Mucho antes de que existiera ciudad alguna, la región donde hoy se levanta Toronto estuvo habitada durante miles de años por pueblos originarios. La zona, en la orilla noroeste del lago Ontario, era un cruce de caminos natural: por aquí pasaba el llamado Toronto Carrying-Place Trail, una antigua ruta de portaje que conectaba el lago Ontario con el lago Huron y la bahía Georgiana a través de los ríos Humber y Holland. Esa ruta permitía a los pueblos indígenas atravesar el sur de Ontario evitando los Grandes Lagos inferiores, y la convirtió en un punto estratégico para el comercio y los desplazamientos.
A lo largo de los siglos, distintos pueblos ocuparon o transitaron la región: los hurón-wendat, los pueblos iroqueses y, más tarde, los mississauga del pueblo anishinaabe (ojibwe), que eran los habitantes de la zona cuando llegaron los europeos. Para todos ellos, la región del lago Ontario era un territorio rico en caza, pesca y vías de comunicación.
El propio nombre de la ciudad guarda esa herencia. 'Toronto' deriva de una palabra de raíz iroquesa (a menudo asociada al mohawk 'tkaronto'), que significaría algo así como 'donde hay árboles parados en el agua' o 'lugar de árboles en el agua', y que originalmente se refería a una zona del actual lago Simcoe, donde se clavaban estacas para pescar. Con el tiempo, ese topónimo fue migrando en los mapas hacia el sur, hasta quedar asociado al asentamiento junto al lago Ontario que hoy conocemos como Toronto.
La primera presencia europea estable en la zona fue francesa. A mediados del siglo XVIII, en plena rivalidad con los británicos por el control del comercio de pieles y de los Grandes Lagos, los franceses establecieron puestos en la región. El más importante fue Fort Rouillé (también conocido como Fort Toronto), levantado hacia 1750-1751 en lo que hoy es el predio de la Canadian National Exhibition, junto al lago. Era un pequeño fuerte comercial que los propios franceses incendiaron en 1759, durante la Guerra Franco-India, al retirarse ante el avance británico.
Tras la conquista británica de Nueva Francia, la región pasó a manos del Imperio Británico. El gran impulso para la fundación de una ciudad llegó después de la Revolución Americana: miles de leales a la Corona británica (los United Empire Loyalists) huyeron de las nuevas Estados Unidos hacia el norte, y Gran Bretaña necesitaba organizar y poblar sus territorios al norte de los Grandes Lagos. En 1791 se creó la provincia del Alto Canadá, y su primer teniente gobernador, John Graves Simcoe, buscó una capital bien protegida, lejos de la frontera estadounidense.
En 1793, Simcoe fundó el asentamiento de York a orillas de la bahía de Toronto, eligiéndolo por su puerto natural protegido y su posición defensiva. Lo bautizó York en honor al duque de York, hijo del rey, y lo convirtió en la capital del Alto Canadá. York nació como un pequeño pueblo colonial, apodado con ironía 'Muddy York' ('York fangoso') por sus calles embarradas, pero estaba destinado a crecer.
La joven capital del Alto Canadá tuvo su bautismo de fuego durante la Guerra de 1812, el conflicto entre el Imperio Británico (y sus colonias norteamericanas) y los recién independizados Estados Unidos. York, por ser la capital provincial, se convirtió en un objetivo militar pese a su tamaño modesto.
En abril de 1813, en la llamada Batalla de York, las fuerzas estadounidenses desembarcaron y tomaron la ciudad tras vencer a la guarnición británica. Durante la retirada, los defensores hicieron volar el polvorín del fuerte, causando numerosas bajas entre los atacantes. En represalia y durante la ocupación, las tropas estadounidenses saquearon e incendiaron varios edificios públicos de York, incluidos los de la Asamblea Legislativa del Alto Canadá.
Este episodio tuvo consecuencias que trascendieron a la pequeña York. Se considera que la quema de los edificios gubernamentales de York fue una de las motivaciones de la posterior represalia británica de 1814, cuando las tropas del Imperio incendiaron edificios públicos en Washington, incluida la residencia presidencial. Para York, la guerra dejó la lección de su vulnerabilidad, pero también reforzó el sentimiento de lealtad a la Corona y la identidad propia frente al vecino del sur, un rasgo que marcaría la cultura política del futuro Canadá.
