El sitio donde hoy se levanta Winnipeg, en la confluencia de los ríos Rojo y Assiniboine, fue durante al menos seis mil años un lugar de encuentro, comercio y reunión de pueblos indígenas de las praderas. Naciones como los cree, los anishinaabe (ojibwa), los nakota (assiniboine) y, más tarde, los métis, acudían a este punto estratégico para intercambiar bienes, celebrar reuniones y aprovechar la pesca y los recursos de los ríos. El propio nombre de la ciudad deriva de palabras cree (win-nipi) que significan 'aguas fangosas' o 'aguas turbias', en referencia al lago Winnipeg cercano.
Esa función de cruce de caminos y centro de comercio, que The Forks cumple simbólicamente hasta hoy, está en el origen mismo del lugar. Las llanuras circundantes, hogar de las grandes manadas de bisontes, sostenían un modo de vida y unas redes de intercambio que conectaban vastas regiones del centro del continente.
Cuando llegaron los europeos, no encontraron un territorio vacío, sino un punto neurálgico de relaciones humanas milenarias. Sobre esa base preexistente se montaría, siglos después, el comercio de pieles y la ciudad moderna, pero la identidad de Winnipeg como lugar de encuentro y de diversidad hunde sus raíces en esa larga historia indígena.
A comienzos del siglo XIX, la zona se convirtió en escenario de la rivalidad entre las dos grandes empresas del comercio de pieles, la Hudson's Bay Company y la North West Company, que levantaron fuertes en la confluencia, como Fort Gibraltar y Fort Garry. En 1812 se fundó la Colonia del Río Rojo (Red River Colony), un asentamiento agrícola impulsado por Lord Selkirk con colonos escoceses, que coexistió, no sin conflictos, con los pueblos indígenas y la creciente nación métis, surgida del mestizaje entre comerciantes europeos y mujeres indígenas.
Los métis desarrollaron una cultura propia, con su lengua (el michif), su organización y un fuerte sentido de identidad. Cuando, en 1869-1870, Canadá se disponía a anexar estos territorios del noroeste sin consultar a sus habitantes, los métis, liderados por Louis Riel, se levantaron en la llamada Resistencia del Río Rojo. La presión de este movimiento llevó a la creación de la provincia de Manitoba en 1870, con garantías (luego incumplidas en buena parte) para los métis y los francófonos.
Louis Riel, figura central y trágica de la historia canadiense, es hoy considerado fundador de Manitoba. Aquel episodio marcó el nacimiento político de la provincia cuya capital sería Winnipeg, y dejó una herida y un legado que siguen siendo parte esencial de la memoria de la región.
La llegada del ferrocarril transcontinental, hacia 1880, transformó Winnipeg de pequeño asentamiento en una de las ciudades de más rápido crecimiento de Canadá. Convertida en la 'puerta del Oeste', se volvió el gran centro de distribución, finanzas y comercio de granos de las praderas, por la que pasaban las multitudes de inmigrantes que poblaban el oeste canadiense. En las primeras décadas del siglo XX, Winnipeg llegó a ser la tercera ciudad más grande del país, y su prosperidad quedó grabada en la imponente arquitectura comercial del Exchange District, que le valió el apodo de 'la Chicago del Norte'.
La ciudad fue también escenario de hitos sociales, como la Huelga General de Winnipeg de 1919, uno de los conflictos laborales más importantes de la historia canadiense. Con el tiempo, el desplazamiento de las rutas comerciales y la diversificación económica frenaron aquel crecimiento explosivo, pero Winnipeg conservó su carácter de centro cultural y multicultural, enriquecido por sucesivas olas de inmigración (ucranianos, filipinos, alemanes, judíos y muchas otras comunidades).
Hoy Winnipeg es la capital cultural de las praderas: alberga el Museo Canadiense de los Derechos Humanos, importantes museos y galerías como el WAG-Qaumajuq con su colección de arte inuit, un ballet de renombre y una intensa agenda de festivales. The Forks, recuperado como espacio público, simboliza la continuidad entre su pasado milenario de encuentro y su presente diverso y creativo.
En la primavera de 1919, la ciudad que se había hecho rica con el ferrocarril fue escenario de uno de los conflictos laborales más importantes de la historia de Canadá. El 15 de mayo, tras años de inflación, salarios estancados y viviendas miserables para los obreros del enorme distrito de almacenes del Exchange District, más de 30.000 trabajadores dejaron sus puestos en una huelga general que paralizó Winnipeg durante seis semanas. Se detuvieron los tranvías, los teléfonos, los repartos, incluso buena parte de los servicios: el Comité de Huelga llegó a administrar de hecho la vida cotidiana de la ciudad.
Las autoridades y la élite empresarial vieron en aquello el fantasma de la revolución bolchevique y respondieron con dureza. El sábado 21 de junio, hoy recordado como el 'Sábado Sangriento' (Bloody Saturday), una marcha silenciosa por Main Street terminó en tragedia: tras leerse la Riot Act, la Policía Montada del Noroeste cargó a caballo contra la multitud y disparó sus revólveres. Dos trabajadores murieron —Mike Sokolowski y Steve Szczerbanowicz—, decenas resultaron heridos y casi un centenar de personas fueron arrestadas, entre ellas los líderes de la huelga.
La huelga se levantó el 26 de junio sin haber logrado sus reivindicaciones inmediatas, pero su eco fue enorme: marcó el nacimiento del movimiento obrero canadiense moderno, impulsó la creación de partidos de izquierda y de sindicatos más fuertes, y quedó como un mito fundacional de las luchas por los derechos laborales en el país. No deja de tener sentido que, un siglo después, Winnipeg sea sede del Museo Canadiense de los Derechos Humanos: la ciudad conoce de cerca el precio de la dignidad.
La Winnipeg contemporánea es una ciudad de unos 750.000 habitantes en su área metropolitana, capital de Manitoba y centro neurálgico de las praderas canadienses. Lejos del vértigo de su auge ferroviario, ha encontrado su identidad como una de las ciudades más culturalmente ricas y diversas de Canadá, fruto de sucesivas olas de inmigración: ucranianos, filipinos (una de las comunidades más numerosas), alemanes, judíos, italianos, indios y, en años recientes, refugiados y nuevos canadienses de todo el mundo. Esa diversidad se respira en sus barrios, sus festivales y, sobre todo, en su gastronomía.
Winnipeg se ha consolidado como una capital cultural sorprendente para su tamaño. Alberga el Museo Canadiense de los Derechos Humanos —el único museo nacional de Canadá fuera de la región de Ottawa—, el Royal Winnipeg Ballet (la compañía de ballet más antigua de Canadá), la Winnipeg Symphony Orchestra, el WAG-Qaumajuq con su colección mundial de arte inuit, y una intensa agenda de festivales: el Folk Festival, el Festival du Voyageur (que celebra la herencia francófona y métis en pleno invierno), el Fringe Theatre Festival y muchos más.
La ciudad también ha trabajado en la reconciliación con los pueblos indígenas, muy presentes en su población y su cultura, y en recuperar y poner en valor su historia, desde The Forks hasta el legado de Louis Riel, hoy reconocido oficialmente como fundador de Manitoba. El barrio francófono de St. Boniface, a orillas del río Rojo, conserva la herencia franco-manitobana y métis.
Para el viajero, Winnipeg es una puerta de entrada inesperadamente rica: una ciudad de praderas con grandes museos, una escena artística vibrante, una cocina multicultural y un río que, en invierno, se convierte en una pista de hielo. Es la prueba de que el corazón geográfico de Canadá late con una vida cultural propia y profunda.