Miles de años antes de que un geólogo pusiera un pie en las Tablelands, esta costa ya guardaba historias humanas. La costa oeste de la isla de Terranova, donde hoy se extiende el Parque Nacional Gros Morne, está habitada desde hace milenios, y la arqueología ha revelado en la región una sucesión de pueblos que se adaptaron a una costa rica en recursos marinos pero de clima riguroso. El más antiguo y conocido es la llamada Tradición Arcaica Marítima (Maritime Archaic), cazadores y pescadores que recorrían el litoral hace varios miles de años; uno de sus cementerios más importantes se halló en Port au Choix, más al norte en la misma península, con tumbas que han aportado un valioso conocimiento sobre su cultura.
A aquellos pueblos siguieron, en distintas oleadas, grupos paleoesquimales (como los Dorset) y, más tarde, pueblos indígenas. Todos ellos vivían de la caza de mamíferos marinos, la pesca, la caza de caribúes y la recolección, aprovechando la abundancia estacional de la costa del golfo de San Lorenzo. Sus campamentos, herramientas de piedra y restos jalonan la región y testimonian una larga presencia humana muy anterior a la llegada de los europeos.
Esta profundidad temporal es parte del valor de Gros Morne: el parque protege no solo un paisaje geológico extraordinario, sino también las huellas de miles de años de adaptación humana a un entorno desafiante en uno de los confines del continente.
Como toda Terranova, la región de Gros Morne entró en la órbita europea de la mano de la pesca del bacalao en el golfo de San Lorenzo y las aguas del Atlántico noroccidental. Pero la costa oeste de la isla tuvo una particularidad: durante mucho tiempo formó parte de la llamada 'French Shore' (la 'Costa Francesa'). Tras las guerras y los tratados que entre los siglos XVII y XVIII fueron entregando Terranova a Gran Bretaña, Francia conservó, sin embargo, derechos para pescar y secar el bacalao en determinados tramos de la costa, incluida buena parte del oeste.
Esto generó una situación peculiar: durante la temporada de pesca, los pescadores franceses ocupaban estacionalmente la costa, mientras que el asentamiento permanente quedaba limitado o desalentado para no entrar en conflicto con esos derechos. Con el tiempo, los derechos franceses se fueron extinguiendo (definitivamente a comienzos del siglo XX) y la costa quedó plenamente abierta al poblamiento.
A lo largo de los siglos se fueron formando pequeñas comunidades pesqueras de raíz inglesa, irlandesa, francesa y mixta en los pueblos de la zona —Rocky Harbour, Woody Point, Trout River, Cow Head y otros—, que vivían de la pesca y de los recursos de la costa y la montaña. Woody Point, en particular, llegó a ser un puerto comercial de cierta importancia. Esas comunidades, con su cultura marinera y su modo de vida tradicional, son parte del patrimonio vivo que hoy convive con el parque nacional.
El nombre del parque proviene de su montaña más emblemática, Gros Morne, un topónimo francés que delata la herencia de la 'French Shore'. 'Gros Morne' suele traducirse como 'gran monte solitario' o 'gran montaña sombría': 'gros' significa 'grande', y 'morne' es una palabra que en el francés de las colonias se usaba para designar un monte o cerro aislado y redondeado (y que también evoca lo 'sombrío' o 'lúgubre'). El nombre describe bien a este pico de cima pelada que se alza, solitario y macizo, sobre el paisaje.
La montaña Gros Morne forma parte de los Montes Long Range (Long Range Mountains), una cadena montañosa que recorre el oeste de Terranova y que constituye el extremo nororiental de los Apalaches, la antiquísima cordillera que se extiende por el este de Norteamérica. Aunque hoy son montañas de altura modesta, gastadas por cientos de millones de años de erosión, en su origen fueron parte de un sistema mucho más imponente, levantado por los grandes choques de continentes del pasado geológico.
Estas montañas, sus mesetas de tundra alpina, sus valles excavados por los glaciares y sus fiordos forman el espinazo del parque. Caminar por ellas —ya sea hasta la cima del Gros Morne o por las mesetas— es recorrer un fragmento de los Apalaches en uno de sus extremos más espectaculares y mejor conservados.
El verdadero protagonismo mundial de Gros Morne es geológico, y su corazón son las Tablelands, una de las maravillas de la geología del planeta. Allí, en pleno paisaje verde de Terranova, se extiende una meseta de roca anaranjada y desolada donde casi nada crece: un escenario tan ajeno que parece marciano. La explicación es asombrosa: esa roca, llamada peridotita, no pertenece a la superficie de la Tierra, sino a su manto, la capa que está a decenas de kilómetros de profundidad, bajo la corteza. En las Tablelands, ese manto profundo está, increíblemente, a la vista.
