Mucho antes de la llegada de los europeos, las orillas de la bahía de Fundy estaban habitadas por el pueblo mi'kmaq (y, en zonas vecinas, por los maliseet/wolastoqiyik), naciones indígenas del nordeste de Norteamérica. Vivían de la pesca, la caza, la recolección de mariscos y los recursos de una costa marcada por mareas extraordinarias, que conocían a la perfección y que regían sus desplazamientos en canoa y la recogida de alimentos en el lecho marino que el mar descubría dos veces al día.
Un fenómeno tan colosal como las mareas de Fundy no podía dejar de tener su explicación en la tradición oral. Una conocida leyenda mi'kmaq atribuye las gigantescas mareas a una enorme ballena que, al chapotear en la bahía, hacía subir y bajar el agua; otras versiones las ligan a Glooscap, el gran héroe cultural de la mitología mi'kmaq, cuyos actos habrían dado forma al paisaje de la región (incluidas las islas y formaciones de la bahía). Estas historias muestran cómo los pueblos originarios integraban a su cosmovisión un fenómeno natural que aún hoy asombra a la ciencia.
La presencia indígena es la capa más profunda de la historia de Fundy, y la región sigue siendo territorio tradicional de estas naciones, cuya relación milenaria con la bahía y sus mareas precede en miles de años a cualquier asentamiento europeo.
El origen del nombre 'Fundy' no es del todo seguro y ha dado lugar a varias hipótesis. La más aceptada lo relaciona con la palabra portuguesa 'fundo' ('profundo' o 'fondo'), que los navegantes portugueses de los siglos XV y XVI habrían aplicado a esta bahía profunda durante sus exploraciones del Atlántico noroccidental. Otra hipótesis lo vincula al francés 'fendu' ('hendido', 'partido'), por la forma en que la bahía parece hender la tierra. En cualquier caso, el topónimo quedó fijado por el uso de marinos y cartógrafos europeos.
Las primeras exploraciones europeas documentadas de la zona se intensificaron a comienzos del siglo XVII con la llegada de los franceses. En 1604, una expedición encabezada por Pierre Dugua de Mons y en la que participaba el célebre cartógrafo y explorador Samuel de Champlain recorrió y cartografió la bahía. Champlain fue quien dejó algunos de los primeros registros detallados de la región, incluida la observación de sus mareas extraordinarias, un fenómeno que sin duda llamó la atención de aquellos navegantes acostumbrados a las mareas mucho más moderadas de Europa.
Aquellas exploraciones abrieron paso al primer gran capítulo europeo en Fundy: la fundación de Acadia, una de las colonias más tempranas de Francia en América del Norte, que tendría a la bahía como uno de sus escenarios centrales.
La bahía de Fundy fue escenario de uno de los primeros asentamientos europeos permanentes de Norteamérica al norte de Florida. En 1605, los franceses fundaron Port-Royal, en la actual Nueva Escocia, sobre la cuenca de Annapolis, que desemboca en Fundy. Port-Royal se convirtió en el núcleo de Acadia, la colonia francesa que abarcaba buena parte de las actuales provincias marítimas. Allí nació la comunidad acadiana, descendiente de colonos franceses que desarrollaron una cultura propia y una notable técnica agrícola: levantaron diques (aboiteaux) para ganar al mar las fértiles marismas de Fundy, transformando las tierras inundadas por las mareas en campos de cultivo.
Durante el siglo XVII y la primera mitad del XVIII, la región fue objeto de una disputa constante entre Francia e Inglaterra, que se la arrebataron una y otra vez en sucesivas guerras. Acadia cambió de manos varias veces hasta que pasó definitivamente al control británico. La población acadiana, mayoritariamente francófona y católica, quedó bajo soberanía británica en una época de tensión imperial.
El episodio más trágico llegó en 1755, con el Grand Dérangement o Deportación de los Acadianos. Ante la negativa de muchos acadianos a jurar lealtad incondicional a la Corona británica, y en el contexto del conflicto con Francia, las autoridades británicas ordenaron su expulsión masiva: miles de acadianos fueron arrancados de sus tierras alrededor de Fundy, sus aldeas y diques fueron destruidos, y fueron deportados y dispersados por las colonias británicas, Europa y, finalmente, Luisiana (donde sus descendientes son los 'cajún'). El sitio histórico de Grand-Pré, hoy Patrimonio de la Humanidad, conmemora aquella tragedia a orillas de la bahía.
