegó en el siglo XIX. Hacia 1870, la familia Schwarzenberg, propietaria del lugar, encargó al tallista en madera František Rint que organizara y decorara el osario. Rint creó con los restos de entre 40.000 y 70.000 personas las composiciones que hoy asombran al visitante: guirnaldas de cráneos, pirámides óseas, el escudo de armas de los Schwarzenberg y, sobre todo, una gran araña de luces que, según se dice, incluye al menos un ejemplar de cada hueso del cuerpo humano. El propio Rint dejó su firma hecha con huesos. El resultado es un memento mori sobrecogedor que se ha convertido en uno de los lugares más visitados de la República Checa.
El reconocimiento definitivo del valor de Kutná Hora llegó en 1995, cuando la Unesco inscribió en su lista de Patrimonio Mundial el sitio formado por el centro histórico de la ciudad junto con la catedral de Santa Bárbara y la iglesia (catedral) de la Asunción de la Virgen María en Sedlec. La distinción reconoce el conjunto excepcionalmente bien conservado de una ciudad minera medieval que fue, en su momento de esplendor, una de las más ricas de Europa, y el extraordinario patrimonio gótico que esa riqueza hizo posible.
La inclusión valoró especialmente la catedral de Santa Bárbara, obra cumbre del gótico tardío centroeuropeo, y la iglesia de la Asunción de Sedlec, magnífico ejemplo del singular estilo 'gótico barroco' del arquitecto Jan Blažej Santini-Aichel, quien la reconstruyó a comienzos del siglo XVIII respetando las formas góticas originales. El trazado urbano medieval, las casas históricas y los testimonios de la minería completan un paisaje urbano de altísimo valor.
Hoy, Kutná Hora es una de las escapadas favoritas desde Praga, de la que la separa poco más de una hora de tren. Cada año recibe a multitudes que vienen, sobre todo, a ver el famoso osario de Sedlec y la catedral de Santa Bárbara. La ciudad ha sabido conservar su carácter: fuera de las horas pico de los excursionistas, sus calles empedradas, sus plazas y sus rincones recuperan la calma de un pueblo histórico que guarda, en cada piedra, la memoria de la plata que un día la hizo rival de la capital del reino.