Mucho antes de que existiera ciudad alguna, la isla de Terranova estaba habitada por pueblos indígenas. El más asociado a la isla son los beothuk, un pueblo que vivía de la caza, la pesca y la recolección, y que solía cubrirse el cuerpo y los objetos con ocre rojo (lo que pudo dar origen, según algunas teorías, al apelativo 'pieles rojas' aplicado a los pueblos americanos). Trágicamente, los beothuk se extinguieron como pueblo a comienzos del siglo XIX, presionados por la colonización europea, las enfermedades y la pérdida de sus territorios. En tiempos posteriores, los mi'kmaq también se asentaron en partes de la isla.
Terranova tiene además el honor de albergar el asentamiento europeo más antiguo conocido de América: hacia el año 1000, los vikingos (nórdicos) llegaron a L'Anse aux Meadows, en el extremo norte de la isla, donde establecieron un campamento. Aquel contacto fue efímero y no dejó continuidad, pero confirma que los europeos pisaron Terranova medio milenio antes que Colón.
Lo que realmente atrajo a los europeos de forma masiva, sin embargo, no fue la conquista sino el pescado. Frente a Terranova están los Grandes Bancos (Grand Banks), una vasta plataforma submarina que era uno de los caladeros de bacalao más ricos del mundo. La fama de esas aguas, capaces de alimentar a Europa con bacalao salado, sería el verdadero motor de la historia de St. John's.
El nacimiento de St. John's está ligado directamente al bacalao. A lo largo del siglo XVI, su excelente puerto natural —protegido por colinas y con una entrada estrecha y fácil de defender, The Narrows— se convirtió en un punto de escala habitual para las flotas pesqueras europeas que faenaban en los Grandes Bancos: pescadores portugueses, españoles, franceses y, sobre todo, ingleses, que llegaban en verano, secaban y salaban el bacalao en tierra y volvían a Europa. Por su antigüedad como lugar de escala y asentamiento estacional, St. John's es considerado uno de los asentamientos de origen europeo más antiguos de Norteamérica.
Una fecha clave en su historia es 1583. Ese año, el navegante y aventurero inglés Sir Humphrey Gilbert llegó al puerto de St. John's y, en nombre de la reina Isabel I de Inglaterra, reclamó formalmente Terranova para la Corona inglesa. Este acto suele citarse como uno de los momentos fundacionales del Imperio británico de ultramar: la primera posesión inglesa proclamada al otro lado del Atlántico. Gilbert moriría poco después, en el viaje de regreso, cuando su barco se hundió.
Durante mucho tiempo, las autoridades inglesas vieron Terranova más como una estación de pesca que como una colonia para poblar, e incluso intentaron desalentar el asentamiento permanente para reservar la costa a la pesca migratoria. Pese a ello, una población residente fue arraigando lentamente en torno al puerto, sentando las bases de la futura ciudad.
Como tantos lugares del Atlántico norte, St. John's y Terranova fueron escenario de la larga rivalidad entre Inglaterra y Francia por el control de Norteamérica y, sobre todo, de sus pesquerías. El puerto cambió de manos y sufrió ataques en varias ocasiones a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Para defenderlo, los británicos fortificaron la entrada del puerto y las alturas que lo rodean, en especial Signal Hill, la colina que domina The Narrows y desde la que se señalaba con banderas la aproximación de los barcos (de ahí su nombre).
El episodio militar más recordado ocurrió en 1762, en el contexto final de la Guerra de los Siete Años. Ese año, una fuerza francesa logró tomar St. John's, pero los británicos respondieron y, en la batalla de Signal Hill, recuperaron la ciudad. Esta batalla tiene un valor histórico especial: se la considera el último enfrentamiento de la Guerra de los Siete Años en suelo norteamericano, el conflicto que selló el predominio británico en el continente.
Signal Hill siguió cumpliendo un papel central en la vida de la ciudad como puesto de señales y comunicaciones marítimas. Su importancia estratégica y su posición elevada sobre el Atlántico la convertirían, décadas más tarde, en el escenario de un hito de alcance mundial que nada tendría que ver con la guerra.