Lo que durante siglos fue para marinos, pescadores y pueblos originarios un fenómeno asombroso y a veces temible, la ciencia moderna lo explicó con precisión: la bahía de Fundy posee las mareas más altas del planeta, con diferencias entre la pleamar y la bajamar que en su extremo más profundo (la cuenca de Minas, en Nueva Escocia) superan los 16 metros. Dos veces al día entran y salen de la bahía cantidades colosales de agua —del orden de cientos de miles de millones de toneladas—, más que el caudal combinado de todos los ríos de agua dulce del mundo.
La explicación combina dos factores. El primero es la forma de la bahía: Fundy se va estrechando y volviendo menos profunda hacia su fondo, como un embudo, lo que obliga a la misma masa de agua entrante a 'amontonarse' y subir cada vez más alto a medida que avanza. El segundo, y decisivo, es un fenómeno de resonancia: el tiempo natural que tarda el agua en oscilar de un extremo a otro de la bahía (su 'período de balanceo') es muy cercano al período de la marea semidiurna del Atlántico, de unas doce horas y media. Cuando ambos ritmos casi coinciden, cada marea refuerza a la siguiente, igual que al empujar una hamaca en el momento justo se logra que suba cada vez más. Esa resonancia amplifica las mareas hasta los valores récord de Fundy.
Este poder descomunal no solo crea un espectáculo: esculpe las formaciones rocosas como las de Hopewell, expone los acantilados fosilíferos de Joggins, genera los rápidos reversibles de Saint John y el tidal bore del Petitcodiac, y ha alimentado proyectos para aprovechar la energía mareomotriz de la bahía.
La historia de la bahía de Fundy no se mide solo en siglos, sino en cientos de millones de años. En la costa de Nueva Escocia, las mareas más altas del mundo erosionan sin descanso los acantilados de Joggins, dejando al descubierto una de las secciones de rocas del período Carbonífero más completas y famosas del planeta. Estas rocas tienen unos 300 millones de años y conservan, como las páginas de un libro de piedra, el registro de un mundo perdido: las selvas pantanosas de la llamada 'Edad del Carbón', cuando esta parte del planeta estaba cubierta de bosques tropicales que con el tiempo darían origen al carbón.
Los fósiles de Joggins son extraordinarios. Allí se conservan troncos fosilizados de árboles gigantes (licófitas como Sigillaria) en posición vertical, tal como crecían, y dentro de algunos de esos troncos huecos se hallaron los restos de algunos de los primeros reptiles conocidos, animales que marcaron un hito en la evolución de la vida terrestre. También aparecen helechos, artrópodos y las huellas de aquellos antiguos ecosistemas.
El sitio fue clave para la ciencia del siglo XIX. Geólogos pioneros como Charles Lyell y William Dawson lo estudiaron, y los hallazgos de Joggins influyeron en el pensamiento de la época: el propio Charles Darwin citó estos fósiles en 'El origen de las especies'. Por su valor científico excepcional, los Joggins Fossil Cliffs fueron inscritos en 2008 en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Sumados a su condición de reserva de la biosfera reconocida por la Unesco, los espacios protegidos de la región confirman que la bahía de Fundy es un tesoro tanto natural como científico.
A lo largo del siglo XX y hasta hoy, la bahía de Fundy pasó de ser un territorio de pesca, comercio marítimo y disputas coloniales a convertirse en uno de los grandes destinos naturales de Canadá, con la conservación como protagonista. En 1948 se creó el Fundy National Park, en la costa de Nuevo Brunswick, para proteger un trozo de costa de mareas extremas y de bosque acadiano, y poner sus paisajes al alcance de los visitantes. Con el tiempo se sumaron otros espacios protegidos y sitios de interés a ambos lados de la bahía.
La región fue reconocida internacionalmente por su valor natural: además del Patrimonio Mundial de Joggins, la zona de la cuenca de Minas y el área del Fundy fueron incluidas en programas de reservas de la biosfera de la Unesco, y las mareas y la geología de Fundy figuran habitualmente entre las maravillas naturales más citadas del país. El avistaje de ballenas, atraídas por la riqueza de estas aguas, se consolidó como una actividad estrella, con especial atención a la conservación de la amenazadísima ballena franca glacial del Atlántico Norte.
La bahía también ha sido objeto de proyectos para aprovechar la energía de sus mareas (energía mareomotriz), aunque su desarrollo ha sido complejo por los desafíos técnicos y ambientales que plantea un entorno tan poderoso. Hoy, la bahía de Fundy combina su herencia mi'kmaq, su pasado acadiano y colonial, su tesoro paleontológico y su naturaleza espectacular en un destino donde el verdadero protagonista sigue siendo el mismo de siempre: el ritmo incansable de las mareas más altas del mundo, que dos veces al día reescriben el paisaje.