Mucho antes de que existiera ciudad alguna, la región donde hoy se levanta Ottawa fue, durante miles de años, territorio del pueblo algonquino (anishinaabe). Para ellos, el gran río que hoy llamamos Ottawa era el Kichi Sibi (o Kitchissippi), 'el gran río', una arteria vital de comunicación, comercio, pesca y vida que recorría sus tierras. La confluencia de los ríos Ottawa, Gatineau y Rideau —donde se asienta la ciudad— era un punto de encuentro y de paso de gran importancia.
El río Ottawa fue, durante siglos, una de las grandes rutas de canoa del comercio de pieles que conectaba el San Lorenzo con los Grandes Lagos superiores y el interior del continente. Por estas aguas pasaron pueblos originarios, exploradores y los voyageurs del comercio de pieles. La región, por tanto, fue un corredor estratégico mucho antes de que se pensara en fundar una capital.
El propio nombre de la ciudad y del río guarda esa herencia. 'Ottawa' deriva de la palabra algonquina 'adawe', que significa 'comerciar' o 'intercambiar', en referencia a los pueblos que comerciaban a lo largo del río (los odawa u 'ottawa' eran, de hecho, conocidos como comerciantes). Así, el nombre de la capital de Canadá honra, sin que muchos lo sepan, la actividad ancestral de intercambio de los pueblos originarios que habitaban sus orillas. Es importante recordar, además, que Ottawa se asienta en territorio algonquino no cedido, un hecho que el país reconoce cada vez más explícitamente.
La ciudad moderna nació por una razón militar. Tras la Guerra de 1812 contra Estados Unidos, el Imperio Británico quedó preocupado por la vulnerabilidad de su principal ruta de navegación en la zona: el río San Lorenzo, que corría pegado a la frontera estadounidense y podía ser fácilmente bloqueado en caso de un nuevo conflicto. La solución fue construir una vía de navegación alternativa, interior y segura, que conectara Montreal con los Grandes Lagos a través del interior: el canal Rideau.
La monumental obra fue encomendada al teniente coronel John By, un ingeniero militar de los Royal Engineers británicos, que llegó en 1826 para dirigir la construcción del canal entre el río Ottawa y Kingston, sobre el lago Ontario. By estableció su campamento y su base de operaciones en el punto donde el canal se uniría al río Ottawa, descendiendo por un impresionante conjunto de esclusas. Alrededor de ese campamento de obreros, ingenieros y proveedores surgió un asentamiento que pronto recibió el nombre de Bytown, en honor al coronel.
El canal Rideau, terminado en 1832, fue una proeza de ingeniería para su época, con decenas de esclusas y presas a lo largo de unos 200 kilómetros, construido en condiciones durísimas (cientos de trabajadores murieron, muchos por la malaria). Aunque nunca llegó a usarse para la guerra que temían, se convirtió en una ruta comercial y, con el tiempo, en una joya patrimonial: en 2007 fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco como el canal de su tipo mejor conservado de América del Norte que sigue en funcionamiento. Bytown, mientras tanto, creció como un áspero pueblo maderero y de obreros.
En 1855, el creciente pueblo de Bytown fue reincorporado como ciudad y cambió su nombre por el de Ottawa, tomado del río. Era entonces una ciudad maderera próspera pero relativamente modesta, dedicada sobre todo a la industria de la madera, que bajaba por los ríos hacia el mercado. Pocos habrían imaginado el destino que estaba a punto de tocarle.
La entonces Provincia de Canadá (la unión de los actuales Ontario y Quebec) llevaba años sin poder decidir una capital permanente: el gobierno iba alternando entre ciudades como Kingston, Montreal, Toronto y Quebec, en una rivalidad que no se resolvía. Para zanjar la disputa, en 1857 se sometió la cuestión a la decisión de la reina Victoria. Y la reina, sorprendentemente, eligió Ottawa.
La elección, que asombró a muchos por tratarse de un pueblo maderero comparativamente pequeño, tenía sus razones. Ottawa estaba justo en la frontera entre el Canadá Oeste (anglófono) y el Canadá Este (francófono), lo que la hacía un punto de compromiso entre ambas comunidades. Además, estaba más alejada de la frontera con Estados Unidos que ciudades como Toronto o Kingston, lo que la hacía militarmente más defendible (una preocupación muy presente en la época). Su ubicación junto al canal Rideau y los ríos también jugó a favor. Así, casi de la noche a la mañana, la maderera Ottawa se convirtió en la futura capital, y se iniciaron las obras de los grandiosos edificios parlamentarios.
