Mucho antes de que existiera Montreal, la gran isla del río San Lorenzo donde hoy se asienta la ciudad estaba habitada por pueblos de lengua iroquesa. Cuando el explorador francés Jacques Cartier remontó el río en 1535, durante su segundo viaje a América, encontró al pie de la montaña una populosa aldea iroquesa fortificada llamada Hochelaga, rodeada de campos de maíz. Cartier fue recibido por sus habitantes y subió a la cima de la colina, desde donde contempló el vasto paisaje del río y las tierras circundantes.
Impresionado por la vista, Cartier bautizó a la montaña 'Mont Royal' (Monte Real), un nombre que, con el tiempo y deformaciones lingüísticas, daría origen al nombre de la ciudad: Montréal. Así, el topónimo de una de las grandes metrópolis de América nació de aquel gesto de un explorador del siglo XVI al subir a la colina que aún hoy domina y da carácter a la ciudad.
Curioso destino el de Hochelaga: cuando, décadas más tarde, el explorador Samuel de Champlain volvió a la zona a comienzos del siglo XVII, la aldea iroquesa ya había desaparecido, por razones que aún se debaten (conflictos, enfermedades, migraciones). De aquel próspero asentamiento originario solo quedó el recuerdo en las crónicas y, hoy, el nombre 'Hochelaga' pervive en un barrio de Montreal. La isla, sin embargo, conservaba su posición estratégica en la gran ruta fluvial del San Lorenzo, lo que la convertiría, un siglo después, en lugar de fundación de una ciudad europea.
El Montreal moderno nació de un sueño religioso. En 1642, un grupo de colonos franceses profundamente devotos, animados por un proyecto místico de evangelización, fundaron en la isla un pequeño asentamiento al que llamaron Ville-Marie ('Ciudad de María'), en honor a la Virgen. A diferencia de otras colonias nacidas por motivos comerciales o estratégicos, Ville-Marie fue concebida como una misión: llevar el cristianismo a los pueblos originarios y crear una comunidad cristiana modelo en el Nuevo Mundo.
Al frente del proyecto estuvo Paul de Chomedey, sieur de Maisonneuve, un militar y noble francés que fue el primer gobernador y fundador de la ciudad. Junto a él, una figura clave fue Jeanne Mance, una enfermera y devota laica que fundó en Ville-Marie el Hôtel-Dieu, uno de los primeros hospitales de América del Norte, y que es considerada cofundadora de la ciudad. Más tarde se sumaría Marguerite Bourgeoys, fundadora de una congregación dedicada a la educación. Estas figuras dieron a Montreal una fuerte impronta católica desde sus orígenes.
Los primeros años fueron extremadamente duros: el pequeño asentamiento, aislado y vulnerable, vivió bajo la constante amenaza de los conflictos con los iroqueses, en el marco de las guerras por el control del comercio de pieles. Pese a todo, Ville-Marie sobrevivió y, gracias a su privilegiada ubicación en el San Lorenzo —en el punto donde los rápidos de Lachine obligaban a interrumpir la navegación—, se convirtió poco a poco en un centro neurálgico del comercio de pieles, la actividad económica que dominaría la región durante generaciones.
Durante los siglos XVII y XVIII, Montreal creció como el gran centro del comercio de pieles de Nueva Francia. Su ubicación en el San Lorenzo, en el punto donde los rápidos de Lachine cortaban la navegación, la convertía en la puerta de entrada al vasto interior del continente. Desde aquí partían los voyageurs en sus canoas hacia los Grandes Lagos y el oeste para comerciar pieles de castor con los pueblos originarios, y aquí volvían a comerciarlas. Montreal se transformó en una próspera y bulliciosa plaza comercial, todavía rodeada de murallas.
Pero la rivalidad entre Francia y Gran Bretaña por el dominio de América del Norte terminó alcanzando a la ciudad. En la Guerra de los Siete Años (conocida en Norteamérica como la Guerra Franco-India), tras la caída de la Ciudad de Quebec en 1759, las fuerzas británicas avanzaron sobre Montreal. En 1760, la ciudad se rindió a los británicos sin combatir, en la llamada Capitulación de Montreal, que marcó el fin del dominio francés en Canadá. En 1763, el Tratado de París cedió formalmente Nueva Francia a Gran Bretaña.
El cambio de soberanía fue enorme, pero Montreal y todo Quebec conservaron algo fundamental: su lengua, su religión católica y su cultura francesa. Los británicos, conscientes de que gobernaban una población mayoritariamente francófona, terminaron por reconocer (con el Acta de Quebec de 1774) el derecho de los canadienses franceses a mantener su idioma, su fe y sus leyes civiles francesas. Así nació la singular convivencia que define a Montreal hasta hoy: una ciudad de cultura francesa bajo soberanía británica, donde con el tiempo se sumaría una importante comunidad anglófona dedicada al comercio.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, Montreal se consolidó como la metrópolis económica indiscutida de Canadá: su ciudad más grande, su principal puerto, su centro financiero e industrial. El San Lorenzo, con la construcción de canales (como el de Lachine, que sorteaba los rápidos) y luego del puerto y los ferrocarriles, convirtió a Montreal en el gran nudo del comercio del país, conectando el interior del continente con el Atlántico.
