El destino de esquí más grande de América del Norte le debe su nombre a un roedor. Antes de llamarse Whistler, la montaña era London Mountain, pero los primeros visitantes terminaron bautizándola por el silbido agudo de las marmotas que habitan sus laderas y avisan del peligro con ese sonido. Sin embargo, mucho antes de que existiera resort alguno o de que a nadie se le ocurriera silbar un nombre, la región donde hoy se levanta Whistler fue, durante miles de años, territorio tradicional de los pueblos originarios de la Costa de Salish, en particular de dos naciones: los Squamish (Sḵwx̱wú7mesh) y los Lil'wat (Líl̓wat). El área del valle de Whistler se encuentra, de hecho, en una zona de territorios compartidos entre ambas naciones, que recorrían estos valles y montañas, cazaban, pescaban en sus ríos y lagos, recolectaban y mantenían rutas y campamentos estacionales.
Para estos pueblos, las montañas, los bosques y las aguas de la región no eran un destino de ocio, sino un territorio ancestral cargado de significado, sustento y memoria. Su rica cultura —las canoas y construcciones de cedro, las tallas, los tejidos, las historias y los protocolos— formaba parte de un modo de vida profundamente ligado a este entorno de montaña y costa.
Esta presencia milenaria se reconoce y celebra hoy en Whistler, de manera destacada, a través del Squamish Lil'wat Cultural Centre, un proyecto conjunto de ambas naciones que comparte su cultura con los visitantes. Es un recordatorio de que el espectacular paisaje que hoy atrae a esquiadores y senderistas de todo el mundo tiene una historia humana mucho más antigua, y que los pueblos Squamish y Lil'wat siguen siendo parte viva del territorio. La zona, además, no fue objeto de tratados de cesión, por lo que se considera territorio tradicional de estas naciones.
La historia turística moderna de Whistler comenzó a comienzos del siglo XX, mucho antes de que se pensara en el esquí. En 1914, una pareja emprendedora, Alex y Myrtle Philip, abrió el Rainbow Lodge a orillas del lago Alta (Alta Lake), en el valle. Era un albergue rústico orientado a la pesca y a las vacaciones de verano, al que los visitantes llegaban en tren desde Vancouver (por la línea ferroviaria que recorría el valle). El Rainbow Lodge tuvo gran éxito y se convirtió en uno de los destinos de vacaciones más populares al oeste de las Rocosas en su época, sentando las bases del turismo en la zona.
En aquellos años, la montaña principal del valle se llamaba oficialmente London Mountain. Pero terminó imponiéndose un nombre más coloquial y pintoresco: 'Whistler' ('el que silba'). El apodo venía del sonido silbante y agudo que emiten las marmotas (en concreto, la marmota canosa o hoary marmot) que habitan las laderas de la montaña, y cuyo característico silbido de alerta resonaba por el valle. Con el tiempo, ese nombre coloquial reemplazó al oficial y se extendió a la montaña, al valle y al futuro resort.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la zona siguió siendo un tranquilo destino de verano de pesca y naturaleza, alrededor de los lagos del valle, accesible por tren. Nada hacía prever que aquel apacible valle de lagos y montañas estaba destinado a convertirse, pocas décadas después, en uno de los mayores centros de esquí del mundo.
El gran giro en la historia de Whistler llegó en los años sesenta, y nació, curiosamente, de una ambición olímpica. Un grupo de empresarios y visionarios de Vancouver concibió la idea de desarrollar una montaña cercana como estación de esquí de nivel mundial, en parte con el objetivo de presentar una candidatura para albergar los Juegos Olímpicos de Invierno. Buscaron una montaña adecuada en las Coast Mountains, y eligieron la entonces London Mountain (Whistler), por su gran desnivel, su nieve y su cercanía relativa a Vancouver.
Tras un esfuerzo considerable de desarrollo (incluida la mejora del acceso por carretera), la estación de esquí de Whistler Mountain abrió sus puertas en 1966, con sus primeros remontes. Aunque la candidatura olímpica de aquellos años no prosperó de inmediato, la estación de esquí echó a andar y empezó a atraer a esquiadores. Había nacido el Whistler que conocemos.
En las décadas siguientes, el resort creció de forma espectacular. En los años ochenta se desarrolló la montaña vecina, Blackcomb, que durante un tiempo fue una estación rival, hasta que ambas terminaron unificándose en el gran complejo Whistler Blackcomb. Y, sobre todo, se construyó el Whistler Village: un pueblo peatonal de estilo alpino, planificado desde cero al pie de las montañas, inaugurado a fines de los setenta y comienzos de los ochenta. El village dio al resort un corazón habitable y atractivo, con hoteles, restaurantes y tiendas, transformándolo de una simple estación de esquí en un destino turístico completo y de fama creciente.
