Las Cataratas del Niágara son, en términos geológicos, sorprendentemente jóvenes. Nacieron al final de la última glaciación, hace unos 12.000 años, cuando los enormes glaciares que cubrían buena parte de América del Norte comenzaron a retirarse. Al derretirse, dejaron tras de sí los Grandes Lagos y abrieron nuevos cauces para el agua. El río Niágara se formó entonces como el desagüe natural por el que el agua de los lagos superiores (Erie, y por encima Huron, Michigan y Superior) fluye hacia el lago Ontario y, de ahí, hacia el río San Lorenzo y el Atlántico.
En su recorrido, el río se encuentra con un escalón geológico, la Escarpa del Niágara: una formación rocosa con una capa superior de roca dura (dolomía) sobre capas inferiores más blandas. Al precipitarse por ese escalón, el agua creó la catarata. Y aquí está lo fascinante: la fuerza del agua erosiona constantemente la roca blanda de la base, lo que hace que la dura capa superior se desprenda y la catarata 'retroceda' río arriba con el tiempo. Por eso las cataratas no están hoy donde nacieron: en estos milenios han retrocedido varios kilómetros, excavando la espectacular garganta del Niágara que hoy vemos aguas abajo.
Ese mismo proceso de erosión continúa hoy, aunque mucho más lento gracias a las obras de control y al desvío de agua para generar electricidad. Las cataratas siguen, técnicamente, retrocediendo unos pocos centímetros al año. La famosa garganta, con sus rápidos furiosos y su gran remolino (el Whirlpool), es el rastro que ha dejado la catarata a lo largo de su lento viaje hacia atrás a través de los milenios.
Mucho antes de la llegada de los europeos, la región del Niágara estuvo habitada y transitada durante miles de años por pueblos originarios. En tiempos del contacto europeo, la zona estaba vinculada a los pueblos de lengua iroquesa, incluida la poderosa Confederación Haudenosaunee (las Cinco, luego Seis, Naciones iroquesas), y a un pueblo conocido como los neutrales. El río y las cataratas eran un punto de referencia y un lugar cargado de significado para estas naciones.
El propio nombre 'Niágara' procede de esa herencia indígena, aunque su significado exacto es objeto de debate. La mayoría de las fuentes lo asocian a un topónimo de origen iroqués: una de las explicaciones más difundidas lo vincula a 'Onguiaahra', nombre que aparece en mapas antiguos y que podría referirse a un pueblo o aldea de la zona. La interpretación popular más extendida traduce 'Niágara' como 'trueno de las aguas', una imagen poética y muy apropiada para describir el rugido atronador de la catarata, aunque los lingüistas advierten que esta traducción es discutida y posiblemente más romántica que rigurosa.
Más allá de la etimología, lo cierto es que el Niágara formaba parte del mundo de los pueblos originarios mucho antes de que los exploradores europeos lo 'descubrieran' para Occidente. Las cataratas eran ya un accidente geográfico conocido, respetado y nombrado por quienes habitaban estas tierras.
Los primeros europeos en llegar a la región y en dejar descripciones escritas de las cataratas fueron exploradores y misioneros franceses, en el marco de la expansión de Nueva Francia por los Grandes Lagos durante el siglo XVII. La zona era un punto de paso clave en las rutas del comercio de pieles y de la evangelización, y los relatos de estos viajeros llevaron por primera vez la imagen del Niágara a Europa.
El relato más célebre es el del padre Louis Hennepin, un misionero franciscano (recoleto) que acompañó la expedición del explorador La Salle y que visitó las cataratas hacia 1678. Hennepin quedó tan impresionado por el espectáculo que publicó una descripción que se difundió ampliamente en Europa, contribuyendo a hacer famosas las cataratas en el Viejo Mundo. Su relato, sin embargo, exageraba notablemente la altura de la caída, atribuyéndole proporciones muy superiores a las reales: una muestra del asombro (y de la tendencia a la exageración) que provocaba aquel coloso de agua en quienes lo veían por primera vez.
Durante el siglo XVIII, la región del Niágara fue escenario de la rivalidad entre Francia y Gran Bretaña por el control de Norteamérica, con la construcción de fuertes para dominar el estratégico río y su transporte. Tras la victoria británica sobre los franceses, la zona pasó a manos del Imperio Británico, lo que marcaría el destino de la región en las décadas siguientes, incluida la frontera que hoy separa Canadá de Estados Unidos.
La región del Niágara fue uno de los escenarios más sangrientos de la Guerra de 1812, el conflicto entre el Imperio Británico (con sus colonias, el futuro Canadá) y los Estados Unidos. El río Niágara, que marcaba la frontera entre el Alto Canadá británico y el estado de Nueva York, se convirtió en una línea de batalla disputada, con cruces, invasiones y combates a ambos lados.
