Mucho antes de la llegada de los europeos, el extremo sur de la isla de Vancouver donde hoy se levanta Victoria fue, durante miles de años, hogar de los pueblos originarios de la Costa de Salish (Coast Salish), especialmente del pueblo Lekwungen, del que descienden las actuales naciones Songhees y Esquimalt. Estos pueblos vivían de la extraordinaria abundancia de su entorno: el mar y los estrechos ricos en salmón, mariscos y mamíferos marinos, y la tierra que proveía caza, bayas y, de manera notable, el camas, una planta de bulbo comestible que cultivaban en praderas que manejaban con quemas controladas.
Los Lekwungen tenían aldeas estables en la zona del actual puerto y los alrededores, con casas comunales de cedro, y una rica vida social y ceremonial, simbolizada por el potlatch. Su cultura material —las canoas de cedro, las tallas, los tejidos— y su profundo conocimiento del territorio formaban parte de un modo de vida sofisticado y adaptado al medio.
La llegada de los europeos, primero como comerciantes y luego como colonos, transformó radicalmente este mundo, con consecuencias devastadoras por las enfermedades, el despojo de tierras y la imposición de un nuevo orden. Hoy, la presencia y la cultura de las Primeras Naciones siguen siendo parte fundamental de la región, reconocida cada vez más explícitamente, y Victoria se asienta en sus territorios tradicionales. El nombre tradicional de la zona del puerto, en lengua lekwungen, recuerda esa larga ocupación anterior a la ciudad.
El asentamiento europeo de Victoria nació en 1843, cuando la Hudson's Bay Company (HBC), la gran compañía británica que dominaba el comercio de pieles en buena parte de Norteamérica, decidió establecer un nuevo puesto fortificado en el sur de la isla de Vancouver. La tarea recayó en James Douglas, un alto funcionario de la compañía que sería una figura central en la historia de la Columbia Británica. El fuerte se llamó Fort Victoria, en honor a la reina Victoria.
La elección del lugar tenía una clara motivación estratégica y política. En aquellos años, Gran Bretaña y Estados Unidos estaban negociando (y disputando) la frontera en la costa del Pacífico de Norteamérica. El antiguo cuartel general de la HBC en la región estaba más al sur, en una zona que finalmente quedaría en territorio estadounidense. Por eso, la compañía buscó reforzar la presencia británica al norte, estableciendo Fort Victoria como nueva base en una zona que quedaría asegurada para la Corona británica. En 1846, el Tratado de Oregón fijó la frontera, dejando la isla de Vancouver del lado británico.
Durante sus primeros años, Fort Victoria fue un tranquilo puesto comercial de la HBC, dedicado al comercio de pieles y a la agricultura, con una población pequeña. La isla de Vancouver fue declarada colonia británica en 1849. Nada hacía prever el vuelco que estaba a punto de dar el destino de este apacible fuerte, que cambiaría para siempre por culpa del oro.
El acontecimiento que transformó el tranquilo Fort Victoria en una verdadera ciudad fue la fiebre del oro del río Fraser, en 1858. Ese año se descubrió oro en el río Fraser, en el continente, y la noticia desató una avalancha de buscadores de fortuna, muchos de ellos procedentes de California (donde la fiebre del oro previa estaba decayendo). Decenas de miles de personas se lanzaron hacia los yacimientos.
Victoria, por su posición, se convirtió de la noche a la mañana en la puerta de entrada y el centro de abastecimiento de toda esa multitud: el lugar donde los mineros desembarcaban, conseguían licencias, compraban provisiones y equipo, y desde donde partían hacia el continente. En cuestión de semanas, el pequeño fuerte de unos pocos centenares de habitantes se vio desbordado por miles de recién llegados, y a su alrededor brotó una ciudad bulliciosa de tiendas, almacenes, bares y hoteles. Fue un crecimiento explosivo y caótico.
La fiebre del oro tuvo consecuencias duraderas. Para controlar el territorio continental ante la llegada masiva de extranjeros (sobre todo estadounidenses), Gran Bretaña creó en 1858 la colonia de la Columbia Británica en el continente, separada de la colonia de la isla de Vancouver. Victoria, en plena expansión, fue incorporada como ciudad en 1862. Aunque el frenesí del oro acabó pasando, había puesto a Victoria en el mapa y la había convertido en la principal ciudad y centro comercial de la región, un papel que la prepararía para su futuro como capital.
