Mucho antes de la llegada de los europeos, la Isla del Príncipe Eduardo era territorio del pueblo mi'kmaq, que la llamaba Epekwitk, palabra que suele traducirse como 'descansando sobre las olas' o 'cuna sobre las olas', de donde derivó la forma 'Abegweit'. Para los mi'kmaq, la isla formaba parte de su vasto territorio ancestral de Mi'kma'ki, que abarcaba buena parte de las actuales provincias marítimas de Canadá.
Los mi'kmaq aprovechaban la riqueza de la isla y sus aguas: pescaban, cazaban y recolectaban marisco, moviéndose de forma estacional por sus costas y bosques. La abundancia de recursos del estrecho de Northumberland y del golfo de San Lorenzo hacía de Epekwitk un lugar valioso dentro de su mundo. Su relación con la tierra y el mar era profunda y se reflejaba en su nombre poético para la isla.
La colonización europea, primero francesa y luego británica, transformó radicalmente la vida de los mi'kmaq, pero su presencia en la isla nunca se interrumpió del todo: la nación sigue presente en la Isla del Príncipe Eduardo, y su historia y su vínculo originario con esta tierra forman la primera capa de cualquier relato sobre Charlottetown y la provincia.
Los primeros europeos en colonizar la isla de forma estable fueron los franceses, en el siglo XVIII, como parte de la Acadia. La bautizaron Île Saint-Jean (Isla de San Juan) y establecieron en ella asentamientos agrícolas y pesqueros poblados por colonos acadianos. Durante décadas, la isla formó parte del mundo francés del Atlántico norte, ligada a la cercana fortaleza de Louisbourg en Cabo Bretón.
Las guerras coloniales entre Francia y Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII cambiaron el destino de la isla. Tras la caída de las posesiones francesas, la Île Saint-Jean pasó a control británico, y muchos de sus habitantes acadianos sufrieron la deportación que afectó a toda la Acadia. La isla fue rebautizada en inglés como St. John's Island y, más tarde, en 1799, recibió el nombre de Prince Edward Island, en honor al príncipe Eduardo, duque de Kent (hijo del rey Jorge III y padre de la futura reina Victoria).
Fue en este nuevo marco británico cuando se fundó Charlottetown, hacia la década de 1760, elegida como capital de la colonia. La ciudad recibió su nombre en honor a la reina Carlota (Charlotte), esposa del rey Jorge III, y se trazó siguiendo un plan en cuadrícula con plazas, típico de las fundaciones coloniales británicas de la época. Así nació la pequeña capital que, un siglo después, tendría un papel decisivo en la historia de Canadá.
El acontecimiento que dio a Charlottetown su lugar en la historia ocurrió en septiembre de 1864. Las colonias marítimas británicas (Nueva Escocia, Nuevo Brunswick y la Isla del Príncipe Eduardo) habían convocado una reunión en Charlottetown para discutir una posible unión entre ellas. Pero a esa conferencia se sumaron, invitados, delegados de la Provincia de Canadá (el actual Ontario y Quebec), liderados por figuras como John A. Macdonald y George-Étienne Cartier, que llegaron con una idea mucho más ambiciosa: la unión de todas las colonias británicas de Norteamérica.
Las conversaciones se celebraron en la Province House de Charlottetown y, aunque no produjeron un acuerdo definitivo, fueron decisivas: allí se sembró la idea de una gran federación. La conferencia estuvo acompañada de banquetes y bailes que crearon un clima de entendimiento entre los delegados, los futuros 'Padres de la Confederación'. El proceso continuó pocas semanas después en la Conferencia de Quebec, y culminó con la creación del Dominio de Canadá el 1 de julio de 1867.
Por haber albergado aquella reunión germinal, Charlottetown se ganó para siempre el título de 'Birthplace of Confederation' (Cuna de la Confederación). Es uno de los lugares más simbólicos de la historia política canadiense, y la Province House donde ocurrió todo se conserva como Lugar Histórico Nacional, mientras que el Confederation Centre of the Arts se erigió en 1964 como monumento nacional al centenario de aquel acontecimiento.
Una de las grandes paradojas de la historia de Charlottetown es que, pese a haber sido la cuna de la Confederación, la Isla del Príncipe Eduardo no se unió a Canadá en 1867, cuando nació el nuevo Dominio. Los isleños, recelosos de perder autonomía y poco convencidos de los beneficios de la unión, optaron al principio por quedarse fuera de la federación que ellos mismos habían ayudado a gestar.
La situación cambió pocos años después por motivos sobre todo económicos. La pequeña provincia se había embarcado en la construcción de un ferrocarril que la dejó en una difícil situación financiera, y la promesa de Canadá de asumir esas deudas, garantizar una conexión permanente con el continente y otras condiciones favorables inclinó la balanza. Finalmente, en 1873, la Isla del Príncipe Eduardo se incorporó al Dominio de Canadá como su séptima provincia.
Desde entonces, Charlottetown ha sido la capital de la provincia más pequeña del país, tanto en superficie como en población. Su tamaño modesto no le ha restado identidad: la ciudad ha sabido cultivar su carácter de pequeña capital histórica, orgullosa de su papel fundacional en la creación de Canadá, papel que celebra y conmemora de múltiples maneras a lo largo del año.
A comienzos del siglo XX, la isla cobró una fama muy distinta a la política, gracias a la literatura. En 1908, la escritora isleña Lucy Maud Montgomery publicó 'Anne of Green Gables' (Ana de las Tejas Verdes), la entrañable historia de una niña huérfana, pelirroja e imaginativa, adoptada por error por una pareja de hermanos mayores en un pueblo de la Isla del Príncipe Eduardo. La novela, ambientada en los paisajes rurales de la isla, se convirtió en un éxito mundial y en un clásico de la literatura juvenil.
El fenómeno de Ana transformó a la isla en un destino turístico internacional. Lectores de todo el mundo —con un cariño especial en Japón, donde la novela es enormemente popular— peregrinan a la zona de Cavendish para conocer Green Gables, la casa y el entorno que inspiraron a Montgomery. Charlottetown, como capital y puerta de entrada, se benefició de ese flujo de visitantes, y el Confederation Centre of the Arts consagró el vínculo al estrenar y mantener durante décadas el musical 'Anne of Green Gables'.
Hoy Charlottetown combina sus tres almas: la pequeña capital histórica orgullosa de ser cuna de Canadá, la animada ciudad marítima de gastronomía y festivales, y la puerta de entrada al mundo de Ana y a las playas de arena roja de la isla. Con su centro patrimonial bien conservado, su frente marítimo vivo y su escala humana, sigue siendo una de las capitales provinciales más encantadoras de Canadá.