A lo largo del frente del Niágara se libraron batallas decisivas. En Queenston Heights, en 1812, las fuerzas británicas y canadienses, junto a aliados indígenas y al mando del general Isaac Brock (que murió en el combate y se convirtió en héroe), rechazaron una invasión estadounidense. En 1814 tuvieron lugar las sangrientas batallas de Chippawa y de Lundy's Lane, esta última una de las más cruentas de toda la guerra, librada a poca distancia de las cataratas. Pueblos de la zona fueron incendiados durante el conflicto.
La guerra terminó en tablas, sin grandes cambios territoriales, pero tuvo un efecto duradero: consolidó la frontera entre lo que serían Canadá y Estados Unidos a lo largo del río Niágara, y reforzó en las colonias británicas un sentimiento de identidad propia y de resistencia frente al vecino del sur. Hoy, los campos de batalla y monumentos de la región (como el de Brock en Queenston Heights, cerca de Niagara-on-the-Lake) recuerdan aquellos años, en un paisaje que hoy es de viñedos y turismo. La paz posterior permitió que, décadas más tarde, las cataratas pudieran convertirse en el gran destino turístico que son.
A lo largo del siglo XIX, las Cataratas del Niágara se transformaron en uno de los grandes destinos turísticos del mundo. La llegada del ferrocarril y la mejora de los caminos las pusieron al alcance de los viajeros, y se convirtieron en un destino romántico de moda, célebre como lugar de luna de miel. Crecieron los hoteles, los miradores y, ya en 1846, comenzó a operar el barco 'Maid of the Mist', que llevaba a los visitantes al pie de las cataratas, una tradición que continúa hasta hoy. En 1885, el lado canadiense creó el Queen Victoria Niagara Falls Park para proteger el entorno del desarrollo descontrolado, antecedente de los actuales Niagara Parks.
Pero el siglo XIX y comienzos del XX fueron también la era de las hazañas temerarias, que dieron al Niágara una fama legendaria. El más célebre fue el equilibrista francés Charles Blondin, que en 1859 cruzó la garganta del Niágara caminando sobre una cuerda floja tendida sobre el abismo, repitiendo la proeza con variantes cada vez más arriesgadas (vendado, con una carretilla, llevando a un hombre a la espalda, e incluso cocinando una tortilla a mitad de camino). Otros funámbulos lo imitaron.
La otra gran tradición temeraria fue la de lanzarse a las cataratas dentro de un barril u otro artefacto. La primera persona en sobrevivir a la caída por la Horseshoe Falls dentro de un barril fue Annie Edson Taylor, una maestra de 63 años, en 1901, que lo hizo buscando fama y fortuna. Muchos otros lo intentaron a lo largo de los años, con suertes diversas y a menudo trágicas. Estas acrobacias, hoy ilegales, forman parte del imaginario y la leyenda del Niágara, y se recuerdan en los museos de la zona.
Hacia finales del siglo XIX, la enorme fuerza del agua del Niágara atrajo a ingenieros y empresarios que vieron en ella una fuente colosal de energía. El Niágara se convirtió en una pieza clave en la historia de la electricidad: aquí se desarrollaron, en la transición entre los siglos XIX y XX, algunas de las primeras grandes centrales hidroeléctricas del mundo, en un episodio ligado a figuras como Nikola Tesla y George Westinghouse y al triunfo de la corriente alterna para transmitir electricidad a distancia. La energía generada en el Niágara impulsó el desarrollo industrial de toda la región.
Desde entonces, las cataratas cumplen una doble función: espectáculo natural y generadora de electricidad. Una parte muy importante del caudal del río Niágara se desvía, antes de las cataratas, hacia las centrales hidroeléctricas de ambos países. La cantidad de agua que se desvía y la que se deja caer por las cataratas está regulada por tratados entre Canadá y Estados Unidos, que aseguran que durante el día y la temporada turística caiga suficiente agua para mantener el espectáculo, mientras que de noche y fuera de temporada se desvía más caudal para generar energía. Es decir, las cataratas que vemos están, en cierto modo, 'gestionadas'.
Hoy, las Cataratas del Niágara son uno de los destinos más visitados de América del Norte, con millones de turistas al año. Protegidas en el lado canadiense por los Niagara Parks, combinan la grandiosidad de la naturaleza con un enorme desarrollo turístico (hoteles, atracciones, Clifton Hill, casinos) y siguen siendo un símbolo compartido entre Canadá y Estados Unidos. Aquel salto de agua nacido del deshielo de los glaciares sigue rugiendo, atrayendo a la gente con la misma fuerza con que lo hizo durante siglos.