Brno nació donde debía nacer: en un cruce de caminos entre Bohemia, Austria y Hungría, en el punto donde se juntan los ríos Svratka y Svitava, un lugar de paso obligado para el comercio de Europa central. Ya había asentamientos en la Antigüedad y en la temprana Edad Media, pero la Brno histórica se consolidó como villa medieval alrededor de un mercado y de un castillo. En 1243 recibió el privilegio de ciudad real, un estatuto que le daba autonomía y derechos y que marcó el comienzo de su ascenso como una de las principales urbes de Moravia, en rivalidad y complemento con Olomouc.
Sobre una colina que domina la ciudad, el rey Přemysl Otakar II mandó levantar en el siglo XIII el castillo del Špilberk, que con los siglos se convertiría en una imponente fortaleza. A los pies del castillo, la ciudad amurallada creció con sus iglesias góticas —San Jaime, San Pedro y San Pablo en la colina de Petrov—, sus plazas de mercado como el Zelný trh (el mercado de las verduras) y sus casas de mercaderes. Brno se ganó fama de plaza fuerte, capaz de resistir asedios, una reputación que pondría a prueba de la manera más dramática en el siglo XVII.
Durante la Edad Media y la primera época moderna, Brno fue una ciudad de artesanos, comerciantes y órdenes religiosas, con una población mixta de checos, alemanes y una comunidad judía. Esa convivencia de lenguas y culturas, típica de las ciudades de la Europa central, sería un rasgo distintivo de Brno hasta bien entrado el siglo XX, y también la fuente de algunas de sus páginas más luminosas y de las más oscuras.
La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) puso a Brno en el mapa de la historia militar europea. En 1645, hacia el final de la guerra, el ejército sueco del general Lennart Torstensson, que había arrasado buena parte de las tierras checas, puso sitio a Brno. La ciudad, defendida por una guarnición reducida al mando de Raduit de Souches y por sus propios habitantes, resistió durante meses un asedio durísimo. Finalmente los suecos, incapaces de tomarla, se retiraron. De aquel episodio nació la leyenda más querida de Brno: se cuenta que Torstensson había prometido levantar el sitio si no conquistaba la ciudad antes del mediodía del 15 de agosto, y que los defensores hicieron sonar las campanas del mediodía una hora antes, a las once, para engañarlo. Desde entonces, y en recuerdo de la hazaña, las campanas de la catedral de Petrov dan el mediodía a las once cada día. Muchos de los muertos de aquellos años de guerra y de las epidemias que la acompañaron acabaron en el enorme osario que hoy se conserva bajo la iglesia de San Jaime, el segundo más grande de Europa.
El prestigio militar del Špilberk lo transformó, en el siglo XVIII, en algo más siniestro. En 1783 el emperador José II convirtió la fortaleza en prisión para los criminales más peligrosos y los enemigos políticos de toda la monarquía de los Habsburgo. El Špilberk pasó a ser conocido como el calabozo más duro del imperio austríaco, un lugar temido en toda Europa. En sus casamatas húmedas y oscuras fueron encerrados delincuentes comunes, como el legendario bandido Václav Babinský, pero sobre todo presos políticos.
Entre ellos, los más célebres fueron los carbonari italianos, los miembros de las sociedades secretas que luchaban por la libertad y la unificación de Italia frente al dominio austríaco. El más famoso fue el escritor Silvio Pellico, encerrado en el Špilberk durante años; a su salida escribió 'Le mie prigioni' ('Mis prisiones'), un relato conmovedor de su cautiverio que se convirtió en un éxito europeo y en un alegato contra la opresión austríaca, hasta el punto de que se dijo que hizo a Austria más daño que una batalla perdida. Napoleón, tras su paso por la región, había ordenado desmantelar parte de las fortificaciones; la función de prisión, sin embargo, sobrevivió hasta el siglo XX.
El 2 de diciembre de 1805, a unos veinte kilómetros al este de Brno, en los campos de Austerlitz —hoy la localidad checa de Slavkov u Brna—, Napoleón obtuvo la que muchos consideran su victoria más brillante. La batalla de Austerlitz, conocida como 'la batalla de los Tres Emperadores' porque en el campo estaban las coronas de Francia, Austria y Rusia, enfrentó a la Grande Armée napoleónica con los ejércitos combinados del emperador austríaco Francisco I y el zar Alejandro I de Rusia. Con una maniobra maestra, Napoleón atrajo al enemigo hacia una trampa y lo aplastó, sellando el fin de la Tercera Coalición. Napoleón instaló su cuartel general en Brno antes y después de la batalla, y el recuerdo de Austerlitz —con su monumento de la Mohyla míru, el Túmulo de la Paz— sigue vivo en la región, que cada año revive la batalla con recreaciones históricas.
El siglo XIX transformó Brno de otra manera, menos sangrienta pero igual de profunda: la industrialización. La ciudad se convirtió en el gran centro textil del Imperio austrohúngaro, especializado en la lana, con decenas de fábricas y chimeneas que llenaron sus barrios. La producción brnesa se exportaba al mundo entero, y la ciudad se ganó el apodo de 'la Manchester de Moravia', en referencia a la cuna inglesa de la Revolución Industrial. Empresarios y barones textiles —muchos de ellos de la comunidad de habla alemana y judía— amasaron fortunas, y Brno se llenó de fábricas, obreros, ferrocarriles y una nueva burguesía industrial. Hasta los años treinta del siglo XX fue uno de los motores de la economía checa.
