La misma cornisa de roca por la que hoy se despeñan más de cien cascadas ya organizaba la vida de esta tierra mucho antes de que existiera una ciudad, un ferrocarril o una acería. En el extremo occidental del lago Ontario, donde hoy se levanta Hamilton, la región era territorio de pueblos originarios: naciones de lengua iroquesa (haudenosaunee) y, en distintas épocas, los Mississaugas, un pueblo de lengua algonquina (anishinaabe). El gran rasgo del paisaje —la Escarpa del Niágara, esa larga cresta rocosa que atraviesa la zona— y los humedales de la bahía y de Cootes Paradise ofrecían recursos abundantes de caza, pesca y recolección.
La escarpa no es solo un telón de fondo: es un accidente geológico de enorme importancia, una cornisa de roca que se extiende por cientos de kilómetros y que, en la zona de Hamilton, separa la tierra baja junto al lago de la meseta alta. Por su borde se precipitan los arroyos formando las numerosas cascadas que más tarde harían famosa a la ciudad. Esta misma escarpa, milenios después, sería declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco por su valor ecológico.
Tras la independencia de Estados Unidos, la zona empezó a recibir colonos europeos, en particular United Empire Loyalists leales a la Corona británica que se asentaron en los territorios del Alto Canadá. Sobre ese encuentro de pueblos y paisajes nacería, a comienzos del siglo XIX, la ciudad de Hamilton.
La ciudad moderna debe su nombre a George Hamilton, un colono y comerciante de origen escocés-canadiense, hijo de un destacado político del Alto Canadá. Tras la guerra de 1812 entre Gran Bretaña y Estados Unidos —en la que la zona del extremo occidental del lago Ontario tuvo importancia estratégica—, George Hamilton adquirió tierras en la región y, hacia 1815-1816, trazó allí un nuevo asentamiento que llevaría su apellido.
La ubicación era inmejorable: junto a una bahía protegida (la bahía de Burlington, con su excelente puerto natural), al pie de la escarpa y en un punto estratégico entre York (la futura Toronto) y la frontera estadounidense. El pueblo creció con rapidez y pronto se convirtió en un centro comercial y administrativo de la región. En 1816 se estableció como sede del distrito, y a lo largo de las décadas siguientes fue ganando población e importancia.
En 1846, Hamilton fue incorporada oficialmente como ciudad (city). Para entonces era ya un núcleo comercial dinámico, beneficiado por su puerto y por las rutas de comunicación. El gran salto, sin embargo, llegaría con la era del ferrocarril y la industrialización, que transformarían a la modesta ciudad portuaria en una potencia industrial.
La llegada del ferrocarril a mediados del siglo XIX cambió el destino de Hamilton. Su excelente puerto en la bahía de Burlington, combinado con las nuevas líneas férreas, la convirtió en un nudo de transporte y, sobre todo, en un lugar ideal para la industria pesada, que necesitaba mover grandes volúmenes de materias primas y productos. Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, Hamilton se transformó en el gran centro siderúrgico de Canadá.
Las grandes acerías —encabezadas por Stelco (Steel Company of Canada) y Dofasco— se instalaron junto al puerto, levantando un imponente complejo industrial de altos hornos, chimeneas y muelles que definió la silueta y la identidad de la ciudad. Hamilton pasó a ser conocida como 'Steeltown', la ciudad del acero, motor de la economía nacional y símbolo del Canadá industrial. La industria atrajo oleadas sucesivas de inmigrantes —italianos, portugueses, de Europa del Este y, más tarde, de todo el mundo— que llegaron a trabajar en las fábricas y dieron a la ciudad un fuerte carácter obrero y multicultural.
Esta etapa industrial trajo prosperidad y empleo, pero también las tensiones propias de una ciudad fabril: luchas sindicales (Hamilton tiene una rica historia obrera), contaminación y dependencia de un puñado de grandes empresas. Durante buena parte del siglo XX, el acero fue el corazón palpitante de Hamilton y la base de su orgullo y su identidad.
Junto a su perfil industrial, Hamilton fue construyendo otro pilar que con el tiempo resultaría decisivo: la educación y la salud. En 1930, la McMaster University, fundada originalmente en Toronto, se trasladó a Hamilton, instalándose en un nuevo campus en la falda de la escarpa. Lo que comenzó como una universidad de origen confesional se transformó, a lo largo del siglo XX, en una de las universidades de investigación más prestigiosas de Canadá.
McMaster se destacó especialmente en el campo de la salud. Su facultad de medicina fue pionera mundial en el método de aprendizaje basado en problemas y, sobre todo, en el desarrollo de la 'medicina basada en la evidencia', un enfoque que cambió la práctica médica a nivel internacional. La universidad y sus hospitales asociados convirtieron a Hamilton en un importante polo de salud e investigación biomédica, atrayendo talento de todo el mundo.
Este desarrollo académico y sanitario diversificó la economía de la ciudad más allá del acero y le dio un perfil de centro de conocimiento. La presencia de miles de estudiantes y de un gran sector de la salud aportó vida, juventud e innovación a Hamilton, sentando las bases para su posterior reinvención cultural y económica cuando la industria pesada comenzó a declinar.
El último capítulo de la historia de Hamilton es el de su transformación. A fines del siglo XX y comienzos del XXI, la industria pesada del acero —golpeada por la globalización, los cambios tecnológicos y las crisis del sector— fue perdiendo el peso que había tenido durante décadas. La ciudad enfrentó el desafío de reinventarse y no quedar atrapada en la decadencia industrial, como les ocurrió a muchas urbes manufactureras de Norteamérica.
Hamilton encontró parte de la respuesta en redescubrir y poner en valor lo que siempre había tenido pero a menudo ignorado: su extraordinario patrimonio natural. La ciudad empezó a promover sus más de cien cascadas y los senderos de la Escarpa del Niágara, reivindicando el título de 'capital mundial de las cascadas', y a aprovechar joyas como el Royal Botanical Gardens. Al mismo tiempo, los bajos costos respecto de Toronto atrajeron a artistas, emprendedores y jóvenes profesionales, que revitalizaron el centro y barrios como James Street North, con galerías, estudios, cafés y restaurantes, y eventos culturales como el Art Crawl y el Supercrawl.
Así, la antigua 'Steeltown' fue mutando hacia una ciudad de doble cara: conserva su puerto y parte de su industria y su orgullo obrero, pero suma una vibrante escena de arte, gastronomía y vida universitaria, además de una creciente vocación de destino de naturaleza urbana. Hamilton hoy se presenta como una de las ciudades más dinámicas y auténticas de Ontario, en plena reinvención.