El 12 de diciembre de 1901, Signal Hill fue el escenario de uno de los grandes hitos de la historia de las comunicaciones. El inventor italiano Guglielmo Marconi, pionero de la radiotelegrafía, había instalado en lo alto de la colina una estación receptora, con una antena sostenida por cometas para captar señales a través del Atlántico. Ese día, Marconi anunció haber recibido en Signal Hill la primera señal de radio transatlántica de la historia: tres puntos en código Morse (la letra 'S') enviados desde una potente estación transmisora en Poldhu, en Cornualles, Inglaterra, a más de 3.000 kilómetros de distancia.
El logro fue extraordinario y, para muchos, sorprendente: se creía que las ondas de radio, al viajar en línea recta, no podrían salvar la curvatura de la Tierra a semejante distancia (más tarde se entendería que la ionosfera reflejaba las ondas y permitía esa propagación). La recepción de Marconi demostró que la comunicación inalámbrica a través de los océanos era posible, abriendo la era de las telecomunicaciones globales.
No es casualidad que el hito ocurriera en St. John's: por su posición como el punto habitado más oriental de Norteamérica, era el lugar del continente más cercano a Europa, ideal para tender el 'puente' radioeléctrico sobre el Atlántico. Hoy, una placa y exhibiciones en la Cabot Tower de Signal Hill recuerdan aquel momento que cambió el mundo.
Durante siglos, Terranova siguió un camino histórico distinto del resto de lo que hoy es Canadá. Fue colonia británica y, ya en el siglo XX, alcanzó el estatus de dominio, con su propio gobierno responsable y St. John's como capital: en la práctica, una nación casi independiente dentro del Imperio británico, separada del Dominio de Canadá. Su economía seguía dependiendo en gran medida del bacalao y de un puñado de recursos, lo que la hacía vulnerable.
La Gran Depresión de los años treinta golpeó durísimo a Terranova, que cayó en una grave crisis financiera y llegó a la bancarrota. Ante la imposibilidad de sostenerse, en 1934 Terranova suspendió su autogobierno y volvió a ser administrada directamente por una comisión designada desde Londres, perdiendo la democracia que había conquistado. St. John's, además, tuvo un papel relevante en las dos guerras mundiales como base atlántica clave (en la Segunda Guerra Mundial, su puerto y sus alrededores fueron importantes para la batalla del Atlántico, y de ahí los búnkeres de Cape Spear).
La gran decisión llegó tras la guerra. En referendos celebrados en 1948, los habitantes de Terranova debieron elegir entre recuperar el autogobierno, seguir bajo la comisión o unirse a Canadá. Por un margen ajustado triunfó la unión con Canadá, impulsada en buena medida por Joey Smallwood. Así, el 31 de marzo de 1949, Terranova y Labrador se convirtió en la décima y última provincia en incorporarse a la Confederación Canadiense, con St. John's como capital. Fue el fin de siglos de historia separada y el inicio de su etapa como parte de Canadá.
Durante casi cinco siglos, la vida de St. John's y de toda Terranova giró en torno al bacalao de los Grandes Bancos. Pero ese recurso aparentemente inagotable terminó por agotarse. La pesca industrial, con flotas cada vez más eficientes y arrastreros de fábrica, sobreexplotó los caladeros durante el siglo XX hasta que las poblaciones de bacalao colapsaron. En 1992, el gobierno canadiense decretó una moratoria de la pesca del bacalao del norte, prohibiendo prácticamente su captura para intentar salvar la especie.
El impacto fue devastador: de un día para otro, decenas de miles de personas perdieron su trabajo en lo que fue el mayor despido de la historia de Canadá, y comunidades pesqueras enteras quedaron sin su sustento de siglos. Fue un golpe no solo económico, sino también identitario, para una sociedad construida sobre la pesca. La población rural de la isla descendió y muchos terranovenses emigraron a otras provincias en busca de trabajo.
St. John's, como capital, supo reinventarse. La economía se reorientó hacia el petróleo y el gas offshore de los Grandes Bancos (con grandes yacimientos como Hibernia), los servicios, la administración pública, la Memorial University, la tecnología y, de manera creciente, el turismo. Hoy la ciudad combina su profunda herencia marítima e irlandesa-inglesa con una vida cultural y gastronómica vibrante. Sus casas de colores, su música, su humor y su hospitalidad legendaria —junto a las ballenas, los icebergs y los paisajes del Atlántico— la han convertido en uno de los destinos más queridos y singulares de Canadá: la ciudad más oriental del continente, orgullosa de su carácter inconfundible.