Cuando los primeros pueblos del Okanagan cruzaban el lago en canoa, no lo hacían sin antes dejar una ofrenda: un pequeño animal, un poco de tabaco, algo que apaciguara a N'ha-a-itk, el espíritu del agua que vivía, según sus relatos, en una cueva bajo la isla Rattlesnake. Siglos después, los colonos rebautizarían a esa criatura como 'Ogopogo' y la convertirían en un souvenir; pero para los Syilx, el pueblo que habitó este valle durante milenios, el lago siempre fue un lugar vivo, poderoso y digno de respeto.
Mucho antes de que el Okanagan fuera conocido por sus viñedos y sus playas, era el territorio ancestral de los pueblos Syilx, también llamados Okanagan, integrantes del grupo lingüístico salish del interior. Durante miles de años habitaron la región, organizados en comunidades que aprovechaban de manera estacional los recursos del valle: pescaban salmón y otras especies en los lagos y ríos, cazaban en las laderas y recolectaban raíces, bayas y plantas medicinales en un paisaje que combinaba zonas áridas con humedales y bosques. El nombre mismo de la región deriva de su lengua.
El valle ofrecía un entorno relativamente benigno dentro del interior montañoso de la actual Columbia Británica: el clima cálido y seco, los lagos como vías de comunicación y fuente de alimento, y la diversidad de ambientes permitieron una ocupación humana prolongada y una rica cultura, cuyos descendientes siguen presentes hoy en las comunidades Syilx del valle.
El contacto sostenido con los europeos llegó al Okanagan a comienzos del siglo XIX, en el marco del comercio de pieles que se expandía por el noroeste de Norteamérica. Las rutas de las compañías peleteras atravesaban el valle, que se convirtió en corredor de paso entre los puestos del interior y la costa. Con el comercio llegaron también las enfermedades introducidas, que afectaron gravemente a las poblaciones originarias, como ocurrió en toda la región.
A mediados del siglo XIX, la actividad misionera marcó un hito en la colonización. El sacerdote oblato Charles Pandosy estableció hacia 1859-1860, cerca de la actual Kelowna, una misión que suele considerarse uno de los primeros asentamientos europeos permanentes del valle. Allí se plantaron, según la tradición local, algunos de los primeros frutales y vides de la región, anticipando la futura vocación agrícola del Okanagan.
La fiebre del oro del cañón del río Fraser y otros movimientos de población atrajeron buscadores y ganaderos que comenzaron a establecerse en las tierras del valle. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, la ganadería extensiva y los primeros cultivos fueron desplazando los modos de vida tradicionales, mientras las comunidades Syilx eran confinadas a reservas, en un proceso de despojo territorial común a toda la Columbia Británica.
El verdadero despegue del Okanagan llegó a comienzos del siglo XX, cuando la combinación del ferrocarril y los grandes sistemas de riego transformó el valle. El clima cálido y seco, que hacía la zona casi inviable para la agricultura de secano, se reveló ideal para la fruticultura una vez que el agua de los lagos y arroyos fue conducida mediante canales y acequias hacia las tierras áridas. Las laderas resecas se convirtieron así en huertos.
Compañías de tierras promovieron el valle como un paraíso frutícola y atrajeron colonos —muchos de origen británico— con la promesa de pequeñas parcelas de huerto. Pronto el Okanagan se llenó de manzanos, durazneros, cerezos y otros frutales, y la fruta se convirtió en el sello de la región y en su principal motor económico. Localidades como Kelowna, Vernon y Penticton crecieron al ritmo de la cosecha y de las plantas de empaque.
Durante buena parte del siglo XX, el Okanagan fue conocido en todo Canadá como 'el reino de la fruta', con la manzana como emblema. La estampa de los huertos en flor en primavera y los puestos de fruta al borde de la ruta en verano se volvió parte de la identidad del valle, una imagen que perdura hasta hoy junto a los más recientes viñedos.
Aunque ya en la primera mitad del siglo XX había viñedos en el valle, la viticultura de calidad del Okanagan despegó sobre todo en las últimas décadas del siglo. A partir de los años ochenta y, en especial, tras los acuerdos comerciales que reordenaron la industria a fines de esa década, muchos productores arrancaron las viejas variedades y plantaron cepas nobles de origen europeo. El clima soleado, los suelos y la diversidad de microclimas del valle resultaron especialmente aptos para la vid.
En pocas décadas, el Okanagan se transformó en la principal región vinícola de Canadá, con cientos de bodegas distribuidas desde la zona central, más fresca, hasta el sur casi desértico de Oliver y Osoyoos. La región ganó reconocimiento internacional por sus blancos, sus tintos y, muy especialmente, por el Icewine o vino de hielo, elaborado con uvas congeladas en la planta, una especialidad que aprovecha los inviernos del interior.
El vino reforzó la vocación turística del valle, que ya era un clásico destino de verano por sus lagos y playas. Hoy el Okanagan combina el enoturismo, la fruticultura, los deportes acuáticos y la vida al aire libre, atrayendo a visitantes de todo Canadá. Las comunidades Syilx, por su parte, han recuperado protagonismo, con emprendimientos de turismo cultural y bodegas propias que reivindican su vínculo milenario con esta tierra.
De todos los personajes de la historia del valle, quizás el más famoso sea el que nunca nadie pudo fotografiar con claridad: Ogopogo, el monstruo del lago Okanagan. Su origen está en N'ha-a-itk, el espíritu del agua de la tradición Syilx, pero su nombre actual llegó por un camino curioso: en 1924, un club de Vernon adoptó como himno humorístico una canción británica de music-hall que hablaba de un animal fantástico llamado 'Ogo-Pogo', y el apodo se pegó al supuesto monstruo del lago. Desde entonces, avistamientos, fotos borrosas y una recompensa millonaria por su captura han mantenido viva la leyenda, que hoy tiene estatuas, souvenirs y un lugar asegurado en la identidad turística del valle, a la altura del monstruo del lago Ness escocés.
Más allá del mito, el Okanagan del siglo XXI es una de las regiones de mayor crecimiento de Canadá. Kelowna pasó de ser un tranquilo pueblo frutícola a convertirse en una de las ciudades de expansión más rápida del país, atrayendo a jubilados, trabajadores remotos y jóvenes seducidos por el clima, los lagos y la calidad de vida. Ese crecimiento, sin embargo, trae tensiones: la presión inmobiliaria, la competencia por el agua entre viñedos, huertos y ciudades, y unos veranos cada vez más marcados por los incendios forestales, como los que en 2003 y en años recientes amenazaron bodegas, casas y hasta los históricos trestles de Myra Canyon.
Hoy el valle equilibra su triple alma —el reino de la fruta, el país del vino y el balneario de verano— con el resurgir de las comunidades Syilx, que administran bodegas, centros culturales como el Nk'Mip y proyectos de conservación que reivindican su vínculo milenario con esta tierra. El resultado es uno de los destinos más completos del oeste canadiense: un lugar donde se puede nadar en un lago con supuesto monstruo por la mañana, catar un vino de hielo por la tarde y comprar cerezas recién cosechadas al borde de la ruta, todo bajo el mismo sol generoso que atrajo a la gente a este valle desde el principio de los tiempos.