A lo largo de las décadas de 1980, 1990 y 2000, Whistler se consolidó como uno de los principales destinos de esquí del mundo y, sin duda, el más grande de América del Norte. Las dos montañas, Whistler y Blackcomb —tras una etapa de competencia entre ambas— se unificaron bajo una misma operación, ofreciendo en conjunto una cantidad de terreno esquiable inigualable en el continente: miles de hectáreas, más de doscientas pistas, bowls, glaciares y un desnivel descomunal, servidos por modernos remontes y telecabinas.
El resort se fue dotando de infraestructura de primer nivel: el Whistler Village creció con más hoteles, restaurantes de todo el mundo, tiendas y vida nocturna; se desarrolló el après-ski como una de las grandes señas de identidad del lugar; y se sumaron actividades para el verano, transformando Whistler en un destino de las cuatro estaciones. La apertura del bike park convirtió a la montaña en una meca mundial del mountain bike de descenso en los meses cálidos.
Un hito tecnológico llegó en 2008 con la inauguración del Peak 2 Peak Gondola, el teleférico récord que conecta las cumbres de ambas montañas volando sobre el valle, una obra que reforzó la posición de Whistler como destino de vanguardia. El resort atrajo a una comunidad internacional de trabajadores estacionales (muchos jóvenes de todo el mundo que vienen a vivir una temporada de esquí), lo que le dio un ambiente cosmopolita y joven muy característico. Whistler se había convertido en un fenómeno global del turismo de montaña.
El reconocimiento culminante para Whistler, y la realización de aquel viejo sueño olímpico que había impulsado su nacimiento, llegó en 2010. Ese año, Vancouver y Whistler fueron, conjuntamente, sede de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno. Mientras Vancouver albergaba las ceremonias y las pruebas sobre hielo (patinaje, hockey, curling), Whistler fue el escenario de las grandes pruebas de montaña: el esquí alpino, las disciplinas nórdicas (esquí de fondo, biatlón, salto) y los deportes de deslizamiento (bobsleigh, luge, skeleton) en una pista construida para la ocasión.
Los Juegos pusieron a Whistler en el centro de la atención mundial y dejaron un importante legado: instalaciones deportivas de primer nivel (como el Whistler Sliding Centre, donde el público puede incluso probar el bobsleigh, y el Whistler Olympic Park para deportes nórdicos), mejoras en la infraestructura (incluida la modernización de la Sea-to-Sky Highway, el acceso desde Vancouver) y, sobre todo, una proyección internacional enorme. La Villa Olímpica de los atletas se convirtió después, en parte, en alojamientos y en el albergue HI Whistler.
Los Juegos de 2010 consolidaron definitivamente a Whistler como un destino de invierno de prestigio mundial. Aquella ambición olímpica que, medio siglo antes, había motivado a unos empresarios a desarrollar una montaña cerca de Vancouver, se había cumplido por fin, coronando la transformación de un tranquilo valle de pesca en uno de los mayores centros de deportes de invierno del planeta.
La Whistler de hoy es uno de los grandes destinos de montaña del mundo, célebre durante todo el año. En invierno reina el esquí: como el complejo más grande de América del Norte, Whistler Blackcomb atrae a esquiadores y snowboarders de todo el planeta, que disfrutan de sus inmensas pistas, su nieve abundante y su legendario ambiente de après-ski. En verano, el resort se reinventa: el Whistler Mountain Bike Park es una meca mundial del descenso, y el senderismo alpino, los lagos turquesa, las tirolesas y la aventura llenan el valle de actividad bajo el sol.
Su corazón, el Whistler Village, es un pueblo peatonal cosmopolita y vibrante, con una oferta gastronómica internacional, vida nocturna y una comunidad joven y multinacional (muchos trabajadores estacionales de todo el mundo). El icónico Peak 2 Peak, el espectacular trayecto por la Sea-to-Sky Highway desde Vancouver y el reconocimiento de la herencia indígena en el Squamish Lil'wat Cultural Centre completan el atractivo del lugar.
Whistler enfrenta también desafíos propios de su éxito: la presión sobre la vivienda y los servicios, la sostenibilidad y, de manera creciente, los efectos del cambio climático sobre la nieve y la montaña. Pero sigue siendo un destino de referencia mundial, que ha sabido pasar de ser una simple estación de esquí a un completo resort de montaña de las cuatro estaciones. Para el viajero, Whistler ofrece una de las experiencias de montaña más completas y accesibles desde una gran ciudad: aventura, naturaleza, deporte y un pueblo encantador, todo a un par de horas de Vancouver. Es la culminación de una historia que empezó con un albergue de pesca y el silbido de unas marmotas, y que hoy resuena en todo el mundo.