El río que hoy los mapas llaman Saint John tuvo, durante miles de años, otro nombre mucho más elocuente: Wolastoq, 'el río hermoso y generoso'. Así lo bautizó el pueblo que vivía en sus orillas —los wolastoqiyik, también conocidos como maliseet o malecita—, y de ese nombre deriva su propia denominación: 'el pueblo del río hermoso'. Mucho antes de que existiera Fredericton, esta región a orillas del gran río era su hogar ancestral.
El río era el eje de su vida: una vía de transporte y comunicación, una fuente de alimento por su pesca, y el corazón de un territorio rico en bosques y recursos. Los wolastoqiyik se desplazaban a lo largo de su curso y de sus afluentes, con un profundo conocimiento de la geografía, las estaciones y la naturaleza del valle. La zona donde hoy se asienta Fredericton formaba parte de ese territorio ancestral.
La llegada de los europeos —primero franceses, luego británicos— alteró profundamente este mundo, pero la presencia wolastoqiyik en el valle del río Saint John continúa hasta hoy, con comunidades que mantienen su lengua, su cultura y su vínculo histórico con el Wolastoq. Reconocer esa raíz originaria es el punto de partida para entender la historia de la ciudad y de toda la región.
Durante los siglos XVII y XVIII, el valle del río Saint John formó parte de la Acadia, el conjunto de territorios franceses del Atlántico norteamericano. Los franceses y los colonos acadianos establecieron en la zona pequeños asentamientos agrícolas, entre ellos Sainte-Anne des Pays-Bas, en el área donde más tarde surgiría Fredericton. La región era entonces un espacio de frontera, disputado entre las potencias coloniales y habitado por wolastoqiyik, acadianos y misioneros.
Las guerras coloniales entre Francia y Gran Bretaña a lo largo del siglo XVIII terminaron inclinando la balanza del lado británico. Tras la derrota francesa y la deportación de los acadianos (el 'Grand Dérangement') de mediados de siglo, el control del territorio pasó a manos de Gran Bretaña. El valle del Saint John quedó integrado en las posesiones británicas del Atlántico, inicialmente como parte de Nueva Escocia.
Ese cambio de soberanía preparó el terreno para la gran transformación que vendría poco después con la llegada de los lealistas. La huella francesa y acadiana, sin embargo, no desapareció de Nuevo Brunswick: la provincia es hoy oficialmente bilingüe, y la cultura acadiana sigue siendo una parte fundamental de su identidad, especialmente en otras regiones, aunque su origen se remonta también a estos primeros asentamientos del valle.
El nacimiento de Fredericton como ciudad está directamente ligado a uno de los grandes movimientos migratorios de la historia de Canadá: la llegada de los lealistas del Imperio Unido (United Empire Loyalists). Tras la independencia de Estados Unidos, decenas de miles de colonos que habían permanecido leales a la Corona británica huyeron de las antiguas Trece Colonias y se refugiaron en los territorios británicos del norte. Muchos llegaron al valle del río Saint John en la década de 1780.
La avalancha de recién llegados llevó a las autoridades a reorganizar el territorio: en 1784 se creó la provincia de Nuevo Brunswick, separándola de Nueva Escocia para atender mejor a esta nueva población. Al año siguiente, en 1785, se fundó Fredericton, en el lugar del antiguo asentamiento de Sainte-Anne, y poco después fue elegida capital de la nueva provincia. La razón de esa elección fue estratégica: su ubicación en el interior, río arriba, la hacía más segura frente a posibles ataques desde el mar que la portuaria Saint John.
La ciudad recibió su nombre en honor al príncipe Federico (Frederick), duque de York, hijo del rey Jorge III. Se trazó con un plan urbano ordenado y se la dotó de las instituciones propias de una capital colonial. Fredericton nació así, de forma deliberada, como centro político y administrativo de Nuevo Brunswick, papel que conserva hasta hoy.
A lo largo del siglo XIX, Fredericton consolidó su carácter de capital provincial, sumando funciones políticas, militares, religiosas y educativas que dieron forma a su fisonomía actual. Como sede del gobierno de Nuevo Brunswick, se la dotó de edificios institucionales, entre ellos, ya hacia fin de siglo, el imponente Legislative Assembly Building de estilo Segundo Imperio.
La ciudad albergó también una importante guarnición militar británica. Los cuarteles, almacenes y demás edificios de piedra de esa zona militar —el actual Historic Garrison District— son testimonio de aquella época en que Fredericton era un punto estratégico del dispositivo defensivo británico en el interior de la provincia. En el plano religioso, a mediados de siglo se erigió la Christ Church Cathedral, una de las primeras catedrales neogóticas de Norteamérica y un hito arquitectónico.
El tercer pilar fue la educación. Fredericton se convirtió en un centro académico gracias a la institución que daría origen a la Universidad de Nuevo Brunswick, cuyas raíces se remontan a 1785 y que es una de las universidades públicas más antiguas de Norteamérica. Esa vocación universitaria y cultural marcó el espíritu de la ciudad, que cultivó una vida intelectual y artística poco común para su tamaño, y que sería reforzada en el siglo siguiente por el mecenazgo cultural.
En el siglo XX, la vida cultural de Fredericton recibió un impulso extraordinario de la mano de uno de sus hijos más célebres: Lord Beaverbrook (William Maxwell Aitken). Nacido y criado en Nuevo Brunswick, Aitken hizo una enorme fortuna y se convirtió en un influyente magnate de prensa y figura política en el Reino Unido. Pese a su carrera en el extranjero, mantuvo un fuerte vínculo con su provincia natal, a la que decidió legar parte de su riqueza y de su pasión por el arte.
Gracias a su mecenazgo, Fredericton ganó instituciones culturales de primer nivel, la más destacada de las cuales es la Beaverbrook Art Gallery, inaugurada en 1959. La galería, dotada con una colección de arte europeo y canadiense de gran valor —incluido el monumental 'Santiago El Grande' de Salvador Dalí—, situó a esta pequeña capital provincial en el mapa cultural de Canadá, una distinción inusual para una ciudad de su tamaño.
Hoy Fredericton combina su herencia histórica con un presente vivo. Su centro patrimonial, el Garrison District restaurado y lleno de eventos, su frente del río con senderos y pasarelas, su escena de cervecerías y música, y su ambiente universitario hacen de ella una capital tranquila pero culturalmente activa. La 'Ciudad de los Olmos' conserva el equilibrio entre su pasado lealista y militar y su vocación cultural y natural, ofreciendo al visitante una experiencia serena y rica del Canadá atlántico interior.