En 1952, Stratford era un pueblo ferroviario en decadencia que corría el riesgo de apagarse junto con las locomotoras de vapor. Un año después, gracias a una idea que casi todos consideraron descabellada, se convertiría en la capital del teatro shakesperiano de Norteamérica. Pero para entender ese giro asombroso hay que empezar por el principio, y el principio también tiene que ver con Shakespeare. Stratford nació en el segundo cuarto del siglo XIX como un asentamiento en torno a un molino, en una zona de bosques y futuras tierras de cultivo del suroeste de la actual Ontario. La compañía colonizadora que desarrolló la región, vinculada a intereses británicos, bautizó el curso de agua que movía el molino como río Ávon y al pueblo como Stratford, en deliberada referencia a Stratford-upon-Avon, la ciudad inglesa donde nació William Shakespeare. Así, mucho antes de que existiera el festival, el nombre del pueblo ya rendía homenaje al gran dramaturgo.
La localidad creció como centro de servicios de una región agrícola fértil y, sobre todo, como un importante nudo ferroviario. La llegada del ferrocarril a mediados y finales del siglo XIX impulsó su economía: Stratford se convirtió en un punto clave de los talleres y operaciones ferroviarias de la zona, lo que atrajo población, trabajo e industria, y le dio una base sólida durante décadas.
Ese origen dejó al pueblo un legado de arquitectura victoriana, calles arboladas y un trazado a orillas del Ávon que, andando el tiempo, resultaría perfecto para su reinvención cultural. La coincidencia del nombre con Shakespeare, casi un capricho de los fundadores, terminaría siendo profética.
A mediados del siglo XX, el declive de la industria ferroviaria amenazaba el futuro económico de Stratford. Fue entonces cuando un periodista local llamado Tom Patterson tuvo una idea tan audaz como improbable: aprovechar la coincidencia del nombre del pueblo con el de Shakespeare para crear un festival de teatro shakesperiano que diera a Stratford una nueva identidad y un nuevo motor. Patterson tenía casi cero experiencia en teatro y muy poco dinero, pero una determinación inagotable: consiguió el apoyo de la comunidad y, con enorme audacia, convenció al célebre director teatral británico Tyrone Guthrie de venir a dirigir el proyecto en aquel pueblo perdido de Ontario.
La noche del 13 de julio de 1953, bajo una gigantesca carpa de circo levantada junto al río Ávon, se alzó el telón de la primera función: 'Richard III', protagonizada nada menos que por Sir Alec Guinness, una de las grandes estrellas del teatro y el cine británicos. Ante 1.500 espectadores —entre ellos 85 críticos llegados de Canadá y Estados Unidos—, Guinness pronunció el célebre verso inicial: 'Now is the winter of our discontent…' ('Ahora el invierno de nuestro descontento…'). El escenario en forma de anfiteatro (thrust stage), diseñado por Tanya Moiseiwitsch, rompía con el teatro a la italiana y acercaba a los actores al público, revolucionando la puesta en escena shakesperiana. La apuesta imposible había salido bien: la crítica quedó deslumbrada y la temporada inicial de cuatro semanas se extendió a seis.
Con los años, la carpa dio paso a teatros permanentes, encabezados por el Festival Theatre, y el certamen se amplió hasta convertirse en el Stratford Festival, una de las temporadas de teatro repertorio más importantes y prestigiosas de Norteamérica. Lo que empezó como un intento desesperado de salvar a un pueblo ferroviario se transformó en una institución cultural de talla internacional.
Tras el éxito de las primeras temporadas bajo la carpa, el festival se dotó de infraestructura permanente. En 1957 se inauguró el Festival Theatre, un edificio diseñado en torno al revolucionario escenario en forma de anfiteatro que había caracterizado al certamen desde el inicio. A lo largo de las décadas siguientes se sumaron otros recintos, como el Avon Theatre y, más recientemente, el moderno Tom Patterson Theatre, reabierto en un nuevo edificio en 2020 y bautizado en honor al fundador del festival.
El certamen amplió su repertorio mucho más allá de Shakespeare: a las tragedias y comedias del dramaturgo isabelino se sumaron clásicos del teatro universal, musicales y obras contemporáneas. Grandes nombres del teatro de habla inglesa pasaron por sus escenarios, y el festival se convirtió en una verdadera escuela de actores y directores, además de un imán turístico que sostiene buena parte de la economía local durante la temporada.
La duración de la temporada se extendió hasta abarcar de la primavera al otoño, con más de una decena de producciones simultáneas. De aquel modesto experimento de 1953, Stratford pasó a contar con una de las compañías de teatro repertorio más grandes y respetadas de Norteamérica, capaz de atraer cada año a cientos de miles de espectadores de Canadá, Estados Unidos y el resto del mundo.
Más de medio siglo después de Alec Guinness, Stratford volvió a dar al mundo una estrella, aunque de un género muy distinto. Justin Bieber nació el 1 de marzo de 1994 y se crió en Stratford, en una familia de recursos modestos. De niño, sin dinero para tomar clases de música, aprendió solo a tocar la guitarra, la batería, el piano y la trompeta, y empezó a cantar en la calle para juntar unas monedas: su escenario favorito eran los escalones de piedra frente al Avon Theatre, el mismo teatro del festival, donde tocaba para los turistas que hacían cola.
En 2007, con doce años, quedó segundo en un concurso local de canto, y su madre subió el video a YouTube para que lo vieran los familiares que no habían podido asistir. Ese video, y los que siguieron, terminaron en manos del promotor musical Scooter Braun, que quedó impresionado y viajó a buscarlo. El resto es historia del pop: Bieber se convirtió en una de las mayores estrellas de la música mundial. En 2011, su pueblo natal lo homenajeó con una estrella en la vereda frente al Avon Theatre, justo donde de niño cantaba por propinas.
Hoy, la oficina de turismo de Stratford ofrece un mapa autoguiado del 'Justin Bieber Tour' que recorre los lugares de su infancia —su escuela, los rincones donde cantaba, sus sitios favoritos—, un itinerario que atrae a fans jóvenes de todo el mundo y que convive, con simpática naturalidad, con los peregrinos del teatro shakesperiano. Pocos pueblos pueden presumir de haber lanzado al estrellato a Alec Guinness y a Justin Bieber desde el mismo teatro.
Desde aquel 1953, el Stratford Festival transformó por completo a la localidad. El teatro pasó a ser el eje de la vida y la economía del pueblo: cada temporada, de primavera a otoño, cientos de miles de espectadores acuden a las múltiples producciones repartidas entre cuatro teatros, generando una intensa actividad en hoteles, restaurantes y comercios. Stratford construyó así una identidad cultural que trasciende ampliamente su pequeño tamaño de unos 33.000 habitantes.
En torno al festival floreció también una notable escena gastronómica, impulsada en parte por la riqueza agrícola del condado de Perth y por instituciones culinarias locales como la Stratford Chefs School. Restaurantes de autor, panaderías, chocolaterías y queserías convirtieron al pueblo en un destino para gastrónomos, con rutas temáticas —el Chocolate Trail, el Bacon & Ale Trail— que invitan a recorrer y degustar. A ello se suman galerías de arte, jardines temáticos y el siempre presente río Ávon con sus cisnes.
Hoy el pueblo combina su prestigio teatral, su fama culinaria, su patrimonio victoriano, su faceta pop y su ambiente apacible junto al río, demostrando cómo una idea visionaria —la de un periodista que quiso salvar a su pueblo con Shakespeare— puede reinventar por completo el destino de una comunidad. Stratford es, quizás, la mejor prueba de que la cultura puede ser también el motor de la economía de un lugar.