¿Cómo llegó hasta aquí? La respuesta es un viaje de cientos de millones de años. Hace unos 500 millones de años existía un antiguo océano, el Jápeto (Iapetus), que separaba masas continentales. Al cerrarse ese océano y chocar las placas —el proceso que terminaría formando los Apalaches y, mucho más tarde, el supercontinente Pangea—, fragmentos del fondo oceánico y del manto subyacente fueron empujados y montados sobre el borde del continente, en lugar de hundirse. A esos fragmentos de corteza y manto oceánicos emplazados sobre tierra firme los geólogos los llaman 'ofiolitas', y las Tablelands son uno de los ejemplos más completos y accesibles del mundo.
El estudio de estas rocas tuvo una importancia científica enorme: aportó pruebas decisivas para confirmar la teoría de la tectónica de placas, la idea revolucionaria de que la superficie terrestre está formada por placas que se mueven, chocan y se separan. Por eso Gros Morne es un lugar de peregrinación para geólogos de todo el mundo, y por eso la Unesco lo reconoció. El color naranja de las Tablelands se debe a la oxidación del hierro de la peridotita, y su química, pobre en nutrientes y rica en metales tóxicos para las plantas, explica su aspecto pelado y lunar.
Si las Tablelands cuentan la historia profunda del interior de la Tierra, los fiordos de Gros Morne cuentan la del hielo. Durante las grandes glaciaciones, enormes masas de hielo cubrieron Terranova y, al avanzar por los valles de los Montes Long Range, los excavaron y profundizaron, transformando valles fluviales en gargantas espectaculares de paredes casi verticales. Cuando el hielo se retiró, hace unos 10.000 años, quedaron los fiordos, algunos de los cuales aún se comunican con el mar y otros quedaron encerrados tierra adentro.
El más famoso es Western Brook Pond. Su nombre, modesto ('pond' significa estanque o charca, un uso muy de Terranova), no le hace justicia: es un fiordo de agua dulce, un cañón de más de 15 km de largo con paredes de roca de hasta unos 600 metros de altura, surcadas por cascadas que se desploman desde lo alto. Su historia geológica es curiosa: en su origen fue un fiordo marino, conectado con el océano, pero tras la retirada de los glaciares la tierra, liberada del peso del hielo, se elevó (un fenómeno llamado rebote isostático) y dejó al fiordo aislado del mar. Con el tiempo, sus aguas se volvieron dulces y de una pureza extraordinaria, con muy pocos nutrientes y minerales.
Navegar hoy ese cañón —tras la caminata de acceso de unos 3 km a través de la llanura costera— es una de las grandes experiencias del parque y una forma directa de comprender el poder de los glaciares que esculpieron este paisaje. Western Brook Pond es la imagen más reproducida de Gros Morne y uno de los íconos naturales de Canadá.
El reconocimiento del valor excepcional de esta región —su geología única, sus fiordos, su biodiversidad— llevó al gobierno de Canadá a protegerla como parque nacional. El establecimiento de Gros Morne se acordó en la década de 1970 (un acuerdo federal-provincial de 1973) y se fue formalizando en los años siguientes, con la creación de Parks Canada como gestora del área. Como en muchos parques, su establecimiento implicó conciliar la conservación con la presencia de las comunidades pesqueras que vivían en la zona, algunas de las cuales continúan dentro o junto al parque (los llamados 'enclaves').
El gran hito internacional llegó en 1987, cuando la Unesco inscribió a Gros Morne en la lista del Patrimonio Mundial. La distinción reconoció dos tipos de valor universal excepcional. Por un lado, el geológico: las Tablelands, con su manto terrestre expuesto y su condición de ofiolita, ofrecen una ilustración soberbia del proceso de la tectónica de placas y de la historia de la Tierra. Por otro, el paisajístico y natural: los fiordos glaciares, las montañas de los Apalaches, los acantilados costeros, la tundra alpina y el bosque boreal componen un conjunto de belleza sobresaliente.
Desde entonces, Gros Morne se ha consolidado como uno de los parques nacionales más admirados de Canadá y un destino imprescindible de Terranova, que combina ciencia, naturaleza salvaje y la cultura marinera de la costa oeste. Caminar por su manto terrestre, navegar sus fiordos o coronar su montaña es asomarse a algunos de los capítulos más profundos de la historia del planeta, en uno de los rincones más espectaculares del Atlántico canadiense.