Mucho antes de recibir el nombre de una princesa británica, el lago que hoy llamamos Louise era conocido y frecuentado por los pueblos originarios de las Rocosas, en especial por los Stoney Nakoda (Îyârhe Nakoda). Estos pueblos recorrían los valles de montaña, cazaban en sus bosques y conocían perfectamente este lago glaciar de aguas turquesa enclavado entre las cumbres. Para ellos no era una atracción turística, sino parte de un territorio ancestral con el que mantenían una relación profunda.
Los Stoney Nakoda tenían su propio nombre para el lago, vinculado a su entorno y su fauna: lo llamaban algo que suele traducirse como 'el lago de los peces pequeños' (en referencia a los peces que habitaban sus aguas). Este nombre, surgido de la observación directa y de la vida en el lugar, contrasta con el nombre europeo posterior, tomado de la corte británica, y nos recuerda que el lago tenía una identidad y una historia mucho antes de que llegaran los exploradores y el ferrocarril.
La relación de los pueblos originarios con esta región se vio profundamente alterada por la llegada de los europeos, la creación del parque nacional y las restricciones que esto impuso sobre el uso tradicional de las tierras. Hoy, esa historia anterior se reconoce cada vez más como una capa fundamental del relato del lago Louise y de las Rocosas, y la conexión ancestral de los Stoney Nakoda y otros pueblos con este territorio se valora como parte esencial de su patrimonio.
El 'descubrimiento' europeo del lago Louise está ligado, una vez más, a la construcción del ferrocarril transcontinental a través de las Rocosas. En 1882, mientras las cuadrillas del Canadian Pacific Railway avanzaban por la región, un explorador y guía llamado Tom Wilson, que trabajaba para el ferrocarril, llegó hasta las orillas del lago. Según el relato más difundido, Wilson fue guiado hasta allí por miembros de los Stoney Nakoda, que conocían el lugar y le hablaron de un lago de montaña en las alturas.
Wilson quedó maravillado por la belleza del lago turquesa enmarcado por las montañas y el glaciar. Inicialmente, le puso el nombre de 'Emerald Lake' (lago Esmeralda), por el color de sus aguas. Poco después, sin embargo, el lago fue rebautizado con el nombre que conserva hasta hoy: Louise, en honor a la princesa Luisa Carolina Alberta, hija de la reina Victoria y esposa del marqués de Lorne, que por entonces era Gobernador General de Canadá. (La provincia de Alberta también debe su nombre a esta misma princesa.)
El 'descubrimiento' de Wilson abrió el lago al mundo exterior y, sobre todo, a los ojos del ferrocarril, que enseguida comprendió su enorme potencial turístico. Aquel lago remoto y casi desconocido para los europeos estaba a punto de convertirse en una de las grandes atracciones de las Rocosas, en buena medida gracias a la maquinaria publicitaria y constructora del Canadian Pacific, que ya estaba transformando la cercana Banff en un destino de moda.
Como había hecho en Banff con el Banff Springs Hotel, el Canadian Pacific Railway vio en el lago Louise una oportunidad turística de oro y actuó en consecuencia. Para atraer a los viajeros que recorrían su ferrocarril hacia el espectacular lago, la compañía construyó alojamientos a sus orillas. A finales del siglo XIX (hacia 1890) se levantó un primer y modesto chalet de madera, el Chalet Lake Louise, pensado como base para excursionistas y montañistas.
El éxito fue creciendo, y con él el alojamiento. El chalet original fue ampliándose y, tras sufrir incendios (un peligro frecuente en los edificios de madera de la época), fue reconstruido y agrandado sucesivamente a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, hasta convertirse en el gran Chateau Lake Louise (hoy Fairmont Chateau Lake Louise), un imponente hotel de lujo a orillas del lago. Su silueta blanca, reflejada en el agua turquesa con el glaciar al fondo, pasó a formar parte indisoluble de la postal clásica del lugar.
El lago Louise se sumó así a la red de grandiosos hoteles-castillo y lodges de montaña con los que el ferrocarril promovía el turismo en las Rocosas. Atrajo a viajeros adinerados, a montañistas (la zona se convirtió en un centro del alpinismo, con guías suizos contratados por el CPR) y a artistas y fotógrafos que difundieron su imagen por el mundo. El lago, que pocos años antes era casi desconocido para los europeos, se transformó en uno de los grandes iconos turísticos de Canadá.
El rasgo que hace famoso al lago Louise —y al cercano Moraine— es su asombroso color turquesa, y la explicación está en la geología glaciar de las Rocosas. Estos lagos son alimentados por el deshielo de los glaciares que los rodean (en el caso de Louise, el glaciar Victoria y otros). Al moverse lentamente sobre la roca, los glaciares la erosionan y la muelen hasta convertirla en un polvo finísimo, conocido como 'harina de roca' (rock flour o glacial flour).
