Mucho antes de que existiera estación de esquí alguna, la región de los Laurentides era territorio del pueblo algonquino (anishinaabe), que recorría sus bosques, montañas y centenares de lagos cazando, pescando y viajando en canoa por una red de vías de agua. Para ellos, la gran montaña que hoy lleva el nombre de Tremblant tenía un carácter sagrado. Según la tradición que se les atribuye, la llamaban 'Manitonga Soutana', que suele traducirse como 'montaña del espíritu', 'montaña de los dioses' o 'montaña de los diablos'.
De esa creencia nace el nombre actual. Cuenta la leyenda que los algonquinos creían que un espíritu (Manitou) habitaba la montaña, y que cuando los seres humanos perturbaban el equilibrio de la naturaleza —por ejemplo, alterando los ríos o los bosques—, el espíritu se enojaba y hacía 'temblar' la montaña. De ahí derivó el nombre francés con que los colonos rebautizaron el lugar: 'Mont Tremblant', es decir, 'el monte que tiembla' o 'monte tembloroso'.
Esta leyenda, que une la cosmovisión algonquina con el respeto por la naturaleza, le da al destino una de sus señas de identidad y se cuenta una y otra vez a los visitantes. Más allá del relato, refleja la profunda relación de los pueblos originarios con un paisaje que habitaron durante miles de años antes de la llegada de los europeos.
Durante buena parte del período colonial, los Laurentides —esa región montañosa y boscosa al norte de Montreal— permanecieron en gran medida al margen de la colonización agrícola, vistos como un territorio áspero y poco propicio para el cultivo. La gran transformación llegó en la segunda mitad del siglo XIX, de la mano de una figura singular: el curé Antoine Labelle, un sacerdote católico que se convirtió en el gran impulsor de la apertura y el poblamiento de la región.
Labelle promovió con energía la colonización de los Laurentides por parte de familias francocanadienses, en parte para evitar que emigraran a las fábricas de Estados Unidos. Fundó y apoyó parroquias y pueblos, fomentó la agricultura y la explotación forestal, y sobre todo impulsó la llegada del ferrocarril a la región. Ese ferrocarril, conocido popularmente como el 'P'tit Train du Nord' ('el trencito del norte'), conectó los Laurentides con Montreal y resultó decisivo: no solo facilitó la colonización y el transporte de madera, sino que, con el tiempo, abrió la región al turismo, llevando a montañeses, excursionistas y, más tarde, a los primeros esquiadores hacia las montañas del norte.
Gracias a este impulso, los Laurentides pasaron de ser una frontera selvática a convertirse en una región poblada y, andando el tiempo, en el gran patio de recreo de Montreal. El trazado de aquel viejo ferrocarril es hoy, convertido en vía verde, la famosa ciclovía del P'tit Train du Nord, una de las más largas y populares de Norteamérica.
El nacimiento de Mont-Tremblant como destino de esquí —y, con el tiempo, como uno de los grandes íconos turísticos de Canadá— se debe a la visión de un empresario estadounidense, Joe Ryan. A fines de la década de 1930, Ryan, cautivado por la montaña, decidió desarrollarla como una estación de esquí de primer nivel. En 1939 inauguró el centro de esquí de Mont-Tremblant, una de las primeras estaciones de esquí de Norteamérica y pionera en el este del continente.
La apuesta era audaz: en una época en que el esquí recreativo recién despegaba, Ryan invirtió en remontes, alojamiento y servicios para atraer a esquiadores a esta montaña de los Laurentides. La cercanía a Montreal (y la conexión por el 'P'tit Train du Nord') y la calidad de la montaña hicieron el resto. Mont-Tremblant se ganó pronto una reputación que trascendió la región, atrayendo a esquiadores de Canadá y Estados Unidos.
Durante las décadas siguientes, la estación creció de manera constante, ampliando sus pistas y remontes y consolidándose como la principal estación de esquí del este de Norteamérica. Aquel impulso pionero de los años treinta sentó las bases de todo lo que vendría después y convirtió el nombre de Tremblant en sinónimo de esquí en el imaginario canadiense.
Paralelamente al desarrollo turístico de la montaña, la región fue objeto también de un esfuerzo de conservación de su extraordinaria naturaleza. El Parc national du Mont-Tremblant es uno de los parques provinciales más antiguos y más grandes de Quebec: sus orígenes se remontan a comienzos del siglo XX, cuando se reservó un vasto territorio de bosques, lagos y ríos al norte de la montaña para protegerlo. A lo largo de las décadas, el parque cambió de figura y de límites, pero mantuvo su misión de salvaguardar uno de los grandes espacios naturales del sur de Quebec.
Hoy gestionado por la red de parques nacionales de Quebec (la Sépaq), el parque protege una enorme superficie de bosque mixto y boreal, salpicada por cientos de lagos y atravesada por ríos como el Diable y el Assomption, con cascadas, valles y montañas redondeadas típicas del escudo canadiense. Es refugio de una rica fauna, con alces, osos negros, castores, lobos y el característico loon (somormujo) de los lagos canadienses.
El parque conserva el espíritu salvaje de los Laurentides que conocieron los algonquinos y los primeros colonos, y ofrece a los visitantes una inmersión en la naturaleza —senderismo, canotaje, acampe en verano; esquí de fondo y raquetas en invierno— bien diferenciada del ambiente animado de la estación. Su existencia recuerda que, además del esquí y el turismo, Mont-Tremblant es ante todo un paisaje natural de gran valor que se ha querido preservar.
Aunque Mont-Tremblant era ya una estación de esquí reconocida desde mediados del siglo XX, su gran transformación en el destino turístico internacional de las cuatro estaciones que es hoy ocurrió en la década de 1990. En esos años, una importante empresa de desarrollo de complejos de montaña (Intrawest) adquirió la estación e invirtió cuantiosas sumas en reinventarla por completo.
La pieza central de aquella transformación fue la creación del actual pueblo peatonal al pie de la montaña. Inspirado en la arquitectura tradicional del Quebec antiguo —con casas de colores vivos, techos a dos aguas, calles empedradas y plazas, todo libre de autos—, el nuevo pueblo recreó la atmósfera de una aldea quebequesa de cuento, pero con todos los servicios de un resort moderno: hoteles, restaurantes, tiendas, vida nocturna y un acceso directo a las pistas. Se modernizaron además los remontes y las instalaciones de la montaña.
Aquella apuesta resultó un enorme éxito y catapultó a Mont-Tremblant a la primera línea de los destinos turísticos de Canadá. Dejó de ser solo una estación de esquí para convertirse en un destino de todo el año: esquí en invierno, senderismo, ciclismo y aventura en verano, follaje en otoño, festivales, golf y lagos. Hoy, Mont-Tremblant combina la leyenda algonquina de 'la montaña que tiembla', la herencia colonizadora de los Laurentides, el espíritu pionero del esquí y el encanto de su pueblo peatonal en uno de los destinos de montaña más queridos y completos del este de Norteamérica.