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Historia de Veliko Tarnovo

Los orígenes sobre las gargantas del Yantra

Pocas ciudades tienen un emplazamiento tan dramático como Veliko Tarnovo. El río Yantra, al abrirse paso por los pliegues de los Balcanes, dibuja aquí una serie de meandros cerradísimos que dejan colinas casi rodeadas por el agua, con laderas verticales. Sobre esas colinas —Tsarevets, Trapezitsa, Momina krepost— se instalaron desde muy antiguo pueblos que buscaban protección natural.

Hubo asentamientos ya en la época tracia y luego romana y bizantina: la altura de Tsarevets estaba fortificada desde los primeros siglos de nuestra era, y Trapezitsa se cubrió con el tiempo de iglesias. Durante siglos, sin embargo, Tarnovo fue una plaza fuerte más entre las muchas de la frontera entre el Imperio bizantino y los búlgaros, sin especial relevancia. Nada anunciaba que, a fines del siglo XII, esta ciudad encaramada sobre el río se convertiría en la capital de uno de los imperios más poderosos de la Europa oriental.

La clave estuvo en la política. En 1018, tras siglos de guerras, el Primer Imperio Búlgaro había sido conquistado por Bizancio, y Bulgaria quedó bajo dominio de Constantinopla. Pero el descontento por los impuestos y el gobierno bizantino fue creciendo, sobre todo entre la nobleza local. En Tarnovo, ese descontento encontraría a sus líderes.

1185: la rebelión de los Asen y el Segundo Imperio

En 1185, dos hermanos de la nobleza búlgara, Teodoro (que tomaría el nombre de Pedro) e Iván Asen, encabezaron en Tarnovo una rebelión contra el dominio bizantino. La tradición cuenta que el levantamiento se proclamó en la iglesia de San Demetrio de Tesalónica, en el barrio de Asenova, presentando como milagrosa la ayuda del santo a la causa búlgara. La revuelta prendió, y tras años de lucha los Asen consiguieron expulsar a los bizantinos del norte de los Balcanes y restaurar un Estado búlgaro independiente: el Segundo Imperio Búlgaro, con Tarnovo como capital.

Durante los dos siglos siguientes, Tarnovo fue el centro del poder. En la colina de Tsarevets se levantaron el palacio de los zares, con sus salones y su torre, y en la cima la residencia del patriarca ortodoxo, porque el imperio restaurado también restauró su Iglesia autónoma. La ciudad creció con murallas, torres, cientos de casas e innumerables iglesias, muchas de ellas en la vecina colina de Trapezitsa. Tarnovo se consideraba la 'Tercera Roma' y la 'nueva Constantinopla', heredera del prestigio imperial y religioso.

El momento de mayor gloria llegó con el zar Iván Asen II (1218-1241), que extendió las fronteras búlgaras hasta tres mares y venció a los bizantinos del Despotado del Epiro en la batalla de Klokotnitsa, en 1230. Para celebrarlo, mandó construir en Tarnovo la iglesia de los Cuarenta Santos Mártires, donde hizo grabar en una columna el relato de su victoria; esa inscripción es hoy uno de los documentos más valiosos de la historia búlgara. Bajo su reinado, Tarnovo fue una de las capitales más brillantes de la Europa medieval.

El esplendor cultural y la caída de 1393

Tarnovo no fue solo poder político: fue un gran foco de cultura. En los siglos XIV surgió la llamada Escuela Literaria de Tarnovo, un movimiento de monjes y letrados —cuya figura cumbre fue el patriarca Eutimio (Evtimiy)— que reformó la lengua y la ortografía del búlgaro eslavo eclesiástico, copió y tradujo textos, y produjo manuscritos iluminados de gran belleza, como el célebre Evangelio del zar Iván Alejandro. Esa producción intelectual influyó en toda la Europa ortodoxa, de Serbia a Rusia y Rumania. Tarnovo era, a la vez, corte, patriarcado y universidad monástica.

