La historia de London comienza, curiosamente, como un proyecto sobre el papel antes que como un pueblo real. En 1793, John Graves Simcoe, primer teniente gobernador del recién creado Alto Canadá (la provincia que con el tiempo sería Ontario), recorrió el suroeste de la colonia buscando un lugar central, defendible y alejado de la frontera con Estados Unidos para establecer la capital de la provincia. La región de la actual London, en la confluencia de dos ramales de un río, le pareció ideal.
Simcoe, imbuido de un fuerte sentimiento británico, bautizó el sitio 'London' en homenaje a la capital de Inglaterra, y llamó 'Thames' (Támesis) al río que lo atravesaba, en referencia al Támesis londinense. Su idea era reproducir, en el corazón del Alto Canadá, una nueva London junto a un nuevo Támesis. Llegó incluso a imaginar el trazado de la futura capital.
Sin embargo, el plan de hacer de London la capital no prosperó. Las autoridades superiores prefirieron primero Newark (Niagara-on-the-Lake) y luego, por razones estratégicas, la actual Toronto (entonces York). London quedó así, durante décadas, como un nombre y un proyecto sin asentamiento. Pero el topónimo británico —y el del río— echaron raíces y marcarían para siempre la identidad de la futura ciudad.
El asentamiento permanente de London recién se estableció en 1826, más de tres décadas después de que Simcoe imaginara la ciudad. Ese año se fundó el pueblo como sede administrativa del Distrito de London, una vasta región del suroeste del Alto Canadá. La elección como centro judicial y de gobierno del distrito le dio un impulso decisivo: pronto se levantaron tribunales, una cárcel y los edificios de la administración, alrededor de los cuales creció el caserío.
London prosperó como centro de servicios de una región agrícola en expansión, poblada por colonos británicos y de otros orígenes que talaban los bosques y abrían campos de cultivo. El pueblo creció con rapidez a lo largo del siglo XIX, organizando su trazado con calles que, fieles al espíritu fundacional, recibían nombres tomados de Londres, Inglaterra: Oxford Street, Piccadilly, Pall Mall, y el mercado de Covent Garden, entre otros.
En 1845, un gran incendio devastó buena parte del pueblo de madera, una catástrofe frecuente en las ciudades de la época. London fue reconstruida, esta vez con más edificios de ladrillo y piedra, y siguió creciendo. La llegada del ferrocarril a mediados del siglo XIX consolidó su papel como nudo de comunicaciones y centro comercial del suroeste de Ontario, y en 1855 obtuvo oficialmente el estatus de ciudad (city).
Una de las características más singulares de London es la manera en que reprodujo, casi como un eco, la geografía y la nomenclatura de la capital británica. Más allá del nombre de la ciudad y del río Támesis, los colonos y planificadores fueron sembrando referencias a Londres, Inglaterra, por todo el mapa urbano. El centro tiene su Covent Garden Market, calles como Oxford Street, Pall Mall, Piccadilly y Cheapside, y barrios y puentes que evocan los del Londres original.
Este carácter deliberadamente británico reflejaba la identidad de los colonos del Alto Canadá, mayoritariamente leales a la Corona, muchos de ellos descendientes de los United Empire Loyalists que habían emigrado tras la independencia de Estados Unidos, y de inmigrantes llegados de las Islas Británicas a lo largo del siglo XIX. London se convirtió así en una de las ciudades más 'inglesas' de Canadá en su nomenclatura y su espíritu.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad fue construyendo las instituciones propias de un centro regional: tribunales, escuelas, iglesias de distintas confesiones, periódicos, bancos, una próspera actividad comercial vinculada al campo y las primeras industrias. Su perfil de ciudad ordenada, arbolada y de fuerte impronta británica se fue afianzando, y con él la fama de 'Forest City' por la abundancia de árboles que la caracterizaba.
El capítulo más trascendente de la historia de London no es político ni militar, sino científico, y se desarrolló en una modesta casa de ladrillo. A comienzos de los años veinte, el joven médico y cirujano Frederick Banting, veterano de la Primera Guerra Mundial, se instaló en London para ejercer la medicina y, al mismo tiempo, enseñar en la Western University. Su práctica privada no marchaba bien, lo que le dejaba tiempo para reflexionar sobre problemas médicos.
En la madrugada del 31 de octubre de 1920, mientras preparaba una clase sobre el páncreas, Banting se despertó con una idea que anotó apresuradamente: una hipótesis sobre cómo aislar la secreción interna del páncreas, vinculada a la diabetes. Esa idea, concebida en su dormitorio de London, fue la chispa que lo llevó al año siguiente a la Universidad de Toronto, donde, junto con el estudiante Charles Best y bajo la dirección de John Macleod —y con la colaboración del bioquímico James Collip—, logró aislar la insulina en 1921 y aplicarla con éxito en pacientes en 1922.
El descubrimiento de la insulina fue uno de los grandes hitos de la medicina del siglo XX: transformó la diabetes, hasta entonces una sentencia de muerte, en una enfermedad tratable, salvando millones de vidas en todo el mundo. Banting y Macleod recibieron el Premio Nobel de Medicina en 1923. La casa de London donde Banting tuvo la idea es hoy la Banting House National Historic Site, un museo dedicado a su figura y a la historia de la insulina, en cuyo jardín arde la 'Llama de la Esperanza', encendida por la reina Isabel II en 1989, que solo se apagará cuando se halle una cura para la diabetes.
A lo largo del siglo XX, London consolidó el perfil que la define hoy: una ciudad de tamaño medio centrada en la educación, la salud, los servicios y la administración, más que en la gran industria pesada. La fundación de la Western University (oficialmente University of Western Ontario) en 1878 fue clave: con el tiempo se convirtió en una de las universidades más prestigiosas de Canadá, atrayendo a miles de estudiantes y dándole a la ciudad su característico ambiente juvenil y su vida cultural.
A la universidad se sumó el desarrollo de un gran polo de salud, con hospitales y centros de investigación médica de primer nivel (hoy agrupados en el London Health Sciences Centre y otras instituciones), que hicieron de la ciudad un importante centro sanitario para todo el suroeste de Ontario. London también albergó industrias y empresas de seguros, alimentos y tecnología, diversificando su economía.
La ciudad creció absorbiendo localidades vecinas y extendiéndose por el valle del Támesis, siempre fiel a su fama de 'Forest City', con grandes parques como Springbank y una extensa red de senderos ribereños. Sin grandes íconos turísticos pero con una sólida calidad de vida, London se afirmó como una ciudad tranquila, verde y culta, representativa del Canadá ontariano cotidiano, y como una parada lógica en las rutas que cruzan el suroeste de la provincia entre Toronto y la frontera con Estados Unidos.