Cuando Pierre de Chauvin levantó aquí sus cabañas en 1600, Tadoussac ya llevaba siglos siendo un lugar de encuentro: fue uno de los primeros puntos de contacto entre europeos y pueblos originarios en toda América del Norte, y su puesto de comercio es anterior a la fundación misma de Quebec. Mucho antes de la llegada de los europeos, el lugar donde el fiordo del Saguenay desemboca en el San Lorenzo era un importante punto de encuentro y comercio entre pueblos indígenas. Los innu (montagnais) y otras naciones se reunían aquí estacionalmente para intercambiar pieles, cobre, conchas y otros bienes, aprovechando que el Saguenay era una vía natural hacia el interior y el lago Saint-Jean. El propio nombre 'Tadoussac' deriva de una palabra innu que suele traducirse como 'mamas' o 'colinas redondeadas', en referencia a las suaves elevaciones que rodean la bahía.
El fiordo, esculpido por los glaciares durante la última glaciación, formaba un corredor profundo y navegable que conectaba la costa con las tierras del interior. Para los pueblos originarios, estas aguas frías y ricas en vida eran fuente de alimento —focas, peces, ballenas— y un eje de sus rutas comerciales y de caza, mucho antes de que aparecieran las primeras velas francesas en el estuario.
La abundancia de mamíferos marinos, en especial las belugas y las grandes ballenas que acudían a alimentarse, hacía de esta región un lugar excepcional, una característica que, siglos después, seguiría definiendo su identidad y su economía.
Tadoussac ocupa un lugar especial en la historia de Canadá: en 1600, el comerciante Pierre de Chauvin estableció aquí el primer puesto de comercio de pieles francés permanente en el territorio, ocho años antes de que Samuel de Champlain fundara la ciudad de Quebec en 1608. Aquel primer intento de asentamiento fue durísimo: la mayoría de los hombres que pasaron el invierno murieron de frío, escorbuto o enfermedades, y solo unos pocos sobrevivieron gracias a la ayuda de los innu.
A pesar de ese trágico comienzo, Tadoussac se consolidó como un punto neurálgico del lucrativo comercio de pieles. Su posición en la boca del Saguenay lo convertía en la puerta de entrada a las redes comerciales del interior, y durante más de dos siglos fue un activo puesto donde franceses e indígenas intercambiaban pieles de castor por bienes europeos. Samuel de Champlain pasó por aquí en sus exploraciones y selló alianzas con los pueblos de la región.
La pequeña capilla de madera de Tadoussac, conocida como la Petite Chapelle o capilla de los indios, levantada en 1747, es testimonio de aquella época misionera y de comercio, y está considerada una de las iglesias de madera más antiguas conservadas en Canadá. Hoy una reconstrucción del puesto de Chauvin recuerda al visitante estos orígenes.
Durante siglos, las ballenas y belugas del estuario fueron objeto de caza. Vascos, franceses y, más tarde, otros pescadores aprovecharon la riqueza de estos cetáceos por su carne, su grasa y su aceite. Las belugas blancas, en particular, fueron cazadas intensamente, y a comienzos del siglo XX su población en el San Lorenzo se había reducido drásticamente. La contaminación industrial del río agravó luego su situación, convirtiéndolas en uno de los símbolos de la fragilidad del estuario.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la mirada cambió por completo. La caza dio paso a la observación: el avistaje de ballenas se transformó en la principal actividad turística de Tadoussac y la región. Para proteger este ecosistema único, en 1998 se creó el Parque Marino del Saguenay–San Lorenzo, una de las pocas áreas marinas protegidas de Canadá, cogestionada por los gobiernos federal y provincial, que regula la navegación y el acercamiento a los cetáceos.
La beluga del San Lorenzo, hoy especie en peligro, se ha convertido en emblema de la conservación de estas aguas. Centros como el de Interpretación de Mamíferos Marinos en Tadoussac combinan ciencia, educación y turismo, ayudando a que el visitante entienda por qué este rincón donde el fiordo se encuentra con el mar es uno de los santuarios de ballenas más importantes del mundo.
Tierra adentro, a lo largo del fiordo, la región del Saguenay–Lac-Saint-Jean tiene su propia historia. Tras siglos en que el comercio de pieles y las misiones jesuitas mantuvieron la zona prácticamente cerrada a la colonización (era el 'dominio del rey', el Domaine du Roy), la apertura llegó en el siglo XIX. A partir de la década de 1830, la Société des Vingt-et-Un impulsó la colonización agrícola y, sobre todo, la explotación maderera, que atrajo a colonos quebequeses a poblar las orillas del fiordo y del lago Saint-Jean.
Durante el siglo XX, la abundancia de bosques y de energía hidroeléctrica convirtió a la región en un gran polo de la industria del papel y, especialmente, del aluminio: ciudades como Arvida (hoy parte de Saguenay) nacieron alrededor de gigantescas fábricas de aluminio que aprovechaban la fuerza de los ríos, y llegaron a ser modelos de 'ciudad industrial' planificada. El Saguenay se ganó el apodo orgulloso de 'Royaume du Saguenay' (el Reino del Saguenay), por su fuerte identidad regional, su acento propio y su carácter algo aislado del resto de Quebec.
Hoy, la ciudad de Saguenay (formada en 2002 por la unión de Chicoutimi, Jonquière y La Baie) es el centro urbano de una región que combina su pasado industrial y colono con un paisaje grandioso de fiordo, bosques y lagos. Desde sus muelles zarpan cruceros que recorren el fiordo, y en verano llegan grandes barcos de crucero internacionales que remontan el San Lorenzo hasta La Baie, atraídos por uno de los paisajes fluviales más impresionantes de Canadá.
En julio de 1996 la naturaleza volvió a marcar la historia de la región, esta vez con agua en lugar de hielo. Tras dos semanas de lluvias que empaparon el suelo hasta saturarlo, los días 19 y 20 de julio cayó sobre el Saguenay una cantidad de agua descomunal —comparada con el volumen que las cataratas del Niágara descargan en cuatro semanas— en apenas 48 horas. Los ríos y embalses se desbordaron y una serie de inundaciones repentinas arrasó puentes, carreteras y barrios enteros. El 'Déluge du Saguenay' fue la mayor inundación terrestre de la historia de Canadá en el siglo XX: murieron diez personas, más de 15.000 debieron ser evacuadas y los daños se contaron por cientos de millones de dólares.
De aquella catástrofe surgió una imagen que dio la vuelta a Quebec y al mundo: en Chicoutimi, mientras torrentes de agua y lodo destruían todo a su alrededor, una modesta casa blanca quedó en pie sobre un peñasco, casi intacta, con su cimiento al descubierto y rodeada por completo por la corriente. La 'petite maison blanche', propiedad de Jeanne d'Arc Lavoie-Genest, resistió contra todo pronóstico y se transformó en el símbolo de la supervivencia y la resiliencia de la comunidad frente al desastre.
Hoy esa casa se conserva como museo (el Musée de la Petite Maison Blanche), en un parque conmemorativo del diluvio, y es una de las visitas más emotivas de la ciudad de Saguenay. Junto con las historias de balleneros, belugas y colonos, el diluvio de 1996 forma parte de la memoria profunda de una región acostumbrada a convivir con la fuerza del agua, ya venga del mar, del fiordo o del cielo.