Pero sobre los Balcanes avanzaba una nueva potencia: los turcos otomanos. A lo largo del siglo XIV, el imperio búlgaro, dividido y debilitado por luchas internas, fue perdiendo terreno frente a los otomanos, que conquistaban ciudad tras ciudad. En 1393, tras un asedio de tres meses, Tarnovo cayó. Las tropas del sultán Bayaceto I tomaron la ciudad, incendiaron el palacio y las iglesias de Tsarevets y masacraron o deportaron a buena parte de sus habitantes; el patriarca Eutimio, según la tradición, fue enviado al exilio. La caída de la capital marcó el fin efectivo del Estado búlgaro medieval. Pocos años después, todo el país quedó bajo dominio otomano, que se prolongaría durante casi cinco siglos.

Durante ese largo período, Tarnovo dejó de ser capital y quedó reducida a una ciudad provincial, aunque conservó su importancia como centro cristiano y comercial. Las ruinas de Tsarevets, quemadas y abandonadas, se convirtieron en el símbolo melancólico de una grandeza perdida que los búlgaros no olvidarían.

Renacimiento, liberación y la Constitución de Tarnovo

Entre los siglos XVIII y XIX, con el llamado Renacimiento búlgaro (Vazrazhdane), Tarnovo revivió. Los gremios de artesanos y los comerciantes prosperaron, se construyeron las casas de piedra y madera que hoy admiramos en la Samovodska charshia, y la ciudad se convirtió en uno de los focos del despertar nacional búlgaro, con escuelas, iglesias y una creciente conciencia de identidad frente al dominio otomano. El recuerdo de la vieja capital imperial alimentaba el orgullo patriótico.

La liberación llegó en 1877-1878, con la Guerra Ruso-Turca que devolvió la independencia a Bulgaria. Y fue precisamente a Tarnovo, la antigua capital, adonde se convocó en 1879 la primera Asamblea Constituyente del nuevo Estado. Allí se debatió y aprobó la Constitución de Tarnovo, una de las más liberales de su tiempo en Europa, que estableció una monarquía constitucional y sentó las bases del Principado (y luego Reino) de Bulgaria. La elección de la ciudad no fue casual: al reunir la asamblea en Tarnovo, los búlgaros afirmaban la continuidad entre el imperio medieval y el Estado moderno. Por eso a la ciudad se le añadió el adjetivo Veliko ('grande'): Veliko Tarnovo, la Gran Tarnovo.

A lo largo del siglo XX, ya en la Bulgaria moderna, la ciudad conservó ese peso simbólico. Se restauraron parcialmente las murallas y la iglesia patriarcal de Tsarevets, se protegió el casco histórico del Renacimiento y Veliko Tarnovo se convirtió en sede universitaria y en uno de los grandes destinos culturales del país.

La ciudad de los zares, hoy

Hoy Veliko Tarnovo es, para muchos, la ciudad más hermosa del interior de Bulgaria y un lugar donde la historia medieval sigue viva. La fortaleza de Tsarevets, con sus murallas reconstruidas y la iglesia patriarcal en lo alto, corona la colina abrazada por el Yantra, y en las noches señaladas el espectáculo de Sonido y Luz —creado en 1985— enciende toda la ladera con reflectores, láser y campanas que narran el auge y la caída del imperio. Abajo, en el barrio de Asenova, las viejas iglesias y el monumento a la dinastía Asen recuerdan a los fundadores del Estado medieval.

El casco histórico, con sus casas colgadas sobre el río y la calle de artesanos Samovodska charshia, mantiene el ambiente del Renacimiento búlgaro, con talleres de alfareros, sopladores de vidrio y joyeros. La presencia de una gran universidad llena la ciudad de estudiantes, cafés y vida cultural, y en la colina vecina el pueblo-museo de Arbanasi completa la visita con sus casas-fortaleza y sus iglesias de frescos.

Asomarse desde un mirador a las casas escalonadas sobre las gargantas del Yantra, con Tsarevets recortándose al fondo, es entender por qué los búlgaros llaman a esta ciudad 'la ciudad de los zares'. Ochocientos años después de que los hermanos Asen proclamaran aquí su rebelión, Veliko Tarnovo sigue siendo el corazón histórico de Bulgaria, el lugar donde el país recuerda su grandeza medieval y celebra el nacimiento de su Estado moderno.

📚 Bibliografía

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