El puerto que un día lanzaría convoyes a la guerra y recibiría los cuerpos del Titanic ya tenía dueños milenios antes de que llegara el primer barco británico. Mucho antes de la llegada de los europeos, la región donde hoy se levanta Halifax fue, durante miles de años, territorio del pueblo Mi'kmaq, los habitantes originarios de gran parte del actual Atlántico canadiense. Esta vasta región era conocida como Mi'kma'ki, el territorio tradicional Mi'kmaq, que abarcaba la actual Nueva Escocia, la isla del Príncipe Eduardo, parte de Nuevo Brunswick y más allá. El magnífico puerto natural de Halifax y la costa circundante formaban parte de este territorio ancestral.
Los Mi'kmaq eran un pueblo de la costa y los bosques, que vivía de la pesca, la caza, la recolección de mariscos y frutos, adaptándose a las estaciones (más cerca de la costa en verano, hacia el interior en invierno). Tenían una rica cultura, una organización social sofisticada, y un profundo conocimiento del mar, los ríos y los bosques de la región. Navegaban en canoas de corteza de abedul y mantenían redes de comercio e intercambio.
Los Mi'kmaq fueron de los primeros pueblos originarios de América del Norte en entrar en contacto con los europeos (pescadores, exploradores), ya desde comienzos del siglo XVI, y establecieron alianzas, en particular con los franceses, con quienes compartieron territorio durante la época de la colonia de Acadia. La fundación de Halifax por los británicos en 1749, sin tratado previo con los Mi'kmaq, fue fuente de conflicto. Hoy, la presencia y la cultura Mi'kmaq siguen siendo parte fundamental de Nueva Escocia, y se reconoce que la ciudad se asienta en territorio tradicional Mi'kmaq, dentro de la región de Mi'kma'ki.
Halifax fue fundada por los británicos en 1749, con un claro propósito estratégico y militar. En aquella época, el control del Atlántico noroccidental era objeto de una intensa disputa entre Gran Bretaña y Francia. Los franceses tenían la colonia de Acadia y, sobre todo, la poderosa fortaleza de Louisbourg, en la isla de Cabo Bretón, que amenazaba los intereses británicos en la región. Para contrarrestar ese poder francés y afianzar el dominio británico, Gran Bretaña decidió establecer una gran base naval y militar en la zona.
El lugar elegido fue el magnífico puerto natural que hoy ocupa Halifax: uno de los puertos más grandes, profundos y resguardados del mundo, ideal para una base naval. En 1749, una expedición liderada por el coronel Edward Cornwallis estableció el asentamiento y comenzó a fortificarlo. La nueva ciudad recibió el nombre de Halifax en honor a George Montagu-Dunk, segundo conde de Halifax, una figura clave del gobierno colonial británico de la época.
La fundación de Halifax tuvo un fuerte componente de confrontación: se levantó como bastión británico frente a los franceses y, sin acuerdo con los Mi'kmaq, en su territorio, lo que desató conflictos con el pueblo originario. La figura de Cornwallis, su fundador, es hoy objeto de revisión crítica por su política hacia los Mi'kmaq. La ciudad nació, así, como una avanzada militar del Imperio Británico, marcada desde el principio por su puerto y su función estratégica, rasgos que definirían toda su historia posterior.
Durante más de un siglo y medio, Halifax fue uno de los principales bastiones navales y militares del Imperio Británico en América del Norte. Su puerto natural, excepcional, se convirtió en una base clave de la Royal Navy en el Atlántico noroccidental, desde donde el Imperio proyectaba su poder y protegía sus intereses en la región. La ciudad creció en torno a esa función militar y portuaria, con astilleros navales, cuarteles, fortificaciones y una intensa vida ligada al mar y a las fuerzas armadas.
El símbolo de esa función defensiva es la Citadel (Ciudadela), la gran fortaleza que corona la colina sobre la ciudad. A lo largo de los años se construyeron sucesivas fortalezas en este punto estratégico; la actual, una imponente fortificación de piedra en forma de estrella, data de mediados del siglo XIX. La Ciudadela, junto con las baterías costeras y otras defensas del puerto, hacían de Halifax una plaza fuerte muy bien protegida, reflejo de su importancia para el Imperio.
Halifax desempeñó un papel destacado en numerosos conflictos: fue base de operaciones contra los franceses (contribuyó a la caída de Louisbourg), durante la Revolución Americana, la Guerra de 1812 (sus corsarios y la Royal Navy operaban desde aquí) y, ya en el siglo XX, en las dos guerras mundiales. Su carácter militar y naval, junto con su fuerte herencia británica y celta (con gran presencia de inmigrantes escoceses e irlandeses, que dieron a la ciudad su cultura y su música), forjaron la identidad de Halifax como una ciudad marinera, de uniforme y de mar.
