El nombre de Peggy's Cove ha dado lugar a varias explicaciones, entre el folclore y la geografía. La versión más romántica y popular cuenta que 'Peggy' fue la única superviviente de un naufragio ocurrido en la costa rocosa de la zona; rescatada por los habitantes locales, se habría quedado a vivir allí y la ensenada (cove) acabó tomando su nombre. Es una historia entrañable que se repite en guías y relatos turísticos, aunque no está confirmada históricamente.
La explicación más aceptada por los estudiosos es bastante más prosaica. La aldea se encuentra en la entrada de la St. Margarets Bay (la bahía de Santa Margarita), y 'Peggy' es un diminutivo cariñoso tradicional del nombre Margaret en inglés. Según esta interpretación, la ensenada habría sido bautizada 'Peggy's Cove' simplemente por estar situada en la bahía de Margaret, sin necesidad de náufragas ni dramas.
Sea cual fuere el origen real, la coexistencia de ambas versiones forma parte del encanto del lugar. La leyenda de la náufraga aporta el toque romántico que tan bien encaja con un paisaje de faro, rocas y mar embravecido, mientras que la explicación geográfica recuerda el vínculo del pequeño asentamiento con la gran bahía a cuya boca se asoma.
El rasgo más espectacular de Peggy's Cove —el mar de rocas de granito desnudo y redondeado que rodea el faro— es obra de procesos geológicos de escala inmensa. La base del paisaje es un gran cuerpo de granito que se formó hace cientos de millones de años en las profundidades de la corteza terrestre, cuando rocas fundidas se enfriaron lentamente. Con el tiempo y la erosión, ese granito quedó expuesto en la superficie.
El modelado final, sin embargo, llegó mucho más tarde, durante la última glaciación. Enormes mantos de hielo cubrieron la región y, al avanzar y retroceder, pulieron, alisaron y redondearon la roca, dándole esa textura ondulada y desnuda tan característica. El hielo, además, arrancó y transportó grandes bloques de piedra que abandonó al derretirse: son los llamados bloques erráticos, esas rocas gigantescas que parecen depositadas al azar sobre el granito y que tanto llaman la atención de los visitantes.
El resultado es un paisaje de gran valor geológico y estético, donde la historia de la Tierra queda a la vista. Esa misma dureza del terreno explica también por qué Peggy's Cove nunca fue una comunidad agrícola: sobre el granito casi no hay suelo cultivable, de modo que sus habitantes tuvieron que volcarse por completo al mar. El paisaje, en cierto sentido, determinó el destino pesquero de la aldea.
Peggy's Cove se asentó como comunidad de pescadores a comienzos del siglo XIX. Las primeras familias que se establecieron de forma permanente eran de origen europeo —con presencia alemana y británica, en el contexto de la colonización de la costa de Nueva Escocia— y encontraron en la pequeña ensenada un refugio natural donde fondear sus barcas, protegidas de la fuerza del Atlántico abierto.
La vida giraba enteramente en torno al mar. Sobre el granito apenas cultivable, la única economía posible era la pesca: el bacalao y otras especies de los bancos cercanos, y más tarde, de forma muy destacada, la langosta. Los habitantes levantaron muelles y casetas de madera sobre pilotes a orillas de la ensenada, donde guardaban los aparejos, reparaban las redes y procesaban la captura. Esa arquitectura marinera, sencilla y funcional, es la que hoy da a la aldea su carácter pintoresco.
Durante generaciones, Peggy's Cove fue una más entre las muchas pequeñas comunidades pesqueras de la costa atlántica de Nueva Escocia, lejos de la fama mundial que tendría después. La construcción del faro y, sobre todo, el auge del turismo y la fotografía en el siglo XX la sacarían de ese anonimato, pero su raíz sigue siendo la de un pueblo de pescadores que aprendió a vivir aferrado a la roca y al mar.
La señalización luminosa de Peggy's Point comenzó en el siglo XIX, pero el faro tal como hoy lo conocemos —la torre octogonal de hormigón pintada de blanco con la linterna roja— se construyó en 1915. Su misión era práctica: guiar a las embarcaciones que entraban y salían de la St. Margarets Bay, en una costa rocosa y peligrosa. Con el tiempo, ese faro modesto se convertiría en mucho más que una ayuda a la navegación.
A lo largo del siglo XX, a medida que crecían el automóvil, el turismo y la fotografía, la imagen del faro sobre las rocas de granito empezó a difundirse y a cautivar al público. Artistas, fotógrafos y viajeros encontraron en Peggy's Cove un tema irresistible, y la aldea se transformó poco a poco en uno de los destinos más visitados y representados de Nueva Escocia y de todo Canadá. El faro pasó a ser un símbolo nacional, reproducido en innumerables postales, calendarios y campañas turísticas.
Ese éxito trajo consigo un desafío permanente: cómo conservar el encanto auténtico de un pequeño pueblo pesquero que recibe a multitudes de visitantes. Para proteger tanto el paisaje como el carácter de la comunidad, se estableció un área de preservación que regula el desarrollo en la zona. Hoy Peggy's Cove busca mantener ese equilibrio entre seguir siendo un lugar habitado y vivo y atender a los visitantes que llegan de todo el mundo atraídos por su belleza.
El 2 de septiembre de 1998, la historia de Peggy's Cove quedó marcada por una tragedia. El vuelo 111 de Swissair, un avión que cubría la ruta entre el aeropuerto de Nueva York y Ginebra, sufrió un incendio a bordo y se precipitó al océano Atlántico frente a la costa cercana a la aldea. Murieron las 229 personas que viajaban en la aeronave. Fue uno de los peores accidentes de aviación de la historia de Canadá.
La respuesta de las comunidades costeras de la zona, incluida Peggy's Cove, fue inmediata y conmovedora. Pescadores locales salieron al mar en sus barcas para participar en las labores de búsqueda y rescate, y los habitantes ofrecieron ayuda, refugio y apoyo a los equipos de emergencia y, después, a los familiares de las víctimas que llegaron a la zona. Aquel gesto de solidaridad de una pequeña comunidad ante una catástrofe internacional dejó una huella profunda.
En memoria de las víctimas se erigieron dos monumentos conmemorativos a ambos lados de la bahía: uno cerca de Peggy's Cove, en The Whalesback, y otro en Bayswater. Son lugares serenos, pensados para el recuerdo y el homenaje, con vistas al mar donde ocurrió el accidente. Hoy forman parte de la memoria colectiva de la región y recuerdan al visitante que detrás de la belleza del paisaje también se guarda una historia de dolor y de solidaridad humana.