Mucho antes de que existiera un solo remonte o una sola bicicleta de descenso, la gran montaña que hoy llamamos Mont-Sainte-Anne era, sencillamente, el telón de fondo de una de las regiones más antiguas y devotas de Nueva Francia. A sus pies, en la Côte-de-Beaupré —una estrecha franja de tierra entre el río San Lorenzo y las primeras estribaciones de los montes Laurentinos, al noreste de la Ciudad de Quebec—, marineros bretones que temían naufragar en el gran río se encomendaban a Santa Ana. En su honor levantaron, hacia mediados del siglo XVII, una capilla que con los siglos se convertiría en un santuario de peregrinación conocido en toda América.
Esta región fue una de las primeras zonas colonizadas de Nueva Francia: ya en el siglo XVII los colonos franceses se asentaron a lo largo de la costa, formando una sucesión de parroquias agrícolas que aún hoy se reconocen en los pueblos de la zona. La montaña y todo el territorio deben su nombre a Santa Ana, madre de la Virgen María y patrona de Quebec, cuya devoción está en el corazón mismo de la identidad de la Côte-de-Beaupré.
Durante siglos, la vida de la región giró en torno a la agricultura, la pesca en el río y esa intensa religiosidad. La gran montaña, cubierta de bosques y de nieve buena parte del año, era un paisaje que se contemplaba, no un destino al que se subía. Su transformación en uno de los grandes centros deportivos del este de Canadá llegaría mucho más tarde, ya bien entrado el siglo XX, y de la mano de un puñado de esquiadores pioneros.
La aventura del esquí en el Mont-Sainte-Anne empezó en 1943, cuando un grupo de esquiadores pioneros se propuso abrir las primeras pistas en la montaña; en abril de 1944 los primeros esquiadores se lanzaron por sus laderas. Pero el gran salto llegó en enero de 1966, cuando la montaña se inauguró oficialmente como estación de esquí, con cuatro remontes —entre ellos la única telecabina (góndola) del este de Canadá— y diez pistas. Aprovechando la proximidad a la Ciudad de Quebec y el considerable desnivel de la montaña, el lugar se convirtió con rapidez en uno de los destinos de invierno preferidos de la capital provincial y de todo el este del país.
Con los años, la estación creció con nuevos remontes, pistas en varias laderas y un extenso sistema de esquí de fondo que llegó a ser de los más importantes de Canadá. El esquí nocturno, con pistas iluminadas y vistas a las luces de Quebec y al San Lorenzo, se convirtió en una de sus señas de identidad. El Mont-Sainte-Anne llegó incluso a acoger competencias internacionales de esquí, consolidando su prestigio deportivo a nivel continental.
La cercanía a una ciudad Patrimonio de la Humanidad como Quebec le dio a la estación una ventaja única: la posibilidad de combinar deporte de montaña con turismo cultural y gastronómico, algo poco frecuente en los grandes centros de esquí de Norteamérica, a menudo aislados en plena cordillera. Esa doble carta —nieve de calidad y una de las ciudades más bellas del continente a cuarenta minutos— sigue siendo, hasta hoy, su mayor atractivo.
A partir de las décadas de 1980 y 1990, el Mont-Sainte-Anne sumó una segunda vida en la temporada cálida al apostar fuerte por el ciclismo de montaña, un deporte entonces emergente. Aprovechando su desnivel y la góndola que ya transportaba esquiadores en invierno, la estación desarrolló senderos de descenso y cross-country que pronto atrajeron la atención del circuito internacional. En 1991 recibió su primera Copa del Mundo de mountain bike de la Unión Ciclista Internacional (UCI), el inicio de un vínculo que duraría décadas.
Desde entonces, la montaña se volvió una de las sedes más emblemáticas del calendario mundial: acogió los Campeonatos del Mundo de mountain bike de la UCI en tres ocasiones —1998, 2010 y 2019—, recibiendo a los mejores ciclistas del planeta. Ese historial le valió el apodo de 'templo del mountain bike' y consolidó al Mont-Sainte-Anne como uno de los destinos de ciclismo de montaña más reconocidos de Canadá y de toda América del Norte, con trazados exigentes y técnicos muy valorados por los profesionales.
Hoy el Mont-Sainte-Anne es un destino de cuatro estaciones: esquí alpino, esquí de fondo y raquetas en invierno; ciclismo de montaña, senderismo y actividades de aventura en verano y otoño. Su combinación de naturaleza, deporte de alto nivel y cercanía a la Ciudad de Quebec y a los atractivos de la Côte-de-Beaupré lo mantienen como uno de los polos turísticos de montaña más completos del este del país.
El Mont-Sainte-Anne no se entiende sin la Côte-de-Beaupré, la franja histórica que lo rodea y que es una de las cunas de la Nueva Francia. El santuario de Sainte-Anne-de-Beaupré es el alma espiritual de la región: la devoción a Santa Ana nació aquí en el siglo XVII y, según la tradición, los primeros milagros atribuidos a la santa se remontan a la construcción de una capilla hacia 1658. A lo largo de los siglos, sucesivas iglesias dieron paso a la imponente basílica neorrománica actual, levantada en el siglo XX tras un incendio, que recibe cada año a más de un millón de peregrinos, lo que la convierte en uno de los grandes santuarios de América del Norte.
La cercana cascada de Montmorency (Chute Montmorency), de 83 metros —más alta que las cataratas del Niágara—, fue bautizada en 1613 por Samuel de Champlain en honor al duque de Montmorency, virrey de Nueva Francia. En su entorno se libró, en 1759, un episodio de la guerra que enfrentó a franceses y británicos por el control de Quebec. Hoy es un parque gestionado por la Sépaq y una de las atracciones naturales más visitadas de la provincia.
A pocos kilómetros, el Canyon Sainte-Anne, una garganta excavada por el río Sainte-Anne-du-Nord, completa el conjunto de maravillas naturales de la zona. Esa combinación de patrimonio religioso, historia colonial y naturaleza espectacular es lo que dio a la región su identidad mucho antes de que la montaña se convirtiera en estación de esquí, y lo que hoy permite al visitante combinar deporte de montaña con un viaje a los orígenes de la Nueva Francia.