Ese auge industrial y comercial trajo dinero, población y ambición, y sentó las bases para que Brno se convirtiera, ya en el siglo XX, en un laboratorio de modernidad arquitectónica. Pero antes, en el jardín tranquilo de un monasterio de la ciudad, un monje había hecho en silencio uno de los descubrimientos científicos más importantes de la historia.
En la abadía agustina de Santo Tomás, en el Viejo Brno, vivía a mediados del siglo XIX un monje llamado Gregor Johann Mendel (1822-1884). Entre 1856 y 1863, en el huerto del monasterio, Mendel cultivó y cruzó miles de plantas de arveja, anotando con paciencia meticulosa cómo se transmitían de una generación a otra rasgos como el color, la forma o la altura. De aquellos experimentos dedujo las leyes matemáticas de la herencia —las que hoy llamamos leyes de Mendel—, sentando sin proponérselo las bases de la genética moderna.
Mendel presentó y publicó sus resultados en 1865 y 1866 ante la sociedad de naturalistas de Brno, pero el mundo científico no comprendió el alcance de lo que había descubierto. Elegido abad del convento, se dedicó luego a sus tareas religiosas, a la meteorología y a la apicultura, y murió en 1884 sin reconocimiento. Recién en 1900, dieciséis años después de su muerte, tres botánicos redescubrieron de forma independiente sus leyes y le devolvieron el lugar que le correspondía: el de padre de la genética. Hoy la abadía alberga el Museo Mendel, y su historia es la de un genio humilde e incomprendido cuya semilla germinó medio siglo después.
En el período de entreguerras, la próspera Brno industrial se convirtió en una de las capitales mundiales del funcionalismo, la corriente arquitectónica moderna que buscaba la belleza en la función y la economía de medios. La ciudad se llenó de edificios de líneas limpias, y su emblema absoluto fue la Villa Tugendhat, diseñada por el arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe y construida entre 1929 y 1930 para el matrimonio de industriales judíos Greta y Fritz Tugendhat. Con su planta abierta, sus muros de vidrio que desaparecen y sus materiales nobles, la villa revolucionó la arquitectura doméstica y se convirtió en un icono del Movimiento Moderno; en 2001 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En aquellos años Brno, ya capital administrativa de Moravia dentro de la nueva Checoslovaquia surgida en 1918, era una ciudad moderna, próspera y cosmopolita, con checos, alemanes y una vibrante comunidad judía.
La ocupación nazi, que comenzó en 1939 con la creación del Protectorado de Bohemia y Moravia, quebró para siempre esa convivencia. La comunidad judía de Brno, numerosa y arraigada durante siglos, fue perseguida, despojada y en su enorme mayoría deportada a los campos de exterminio y asesinada en el Holocausto. Los Tugendhat, judíos, ya habían tenido que huir en 1938; su villa fue confiscada y usada por la Gestapo. La guerra también dejó destrucción física: los bombardeos y los combates de 1944-1945 dañaron parte de la ciudad, hasta que el Ejército Rojo la liberó en abril de 1945.
El final de la guerra trajo una nueva tragedia, esta vez sobre la población de habla alemana. En el clima de venganza y de expulsión de los alemanes que siguió a la derrota nazi en toda Checoslovaquia, a fines de mayo de 1945 varias decenas de miles de habitantes germanoparlantes de Brno —mujeres, ancianos y niños en su mayoría, ya que muchos hombres estaban prisioneros o muertos— fueron obligados a abandonar la ciudad a pie y marchar unos cincuenta kilómetros hacia el sur, rumbo a la frontera austríaca. En lo que se conoce como la 'marcha de la muerte de Brno', muchos murieron de agotamiento, hambre y enfermedad en el camino y en el campo de tránsito de Pohořelice. Las cifras de víctimas se han discutido mucho: los recuentos más rigurosos, basados en los registros de defunción, contabilizan alrededor de 650 muertos en territorio checo, lejos de las estimaciones más altas que circularon durante décadas. Fue uno de los episodios más oscuros de la posguerra checoslovaca, hoy recordado con actos de memoria y reconciliación.
Bajo el régimen comunista (1948-1989), Brno siguió siendo una ciudad industrial y ferial —su recinto de exposiciones es de los más importantes de Europa central—, y muchas de sus fábricas textiles fueron decayendo. La Revolución de Terciopelo de 1989 devolvió la democracia, y en 1992 la Villa Tugendhat volvió a la historia como uno de los escenarios donde se negoció la separación pacífica de Chequia y Eslovaquia, consumada en 1993.
La Brno de hoy es una ciudad de unos 380.000 habitantes, la segunda del país, joven y universitaria (con decenas de miles de estudiantes), con una economía volcada a la tecnología, la investigación y los servicios. Ha recuperado y restaurado sus tesoros —la Villa Tugendhat reabrió en 2012, el osario de San Jaime se abrió al público ese mismo año—, ha desarrollado una escena de cafés y gastronomía muy viva y se apoya en sus viñedos moravos y en el circuito de Masaryk, que en 2025 recuperó el Gran Premio de motociclismo. Menos turística y más auténtica que Praga, Brno ofrece una Chequia de historia densa, arquitectura moderna y vida real.