Antes de que se llamara Cabo Bretón, esta isla tenía otro nombre: Unama'ki, 'la tierra de la niebla', como la bautizó el pueblo mi'kmaq que la habitó durante miles de años. Mucho antes de que existieran carreteras escénicas o límites de parques nacionales, el norte de la isla era territorio de esta nación originaria de la región atlántica de Canadá, para la que toda Unama'ki formaba parte de su tierra ancestral, integrada en el gran territorio de Mi'kma'ki que se extendía por las actuales provincias marítimas y la península de Gaspé.
Los mi'kmaq vivían en estrecha relación con un entorno de bosques, ríos, costas y mar. Eran cazadores, pescadores y recolectores que se desplazaban estacionalmente según la disponibilidad de recursos: en verano se acercaban a la costa para aprovechar la riqueza del mar, y en invierno se internaban en los bosques del interior. Su conocimiento del territorio, de las rutas, los ríos y los recursos era profundo y se transmitía de generación en generación.
La llegada de los europeos a partir del siglo XVI transformó radicalmente ese mundo, con el comercio, las enfermedades y, más tarde, la colonización. Aun así, la presencia mi'kmaq en Cabo Bretón nunca desapareció: la nación sigue viva en la isla, y su historia y su vínculo ancestral con esta tierra son una parte fundamental del relato del lugar, reconocida hoy también por Parks Canada en la interpretación del parque.
El poblamiento europeo de Cabo Bretón añadió dos capas culturales que aún hoy definen la identidad de la isla. La primera fue la acadiana: colonos de habla francesa que, sobre todo a partir del siglo XVIII —incluso tras la deportación de los acadianos (el 'Grand Dérangement') de mediados de ese siglo—, se establecieron en distintas zonas de la región. En la costa oeste del norte de la isla echó raíces una comunidad acadiana que dio origen al pueblo de Chéticamp, que conserva hasta hoy su lengua francesa, su música, su cocina y tradiciones como el arte de los tapices anudados a mano.
La segunda gran capa, y la más numerosa en buena parte de Cabo Bretón, fue la escocesa. A lo largo del siglo XIX llegaron miles de inmigrantes de las Tierras Altas (Highlands) de Escocia, muchos de ellos desplazados por los desalojos de tierras en su país (las 'Highland Clearances'). Trajeron consigo la lengua gaélica, la música del violín (fiddle), las danzas y las costumbres que convirtieron a Cabo Bretón en uno de los grandes bastiones de la cultura gaélica fuera de Escocia. No es casualidad que la palabra 'Highlands' bautice tanto a la isla como al parque.
Esa convivencia de raíces mi'kmaq, acadianas y gaélicas —a las que se sumaron otras corrientes migratorias— hizo de Cabo Bretón un mosaico cultural singular. Hoy esa herencia se celebra en festivales como el Celtic Colours, en la música tradicional que llena los pubs y salones de la isla, y en la gastronomía y el idioma que aún se mantienen vivos en sus comunidades.
El Parque Nacional Cape Breton Highlands fue establecido en 1936, convirtiéndose en el primer parque nacional de las provincias marítimas de Canadá. Su creación fue fruto de un acuerdo entre el gobierno federal y la provincia de Nueva Escocia, en un contexto en que Canadá comenzaba a desarrollar su red de parques nacionales también en el este del país, después de la pionera labor en las Rocosas del oeste.
La elección del extremo norte de la isla de Cabo Bretón respondía tanto a la espectacularidad de su paisaje —las mesetas montañosas que caen al mar, los bosques, los cañones y la costa recortada— como al deseo de impulsar el desarrollo turístico de una región remota y económicamente frágil. La protección del territorio implicó delimitar un área que combinaba tierras altas de interior y franja costera, abarcando una notable diversidad de ambientes naturales en un espacio relativamente concentrado.
Desde entonces, el parque pasó a ser gestionado por el organismo federal de parques (hoy Parks Canada), con la doble misión de conservar sus ecosistemas y permitir que los visitantes los disfruten. Esa creación en 1936 sentó las bases de lo que hoy es uno de los destinos naturales más queridos del este de Canadá, y se entrelazó con el otro gran hito de la región: la construcción de la carretera que lo haría accesible al mundo.
La Cabot Trail, la carretera escénica que recorre el norte de la isla y atraviesa el parque, es una obra clave en la historia de la región. Fue construida a comienzos del siglo XX (su trazado se completó en torno a la década de 1930) para conectar las aisladas comunidades costeras del norte de Cabo Bretón, que hasta entonces vivían en gran medida incomunicadas por tierra. Su construcción a través de un terreno montañoso y abrupto fue una proeza de ingeniería para la época.
El nombre rinde homenaje al explorador Giovanni Caboto, conocido en inglés como John Cabot, el navegante de origen italiano al servicio de Inglaterra que en 1497 realizó un célebre viaje a las costas del Atlántico norteamericano. Aunque el punto exacto de su desembarco es objeto de debate histórico, la tradición lo asocia con esta región, y la carretera quiso honrar esa memoria.
Más allá de su función práctica de comunicar pueblos, la Cabot Trail se convirtió pronto en una atracción en sí misma. Sus vistas espectaculares de montañas y mar la transformaron en una de las rutas escénicas más famosas del mundo, un imán para viajeros, ciclistas y amantes de la naturaleza. Hoy es inseparable de la identidad del parque y de toda la isla: recorrerla, deteniéndose en sus miradores y senderos, es la manera por excelencia de descubrir Cape Breton Highlands.
El gran valor del Parque Nacional Cape Breton Highlands reside en su naturaleza. El parque protege un encuentro singular de regiones biológicas: las tierras altas de interior tienen un carácter casi nórdico, con bosque boreal, taiga e incluso tundra de altura y turberas, mientras que las laderas y los valles albergan el bosque acadiano, más templado, propio del este de Canadá. A ello se suma la franja costera, con sus acantilados, playas y aguas ricas en vida marina. Esa diversidad concentrada es lo que hace tan especial al territorio.
La fauna es uno de sus tesoros: el alce (moose) es la especie emblemática y muy visible, junto al oso negro, el coyote, el lince y el águila calva, entre muchas otras; en el mar, ballenas, focas y aves marinas. Esa riqueza, sin embargo, plantea desafíos de conservación. La sobrepoblación de alces y el pastoreo excesivo han afectado a ciertos bosques, lo que ha llevado a Parks Canada a desarrollar programas de manejo del ecosistema. El cambio climático y la presión turística son otros retos para el futuro.
Hoy el parque combina esa misión de conservación con la de ofrecer al visitante una experiencia inolvidable: senderos para todos los niveles, miradores sobre el mar, avistaje de fauna, playas, golf y la inmersión en la cultura celta y acadiana de la isla. La gestión busca un equilibrio entre proteger los frágiles ecosistemas de las highlands y mantener vivo este destino emblemático del Atlántico canadiense, donde la montaña, el bosque y el mar se dan la mano.