El destino de Ottawa quedó sellado con la Confederación. El 1 de julio de 1867, las colonias británicas de Norteamérica se unieron para formar el Dominio de Canadá, un nuevo país dentro del Imperio Británico, y Ottawa, que ya había sido elegida capital de la antigua Provincia de Canadá, fue confirmada como la capital del nuevo país. Esa fecha, el 1 de julio, es hoy el Canada Day, la fiesta nacional, que en Ottawa se celebra con especial intensidad en la colina del Parlamento.
Para albergar al nuevo gobierno, ya se habían iniciado las obras de los edificios parlamentarios sobre la colina que domina el río. El conjunto, de magnífica arquitectura neogótica victoriana —con sus torres, agujas y techos de cobre— se erigió a partir de 1859 y se fue completando en las décadas siguientes, convirtiéndose en el símbolo arquitectónico del país. La elección del estilo gótico, inspirado en el Parlamento británico de Westminster, buscaba transmitir solidez, tradición y vínculo con la Corona.
Un episodio dramático marcó su historia: en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, un gran incendio destruyó el edificio central original (el Centre Block), salvándose solo la Biblioteca del Parlamento gracias a unas puertas de hierro que se cerraron a tiempo. El Centre Block fue reconstruido en los años siguientes, y como parte de esa reconstrucción se erigió la Peace Tower, la torre conmemorativa de los caídos en la guerra, inaugurada en los años veinte, que se convirtió en el emblema más reconocible del Parlamento canadiense.
Durante el siglo XX, Ottawa se transformó de una áspera ciudad maderera en una capital moderna, verde y planificada. A comienzos de siglo seguía siendo, en buena parte, un centro de la industria de la madera, con aserraderos a orillas del río. Pero a medida que crecía como sede del gobierno federal, fue ganando un perfil más administrativo, diplomático y residencial.
Un punto de inflexión fue el esfuerzo deliberado por embellecer y planificar la capital. Ya en los años de entreguerras, y sobre todo a mediados de siglo, el gobierno encargó planes urbanísticos para dotar a Ottawa de la dignidad de una capital nacional. El urbanista francés Jacques Gréber elaboró en los años cuarenta y cincuenta un influyente plan que reorganizó la ciudad: se trasladaron las vías del ferrocarril fuera del centro, se crearon parques y cinturones verdes (el Greenbelt), se embellecieron las orillas del canal y del río, y se preservaron grandes espacios naturales como el Parque de la Gatineau. La Comisión de la Capital Nacional (NCC) quedó a cargo de mantener este carácter verde y ceremonial.
Así, Ottawa se consolidó como una capital a escala humana, con abundantes espacios verdes, museos nacionales (que se fueron creando y ampliando a lo largo del siglo) y un fuerte componente de empleo público. En las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI sumó, además, un importante sector tecnológico, que le valió el apodo de 'Silicon Valley del Norte'. La ciudad también se expandió: en 2001, varios municipios vecinos se fusionaron en la actual ciudad de Ottawa.
La Ottawa de hoy es una capital próspera, tranquila y profundamente identificada con su papel institucional. Con cerca de un millón de habitantes (y más de un millón y medio si se suma la vecina Gatineau, en Quebec), es una ciudad cómoda, segura y verde, donde la vida gira en torno al gobierno, la diplomacia, la tecnología y la cultura. Su carácter fronterizo entre el Ontario anglófono y el Quebec francófono la convierte en una de las ciudades más bilingües de Canadá, donde inglés y francés conviven en las calles, los carteles y la vida cotidiana.
Culturalmente, Ottawa concentra las grandes instituciones nacionales: el Museo Canadiense de Historia (el más visitado del país, al otro lado del río), la Galería Nacional de Canadá, el Museo Canadiense de la Guerra, el de la Naturaleza y otros, además del Centro Nacional de las Artes. Su calendario está marcado por grandes citas: el Festival Canadiense de los Tulipanes en mayo (un legado de la gratitud de los Países Bajos hacia Canadá tras la Segunda Guerra Mundial), las celebraciones del Canada Day el 1 de julio en la colina del Parlamento, y el festival invernal Winterlude.
Su joya patrimonial es el canal Rideau, Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2007, que en verano se navega y se pasea y en invierno se convierte en la pista de patinaje natural más larga del mundo, símbolo de la relación de los canadienses con el invierno. Para el viajero, Ottawa ofrece una capital a escala humana: solemne pero relajada, rica en historia e instituciones, rodeada de naturaleza y fácil de recorrer a pie y en bicicleta. Es el lugar donde Canadá se piensa y se representa a sí mismo.