La ciudad se industrializó y creció vertiginosamente, atrayendo grandes olas de inmigración que transformaron su tejido social. A los francófonos y a la élite comercial anglófona (de origen británico y escocés, que controlaba buena parte de la economía) se sumaron irlandeses (que llegaron en masa huyendo de la hambruna), judíos de Europa del Este (que dieron a la ciudad su cultura del smoked meat y los bagels), italianos (que fundaron la Petite-Italie) y muchas otras comunidades. Montreal se volvió una ciudad cosmopolita y multicultural, con barrios étnicos bien marcados.
Fue la época dorada de la 'metrópoli del río': se levantaron grandes edificios bancarios, mansiones en el Golden Square Mile (donde vivía la rica burguesía anglófona), iglesias monumentales y una vibrante vida cultural. Durante mucho tiempo, Montreal fue, sin discusión, la primera ciudad de Canadá y una de las grandes urbes de América del Norte, símbolo del poderío económico del país y punto de encuentro de sus dos grandes comunidades lingüísticas, no siempre en armonía.
La segunda mitad del siglo XX fue una época de grandes transformaciones para Montreal, tanto en su imagen mundial como en su identidad profunda. En lo cultural y político, la provincia de Quebec vivió en los años sesenta la 'Révolution tranquille' (Revolución Tranquila): un periodo de modernización acelerada y de afirmación de la identidad francófona, en el que el Estado quebequés se laicizó, se modernizó y los francófonos reclamaron un papel protagónico en la economía y la sociedad de su propia provincia, durante mucho tiempo dominada económicamente por la minoría anglófona. De ese fervor nacionalista surgiría también el movimiento independentista quebequés.
En lo internacional, Montreal vivió sus dos grandes momentos de gloria. En 1967 organizó la Exposición Universal (Expo 67), un éxito rotundo que coincidió con el centenario de Canadá y que mostró al mundo una ciudad moderna y abierta; de aquella exposición quedaron íconos como la Biosphère (la cúpula geodésica de Buckminster Fuller). Pocos años después, en 1976, fue sede de los Juegos Olímpicos de verano, que dejaron como legado el Stade olympique con su torre inclinada, aunque también una enorme deuda que la ciudad tardó décadas en pagar.
Estos años también tuvieron su lado tenso: las tensiones lingüísticas y políticas (incluida la crisis de octubre de 1970, con acciones del grupo independentista FLQ) y la incertidumbre por el futuro de Quebec llevaron a muchas empresas a trasladar sus sedes a Toronto. Así, a lo largo de los años setenta, Toronto superó definitivamente a Montreal como capital financiera de Canadá. Montreal dejó de ser la primera ciudad del país en lo económico, pero conservó —y reforzó— su papel como capital cultural y como corazón de la Francofonía en América.
La Montreal de hoy es una ciudad que ha encontrado su identidad en la cultura, la creatividad y su carácter único como gran metrópolis francófona de América. Aunque cedió a Toronto el primer lugar económico, se reinventó como una capital cultural, universitaria, tecnológica y festiva de primer nivel, orgullosa de su mezcla de raíces francesas, herencia británica y diversidad inmigrante.
Es, ante todo, una ciudad de festivales y de vida en la calle: su Festival Internacional de Jazz es uno de los mayores del mundo, el Just for Laughs es la gran cita del humor, y el calendario veraniego está repleto de eventos que llenan plazas y veredas. Su escena gastronómica, su vida nocturna, sus barrios creativos como el Plateau y el Mile End, y sus universidades (McGill, Université de Montréal, Concordia, UQAM) le dan una energía joven y cosmopolita. Es también un importante centro de la industria del videojuego, los efectos especiales y la tecnología.
La cuestión lingüística sigue siendo central en su identidad: Montreal es la mayor ciudad mayoritariamente francófona de América y un bastión de la lengua francesa en el continente, con leyes que protegen el francés, aunque convive con una notable comunidad anglófona y con inmigrantes de todo el mundo. Esa tensión y esa mezcla, lejos de debilitarla, le dan un carácter inconfundible. Para el viajero, Montreal ofrece lo mejor de dos mundos: el encanto, la gastronomía y el arte de vivir europeos, con la escala, la diversidad y la energía de una gran ciudad americana. Es, sencillamente, una de las ciudades más con personalidad de todo el continente.