En 1834, el creciente asentamiento de York fue oficialmente incorporado como ciudad y recuperó su nombre de raíz indígena: pasó a llamarse Toronto. Su primer alcalde fue William Lyon Mackenzie, una figura combativa que pocos años después, en 1837, lideraría la fallida Rebelión del Alto Canadá, un levantamiento contra el gobierno oligárquico de la colonia (el llamado 'Family Compact') que, aunque derrotado, impulsó reformas hacia un gobierno más representativo.
A lo largo del siglo XIX, Toronto creció de forma sostenida como centro comercial, financiero y de transporte del sur de Ontario, impulsada por el ferrocarril, el puerto y la industria. Pero lo que más profundamente moldeó su carácter fueron las sucesivas olas de inmigración. Primero llegaron los irlandeses, en gran número tras la Gran Hambruna de mediados del siglo XIX; luego italianos, judíos de Europa del Este, chinos, griegos, portugueses y ucranianos, entre muchos otros.
Cada comunidad fue dejando su huella en barrios enteros —Chinatown, Little Italy, Greektown, el barrio judío de Kensington— que aún hoy definen el mapa cultural de la ciudad. Durante buena parte de su historia, Toronto fue una ciudad de fuerte impronta británica y protestante (la apodaban 'Toronto the Good'), pero la inmigración la transformó poco a poco en uno de los lugares más diversos del planeta. Esa mezcla, lejos de diluirse, se convirtió en su mayor orgullo y en la base de su identidad multicultural.
Durante el siglo XX, Toronto consolidó su posición como el gran centro económico de Canadá. A lo largo de las décadas, y muy especialmente a partir de los años sesenta y setenta, fue desplazando a Montreal como capital financiera del país. Varios factores se combinaron: el crecimiento industrial del sur de Ontario, la concentración de bancos y empresas, y también las tensiones políticas y lingüísticas en Quebec, que llevaron a numerosas sedes corporativas a trasladarse de Montreal a Toronto. La Bolsa de Toronto (TSX) se convirtió en la más importante de Canadá.
El auge se reflejó en el skyline. El centro se llenó de rascacielos de bancos y oficinas, y en 1976 se inauguró la obra que se convertiría en el símbolo de la ciudad y del país: la CN Tower, con sus 553 metros, durante décadas la estructura independiente más alta del mundo. Toronto también desarrolló una de las redes de transporte público más usadas de Norteamérica (el TTC, con su metro inaugurado en 1954) y la enorme red peatonal subterránea PATH, pensada para sobrellevar los crudos inviernos.
En 1998, los seis municipios del área metropolitana (incluidos Toronto, North York, Scarborough, Etobicoke, York y East York) se fusionaron en una sola gran ciudad, la 'megaciudad' de Toronto, que es la que existe hoy. Con más de seis millones de habitantes en su área metropolitana, Toronto se ubica entre las mayores ciudades de América del Norte. A su perfil financiero sumó un creciente protagonismo cultural: el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), nacido en 1976, es hoy uno de los más prestigiosos del mundo, y la ciudad es un polo de cine, televisión, teatro y música.
La Toronto del siglo XXI es la culminación de toda esa historia: una metrópoli global, próspera y, ante todo, profundamente diversa. Más de la mitad de sus residentes nacieron fuera de Canadá, y en sus calles se hablan más de 150 idiomas, lo que la convierte, según numerosos rankings, en una de las ciudades más multiculturales del planeta. Lejos del modelo de 'crisol' que asimila a los recién llegados, Toronto encarna el ideal canadiense del multiculturalismo, donde las distintas comunidades conservan su identidad y conviven en un mosaico.
Esa diversidad se vive en los barrios étnicos, en la asombrosa variedad gastronómica, en los festivales que llenan el calendario (desde el Caribana caribeño hasta celebraciones de cada comunidad) y en el carácter abierto y tolerante de la ciudad. Toronto es también una capital cultural: sede de grandes museos (el ROM, la AGO), del TIFF, de una vibrante escena teatral y musical, y hogar de equipos deportivos que apasionan al país, como los Maple Leafs (hockey), los Raptors (básquet, campeones de la NBA en 2019) y los Blue Jays (béisbol).
Económicamente, sigue siendo el motor de Canadá: centro financiero, tecnológico y de servicios, con un skyline en constante crecimiento. Para el viajero, todo esto se traduce en una ciudad que no se entiende con una sola imagen, sino recorriéndola barrio por barrio, probando sus cocinas y dejándose sorprender por su mezcla de culturas. Toronto demuestra que la diversidad, bien entendida, puede ser la mayor riqueza de una ciudad.