La cuenca del río South Nahanni, en los Territorios del Noroeste, es desde tiempos inmemoriales el hogar ancestral del pueblo Dene, en particular de los Dehcho. Para estas comunidades, el río, sus cañones, sus montañas y sus aguas termales no son solo recursos, sino un territorio cargado de significado cultural y espiritual, presente en sus relatos, su memoria y su forma de habitar la tierra. Muchos de los nombres originarios de los lugares del parque reflejan esa relación profunda.
Los Dene recorrían y aprovechaban estacionalmente la región, cazando, pescando y desplazándose por un terreno tan magnífico como exigente. La gran catarata del río, que los forasteros bautizarían como Virginia Falls, es para ellos Náįlįcho, un sitio de enorme importancia. El conocimiento del territorio, transmitido de generación en generación, era esencial para sobrevivir y moverse en una de las naturalezas más imponentes y remotas del continente.
Ese vínculo ancestral es hoy parte central de la identidad y la gestión del parque. La Reserva del Parque Nacional Nahanni se administra reconociendo los derechos y la herencia de la nación Dene, y se trabaja para que la conservación de este paisaje extraordinario respete y refleje la cultura de quienes lo habitan desde mucho antes de que llegara cualquier forastero.
En 1908, un hombre llamado Charlie McLeod remontó el río South Nahanni buscando a sus dos hermanos, Frank y Willie, desaparecidos tres años antes en una expedición en busca de oro. Lo que encontró en la orilla, en un valle vasto y silencioso, se convertiría en la piedra fundacional de la leyenda más oscura del norte canadiense: dos esqueletos junto a los restos de un campamento, ambos decapitados. Según el relato que corrió por todo Canadá, uno de los cuerpos yacía con el brazo estirado hacia su rifle, como si la muerte lo hubiera sorprendido de golpe. Antes de partir, los hermanos habían dicho a sus conocidos que habían hallado oro puro; el único mensaje que dejaron, tallado en un tronco, decía: 'Encontramos un buen yacimiento'.
De aquel macabro hallazgo nacieron los topónimos que hicieron célebre al Nahanni en la imaginación popular: 'Deadmen Valley' (el Valle de los Muertos), 'Headless Creek' (el Arroyo Sin Cabeza) y 'Funeral Range' (la Cordillera del Funeral). Y los McLeod no fueron los únicos: a lo largo del siglo XX, la región acumuló decenas de muertes y desapariciones de buscadores y aventureros —la Real Policía Montada llegó a contar más de cuarenta desde 1908—, muchas de ellas sin explicación clara. Se tejieron leyendas sobre tribus ocultas en valles perdidos, sobre criaturas monstruosas y aguas termales que escondían una civilización tropical en pleno Ártico.
Más allá de cuánto haya de cierto en cada relato —el clima extremo, los rápidos letales y el aislamiento total bastan para explicar la mayoría de las tragedias—, ese halo legendario convirtió al Nahanni en uno de los lugares más fascinantes de Canadá mucho antes de que fuera parque. Para la nación Dene, conviene recordarlo, nada de esto es misterio: es su territorio ancestral, conocido y respetado desde mucho antes de que llegara el primer buscador de oro.
El valor natural excepcional de la cuenca del South Nahanni —sus cañones de más de mil metros, las Cataratas Virginia, sus formaciones kársticas, cuevas y manantiales termales— impulsó su protección. La Reserva del Parque Nacional Nahanni fue establecida en 1972. La tradición cuenta que la creación del parque estuvo ligada al entusiasmo del entonces primer ministro Pierre Trudeau, quien quedó impresionado al recorrer y sobrevolar la zona.
El reconocimiento mundial llegó muy pronto: en 1978, Nahanni fue uno de los primerísimos lugares inscritos en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, en la primera tanda de sitios naturales reconocidos a nivel global. Esa distinción consagró la importancia internacional de su geología, sus paisajes y sus ecosistemas, situándolo entre los grandes tesoros naturales del planeta.
Décadas después, en 2009, el parque vivió una ampliación drástica que multiplicó su superficie para proteger casi la totalidad de la cuenca del South Nahanni, una de las mayores ampliaciones de un área protegida en la historia de Canadá. Hoy Nahanni se mantiene como un bastión de naturaleza virgen, accesible solo por aire y gestionado junto a la nación Dene, un destino de aventura mayúscula y un símbolo de la conservación de los grandes espacios salvajes del norte.
El valor universal de Nahanni no es solo escénico, sino profundamente geológico. A lo largo de millones de años, el río South Nahanni excavó sus cuatro grandes cañones en una meseta que, en lugar de desviarse al levantarse las montañas, mantuvo su curso y cortó la roca: es un raro ejemplo de río antecedente, anterior a las cordilleras que hoy atraviesa. El resultado son paredes que en algunos puntos superan los mil metros, entre las gargantas más profundas de Canadá.
La región alberga además uno de los sistemas kársticos más notables del norte continental: el Nahanni North Karst y el Ram Plateau, un paisaje de cuevas, dolinas, sumideros y túneles labrados en la piedra caliza, en parte aún inexplorado y de enorme interés científico. A ello se suman las Cataratas Virginia (Náįlįcho), los manantiales termales como los de Kraus y las formaciones de toba calcárea, que en conjunto componen un catálogo casi completo de procesos fluviales y kársticos en una sola cuenca.
Estos rasgos fueron precisamente los que justificaron la inscripción del parque en la lista del Patrimonio de la Humanidad por sus criterios naturales. La gestión actual, compartida con la nación Dene, busca preservar tanto esa integridad geológica y ecológica como el vínculo cultural ancestral, manteniendo a Nahanni como uno de los grandes laboratorios vivos de la geología del planeta y un refugio para especies como el oso grizzly, el caribú de bosque y la oveja de Dall.
Ninguna historia del Nahanni está completa sin Albert Faille, el trampero que convirtió la leyenda del oro perdido en el proyecto de toda una vida. Nacido en Duluth (Minnesota) en 1887, veterano de la Primera Guerra Mundial, Faille emigró a Canadá en 1927 y llegó directo, por el río Mackenzie y Fort Simpson, a la cuenca del South Nahanni. Quedó atrapado por el mismo hechizo que había perdido a los hermanos McLeod: en algún lugar de esos cañones, creía, esperaba el yacimiento de oro que ellos habían encontrado antes de morir.
Durante casi medio siglo, cada primavera, Faille cargaba su bote y remontaba en solitario los ríos Liard y Nahanni, cargando sus embarcaciones a hombros para sortear las Cataratas Virginia (un portage brutal de kilómetro y medio junto a una caída de casi cien metros) y adentrándose en la alta montaña en busca del oro que nunca encontró. Repitió ese viaje, tenaz y solitario, hasta bien entrada la vejez. Nunca halló la fortuna, pero se convirtió en algo más valioso: en la encarnación viva del espíritu del Nahanni.
En 1962, la National Film Board de Canadá filmó 'Nahanni', un célebre corto documental de Donald Wilder que seguía a Faille, ya septuagenario, en una de sus expediciones río arriba. La película lo transformó en un ícono nacional, el símbolo del buscador incansable enfrentado a una naturaleza colosal. Faille murió en Fort Simpson en 1973, a los 86 años, sin haber encontrado jamás su oro. Su cabaña, conservada tras su muerte, es hoy el edificio más antiguo que sigue en pie en Fort Simpson y un pequeño museo: el testimonio de un hombre que amó al Nahanni más que a cualquier tesoro, y que resume, mejor que ninguna leyenda, por qué este río sigue atrapando la imaginación de quien se acerca a él.