Una de las conexiones más conmovedoras de Halifax con la historia mundial es la que la une al Titanic. Cuando el famoso transatlántico se hundió en la madrugada del 15 de abril de 1912, tras chocar con un iceberg en el Atlántico Norte, lo hizo en aguas relativamente cercanas a Nueva Escocia. Halifax, como el puerto importante más próximo, se convirtió en el centro de las operaciones de recuperación de las víctimas.
Desde Halifax zarparon varios barcos (como el cablero Mackay-Bennett) con la sombría misión de recuperar los cuerpos de las víctimas que flotaban en el océano. Cientos de cuerpos fueron llevados a Halifax. Muchos fueron reclamados por sus familias y trasladados a otros lugares, pero más de un centenar de víctimas no identificadas o no reclamadas fueron enterradas en cementerios de la ciudad, sobre todo en el Fairview Lawn Cemetery, donde hileras de lápidas (algunas solo con un número, otras con nombre) recuerdan la tragedia. Estas tumbas son hoy un lugar de peregrinación para los interesados en la historia del Titanic.
Halifax conserva así una profunda conexión con la tragedia. El Maritime Museum of the Atlantic alberga una emotiva colección de objetos auténticos rescatados del naufragio, incluida una de las pocas tumbonas de cubierta originales que se conservan, y cuenta la historia del Titanic y del papel de la ciudad. Para muchos visitantes, recorrer las tumbas del Fairview Lawn y la exposición del museo es una experiencia memorable, que conecta la ciudad con uno de los episodios más célebres y trágicos de la historia marítima.
El 6 de diciembre de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, Halifax sufrió una de las mayores catástrofes de la historia de Canadá y una de las explosiones provocadas por el hombre más grandes antes de la era nuclear. Aquella mañana, en el estrecho del puerto (the Narrows), dos barcos colisionaron: el Mont-Blanc, un carguero francés cargado hasta los topes de explosivos y material inflamable destinado al esfuerzo de guerra, y el Imo, un barco noruego. El choque provocó un incendio a bordo del Mont-Blanc.
Mientras el barco en llamas, abandonado por su tripulación, derivaba hacia los muelles, mucha gente se acercó a mirar el espectáculo del incendio, sin saber lo que transportaba. Entonces, hacia las 9 de la mañana, el Mont-Blanc estalló en una explosión colosal. La detonación arrasó por completo el barrio de Richmond y buena parte del norte de Halifax, generó un tsunami en el puerto, una onda expansiva que destruyó edificios en kilómetros a la redonda y rompió ventanas a gran distancia. Murieron alrededor de 2.000 personas y otras 9.000 resultaron heridas (muchas cegadas por los cristales rotos al mirar por las ventanas). Fue una catástrofe de proporciones inimaginables para una ciudad de ese tamaño.
La Explosión de Halifax dejó una huella imborrable en la ciudad. La respuesta de socorro fue notable, y se recuerda especialmente la ayuda enviada por la ciudad estadounidense de Boston, en agradecimiento a la cual Halifax envía cada año, hasta hoy, un gran árbol de Navidad a Boston. El Maritime Museum dedica una sección a la tragedia. Aquel episodio, tan terrible, es parte central de la memoria e identidad de Halifax.
La Halifax de hoy es la próspera capital regional del Atlántico canadiense: la ciudad más grande de las Provincias Marítimas y su centro económico, cultural, educativo y de servicios. Tras superar las tragedias de su pasado y la transformación de su economía (de base militar y portuaria a una más diversificada), se ha consolidado como una ciudad dinámica y acogedora, que combina su patrimonio histórico y marinero con una vida urbana moderna.
Su puerto sigue siendo importante (comercial, militar, de cruceros y pesquero), pero hoy la ciudad destaca también como centro universitario (alberga varias universidades, con una gran población estudiantil que le da energía y vida nocturna), como polo del sector tecnológico y de servicios, y como destino turístico. Su carácter marinero, su gastronomía de mariscos, sus pubs con música celta en vivo (herencia de la fuerte inmigración escocesa e irlandesa) y la calidez de su gente le dan un encanto particular dentro de Canadá.
Halifax fue, además, durante décadas, la principal puerta de entrada de inmigrantes a Canadá por mar, a través del histórico Pier 21, por donde pasó alrededor de un millón de recién llegados que construyeron el país. Hoy, esa historia se honra en el Museo Canadiense de la Inmigración. Para el viajero, Halifax es la puerta de entrada a la Canadá atlántica: una ciudad amable y a escala humana, con un waterfront vibrante, una historia fascinante (el Titanic, la Explosión, el pasado militar) y, a su alrededor, una de las regiones más bellas y auténticas del país, con sus faros, sus pueblos pesqueros, sus costas bravías y su hospitalidad legendaria. Es el corazón del Atlántico canadiense.