El agua del deshielo arrastra esa harina de roca hasta el lago, donde las partículas, por su pequeñísimo tamaño, no se hunden enseguida sino que quedan suspendidas en el agua. Esas partículas en suspensión absorben y reflejan la luz solar de una manera particular: absorben los tonos rojos y reflejan los azules y verdes, lo que produce ese característico color turquesa o verde esmeralda que parece artificial. Cuanto más sol y más deshielo (es decir, en pleno verano), más intenso y vivo se ve el color; en días nublados o fuera de temporada, el efecto se atenúa.
Esta geología cuenta también la historia más amplia del paisaje. Las Rocosas canadienses fueron esculpidas por los glaciares durante las eras glaciales: los valles en forma de 'U', los circos glaciares, las morrenas (de ahí el nombre del lago Moraine, por las morrenas de roca depositadas por el hielo) y los propios lagos son obra de la acción del hielo a lo largo de milenios. Los glaciares que aún sobreviven, como el Victoria o el Athabasca (en la Icefields Parkway), son los últimos vestigios de aquel mundo helado, y siguen alimentando y coloreando estos lagos. Comprender esto añade una capa de fascinación a la simple contemplación del color.
A lo largo del siglo XX, la imagen del lago Louise —y la del lago Moraine— se convirtió en uno de los símbolos visuales de Canadá y en una de las postales naturales más reproducidas del mundo. La vista del lago Moraine con el Valle de los Diez Picos llegó a aparecer en los billetes canadienses, y la del lago Louise con el Chateau y el glaciar es una imagen omnipresente en la promoción turística del país. Estos lagos pasaron a representar, ante el mundo, la belleza salvaje y prístina de las Rocosas y de la naturaleza canadiense.
El lago Louise forma parte del Parque Nacional Banff, y como tal quedó incluido en 1984 en la declaración de la Unesco que reconoció a los Parques de las Montañas Rocosas Canadienses (Banff, Jasper, Yoho y Kootenay, más parques provinciales) como Patrimonio Mundial. La distinción valora los excepcionales paisajes de montaña de la región —picos, glaciares, lagos como el Louise y el Moraine, cañones, fuentes termales— y su importancia geológica y ecológica.
Con la fama llegó también el desafío de la masificación. La popularidad del lago Louise y el Moraine se disparó en las últimas décadas, hasta el punto de saturar las carreteras y los estacionamientos en verano y poner en riesgo la experiencia y el entorno. Por eso, Parks Canada ha ido implementando medidas de gestión cada vez más estrictas: estacionamientos limitados, sistemas de shuttles y buses con reserva obligatoria, y el cierre del acceso en auto particular al lago Moraine. Estas medidas buscan permitir que la gente siga disfrutando de estos tesoros sin destruirlos. Hoy, el lago Louise sigue siendo una de las imágenes más bellas y reconocibles de Canadá: un lago de cuento que, más de un siglo después de su 'descubrimiento', sigue dejando sin aliento a quienes llegan hasta sus orillas turquesa.
El lago Louise de hoy es una de las maravillas naturales más visitadas y queridas de Canadá, un imán para viajeros de todo el mundo durante las cuatro estaciones. En verano, sus aguas turquesa, las canoas deslizándose sobre ellas, los senderos a las casas de té históricas y las excursiones al lago Moraine atraen a multitudes. En invierno, el lago congelado se transforma en una pista de patinaje de cuento frente al Chateau, mientras la estación de esquí de Lake Louise —una de las más grandes de Canadá— recibe a esquiadores de todo el continente.
La pequeña localidad de Lake Louise (el 'hamlet'), en la Trans-Canada Highway, ofrece servicios básicos, pero la zona vive enteramente del turismo de naturaleza y del esquí. El lugar es, además, un punto de partida ideal para recorrer la espectacular Icefields Parkway hacia Jasper, una de las carreteras más escénicas del mundo, que arranca muy cerca de aquí.
El gran desafío del lago Louise en el siglo XXI es conciliar su enorme popularidad con la conservación de lo que lo hace especial. La masificación ha obligado a regular estrictamente el acceso, con shuttles, reservas y restricciones, lo que el visitante debe tener muy en cuenta al planificar su viaje. Pese a las multitudes y la logística, la experiencia de llegar a la orilla del lago Louise por primera vez —ese turquesa imposible, esa quietud entre las montañas, el glaciar al fondo— sigue siendo uno de los momentos más memorables de cualquier viaje a Canadá. Es, junto al lago Moraine, la joya de las Rocosas y una de las imágenes que mejor representan la belleza natural del país.