Tras la fiebre del oro, la organización política de la región se fue consolidando. En 1866, las dos colonias británicas de la zona —la de la isla de Vancouver (con capital en Victoria) y la de la Columbia Británica continental— se unieron en una sola colonia, la Columbia Británica. Tras cierto debate sobre cuál sería la capital, Victoria fue confirmada como la capital de la colonia unida, gracias a su mayor desarrollo y su peso como centro comercial.
El gran paso siguiente llegó en 1871, cuando la Columbia Británica se unió a la Confederación canadiense, convirtiéndose en una provincia del joven Dominio de Canadá. Una de las condiciones que la provincia puso para sumarse fue la construcción de un ferrocarril transcontinental que la conectara con el resto del país, una promesa que tardaría más de una década en cumplirse. Victoria quedó confirmada como la capital de la nueva provincia, rango que conserva hasta hoy.
Sin embargo, el ferrocarril transcontinental, cuando finalmente se completó en la década de 1880, no terminaba en Victoria (en la isla), sino en el continente, en la bahía de Burrard, donde nació y creció vertiginosamente Vancouver. Eso hizo que Vancouver superara con rapidez a Victoria en tamaño y poderío económico, convirtiéndose en la gran metrópolis de la provincia. Victoria, en cambio, conservó su papel político como capital y se reinventó como una ciudad más tranquila, administrativa y elegante, cultivando un refinado carácter británico que la distinguiría para siempre de su pujante vecina del continente.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Victoria forjó la imagen elegante y británica que la define hasta hoy. Tras perder protagonismo económico frente a Vancouver, la ciudad apostó por su carácter de capital refinada, con un fuerte apego a las tradiciones, las costumbres y la estética británicas: los jardines cuidados, el té de la tarde, la arquitectura de inspiración inglesa. Se ganó fama de ser 'más inglesa que Inglaterra', un atractivo que cultivaría también con fines turísticos.
Dos edificios monumentales, ambos obra del mismo arquitecto, sellaron esa imagen. El joven arquitecto Francis Rattenbury, recién llegado de Inglaterra, ganó siendo casi un desconocido el concurso para los nuevos edificios del Parlamento provincial, inaugurados en 1898: una imponente mole de estilo neobarroco frente al puerto, símbolo de la capital. Pocos años después, el mismo Rattenbury diseñó el Fairmont Empress, el gran hotel château de la compañía ferroviaria Canadian Pacific, inaugurado en 1908 junto al puerto, que se convirtió en el otro gran ícono de la ciudad y en sinónimo de su elegancia (el destino de Rattenbury, por cierto, fue trágico: murió asesinado años después, en un caso célebre).
Estos edificios, junto a los jardines (Victoria se ganó el apodo de 'la ciudad de los jardines', coronado por los Butchart Gardens, creados a partir de 1904), el clima suave y el ambiente apacible, definieron a Victoria como un destino encantador y distinguido. Durante el siglo XX, la ciudad creció moderadamente, atrayendo a jubilados (por su clima benigno) y a visitantes, y consolidándose como un destino turístico y un centro administrativo, sin perder nunca su escala humana ni su carácter tranquilo.
La Victoria del siglo XXI sigue siendo fiel a su esencia: una capital pequeña, elegante y apacible, conocida por su encanto, sus jardines, su clima excepcionalmente suave y su alta calidad de vida. Como capital de la Columbia Británica, alberga el gobierno provincial, pero es también una ciudad universitaria (con la Universidad de Victoria), un destino turístico de primer nivel y un lugar muy elegido para vivir, en especial por jubilados que buscan su clima benigno (el más cálido y seco de Canadá).
Su economía gira en torno a la administración pública, el turismo, la educación y la tecnología. El turismo es un pilar fundamental: cada año, viajeros de todo el mundo llegan atraídos por el Inner Harbour con el Parlamento iluminado y el hotel Empress, los espectaculares Butchart Gardens, el Royal BC Museum, el avistaje de ballenas, el afternoon tea y el ambiente relajado y británico de la ciudad. Muchos llegan como excursión de día desde Vancouver, en ferry o hidroavión, o como parada de cruceros.
Victoria conserva su escala humana y su carácter de ciudad-jardín, con un centro caminable, paseos costeros, parques floridos y un ritmo de vida tranquilo que contrasta con la energía de la vecina Vancouver. Sigue siendo, además, un punto de partida para explorar la espectacular naturaleza de la isla de Vancouver y la costa del Pacífico. Para el viajero, Victoria ofrece una experiencia distinta dentro de Canadá: la de una ciudad pequeña, refinada y serena, donde el legado británico, los jardines y el mar se combinan en una atmósfera única y encantadora. Es, sin duda, una de las ciudades con más personalidad del oeste canadiense.