La historia de Ruse empieza en el agua. El Danubio, el gran río que atraviesa Europa central y desemboca en el Mar Negro, fue durante siglos una frontera y una autopista comercial, y su orilla sur, donde hoy está Ruse, tuvo asentamientos desde la Antigüedad tracia. Pero fue Roma la que fundó aquí la primera ciudad reconocible.
En el siglo I d.C., cuando el Imperio romano fijó su frontera norte (el limes) en el Danubio, se levantó en este punto un fuerte fluvial llamado Sexaginta Prista, que en latín significa 'el puerto de los sesenta barcos' o 'de los sesenta navíos'. Formaba parte del sistema defensivo de la provincia de Mesia, con destacamentos militares, embarcaderos y una flota fluvial que patrullaba el río frente a los pueblos del norte. Alrededor del fuerte creció una población civil, con termas y calles, y por aquí pasaron legiones, mercancías y, con el tiempo, el cristianismo.
Con las invasiones y el repliegue del imperio, y luego bajo Bizancio, el asentamiento cambió de manos y de importancia. En la Edad Media, ya dentro de los sucesivos Estados búlgaros, hubo aquí una fortaleza —a veces mencionada con otros nombres— que controlaba el paso del río. Pero la ciudad tal como la conocemos nacería, en realidad, bajo un nuevo poder: el otomano.
Tras la conquista otomana de Bulgaria a fines del siglo XIV, la ciudad danubiana pasó a llamarse Rusçuk (Ruschuk) y se convirtió en una de las plazas fuertes más importantes del imperio en el bajo Danubio. Su posición era estratégica: guardaba el cruce del río frente a Valaquia (la actual Rumania), controlaba el comercio fluvial y servía de base militar en las frecuentes guerras entre el Imperio otomano y sus vecinos del norte, sobre todo Rusia y los Habsburgo austríacos.
Durante siglos, Rusçuk fue una ciudad de guarnición amurallada, con una población mixta de turcos, búlgaros, armenios, judíos sefardíes y comerciantes de muchos orígenes, lo que le dio desde temprano un carácter cosmopolita. El puerto bullía de barcazas y el bazar, de mercancías. La ciudad sufrió varios asedios y bombardeos en las guerras ruso-turcas de los siglos XVIII y XIX, y varias veces fue tomada y devuelta.
El gran salto llegó a mediados del siglo XIX, cuando Rusçuk se convirtió en capital de una provincia otomana (el vilayato del Danubio) y en escenario de un ambicioso programa de modernización de la mano de un gobernador excepcional.
Entre 1864 y 1868, Rusçuk fue gobernada por Midhat Pasha, uno de los estadistas reformistas más notables del Imperio otomano, que hizo de la ciudad un laboratorio de modernización. Bajo su mandato se trazaron nuevas avenidas, se levantaron edificios públicos, escuelas y hospitales, se organizó la administración y se impulsó la industria y el comercio. Rusçuk se convirtió en una de las ciudades más avanzadas de los Balcanes otomanos.
El símbolo de aquella modernización fue el ferrocarril. En 1866 se inauguró la línea de Rusçuk a Varna, la primera vía férrea del actual territorio búlgaro, construida por capital británico para unir el Danubio con el Mar Negro y acortar la ruta comercial hacia Estambul y Europa occidental. La estación de Ruse, punto de partida de aquella línea histórica, alberga hoy un original Museo del Transporte, con locomotoras y vagones de época, incluidos coches que usaron sultanes y reyes.
La modernización también trajo prensa, imprenta y vida cultural moderna. Cuando en 1877-1878 estalló la Guerra Ruso-Turca de Liberación, que devolvería la independencia a Bulgaria, Rusçuk era ya una ciudad grande, rica y conectada con el mundo, preparada para el papel protagónico que jugaría en la joven Bulgaria.
Tras la liberación de 1878 y la creación del Principado de Bulgaria, Ruse —ya con su nombre búlgaro— vivió su época dorada. Como principal puerto del país sobre el Danubio y puerta de entrada del comercio y las ideas europeas, se convirtió en la ciudad más rica, moderna y cosmopolita de la nueva Bulgaria. Aquí se abrieron los primeros bancos, compañías de seguros, cámaras de comercio y consulados extranjeros; llegaban los barcos de vapor que remontaban el Danubio desde Viena y Budapest, y con ellos, la moda, la arquitectura y el estilo de vida centroeuropeos.
En esas décadas se construyó el centro que hoy admiramos: la plaza de la Libertad con su monumento del escultor italiano Arnoldo Zocchi (1909), el teatro, y las fachadas neobarrocas, eclécticas y art nouveau de la calle Aleksandrovska y sus alrededores. Ese aire vienés le valió el apodo de 'la pequeña Viena'. Mansiones como la Casa Kaliopa, con sus frescos y su mobiliario de lujo, recuerdan cómo vivía aquella burguesía próspera y multicultural.
Ese mundo cosmopolita quedó retratado por uno de los hijos más ilustres de la ciudad: el escritor Elias Canetti, nacido en Ruse en 1905 en el seno de una familia judía sefardí, Premio Nobel de Literatura en 1981. En el primer volumen de su autobiografía, 'La lengua salvada', Canetti evocó la Ruse de su infancia como un lugar donde se hablaban muchas lenguas —ladino, búlgaro, alemán, turco— y convivían pueblos de toda Europa, una imagen viva de la ciudad danubiana en su apogeo.
El siglo XX trajo a Ruse las mismas convulsiones que al resto de Bulgaria. Las guerras balcánicas y las dos guerras mundiales, con el país oscilando entre alianzas; luego, tras 1944, el régimen socialista, que industrializó la ciudad con grandes fábricas y la convirtió en un importante nudo de transporte. En 1954 se inauguró el Puente de la Amistad sobre el Danubio, que unió Ruse con la rumana Giurgiu y fue durante décadas el único puente entre ambos países.
La industria, sin embargo, también trajo problemas: en los años ochenta, la contaminación química procedente de una planta en la orilla rumana provocó graves episodios de polución en Ruse, y las protestas ciudadanas contra esa contaminación se convirtieron, a fines de la década, en una de las primeras expresiones del descontento que precedió a la caída del comunismo en Bulgaria en 1989.
Tras la difícil transición de los años noventa, Ruse ha vuelto a mirar hacia su patrimonio y su vocación danubiana. La entrada de Bulgaria en la Unión Europea en 2007 —y la de la vecina Rumania el mismo año— revitalizó la frontera y el comercio, y la ciudad se ha volcado en restaurar su centro histórico y potenciar el turismo cultural y fluvial: hoy muchos cruceros por el Danubio hacen escala aquí como puerta de entrada a Bulgaria.
Pasear por la plaza de la Libertad y la calle Aleksandrovska, entre fachadas de aire vienés, con el gran río a un paso y la orilla rumana enfrente, es asomarse a una ciudad distinta a cualquier otra de Bulgaria: culta, elegante y profundamente europea. La 'pequeña Viena' del Danubio sigue haciendo honor a su nombre.