Plovdiv juega en una liga aparte: es una de las ciudades habitadas de forma continuada más antiguas de Europa, y de las más antiguas del mundo. Los arqueólogos han encontrado en sus colinas huellas de asentamiento que se remontan al Neolítico, hace más de 8000 años, lo que la hace más vieja que Roma, Atenas, Cartago o Constantinopla. Sobre las colinas que salpican la llanura tracia, junto al río Maritsa, los seres humanos han vivido, construido y reconstruido sin apenas interrupción durante milenios.
El núcleo original se formó en la colina de Nebet Tepe, donde se han excavado capas superpuestas de distintas épocas, desde el Neolítico y la Edad del Bronce en adelante. En la Antigüedad, la ciudad fue un importante centro de los tracios, el gran pueblo que dominó buena parte de la actual Bulgaria antes de griegos y romanos, célebre por sus jinetes, sus guerreros y su extraordinaria orfebrería de oro. El asentamiento tracio se conocía con nombres como Eumolpia.
Esta antigüedad extrema no es un dato muerto de museo: en Plovdiv se palpa. Cada excavación en el centro saca a la luz nuevos restos, y las distintas civilizaciones han ido dejando sus estratos unos sobre otros, de modo que la ciudad es como un libro de historia con miles de años de páginas superpuestas. Por eso Plovdiv se enorgullece de su lema como 'la ciudad eterna'.
Un momento clave en la historia de la ciudad llegó en el año 342-341 a. C., cuando Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, conquistó el asentamiento tracio y lo refundó con su propio nombre: Filipópolis ('la ciudad de Filipo'). Fue una de las muchas ciudades que el ambicioso rey macedonio fundó o refundó en su expansión. La ciudad, sin embargo, volvería a manos tracias y pasaría por distintos dominios en los siglos siguientes.
El gran esplendor llegó con Roma. En el siglo I d. C., Filipópolis quedó firmemente integrada en el Imperio romano y se convirtió en una de las ciudades más importantes de la provincia de Tracia. Los romanos la llamaron Trimontium ('las tres colinas'), por las colinas sobre las que se asentaba, y la dotaron de todos los equipamientos de una gran ciudad imperial: un magnífico teatro (finales del siglo I), un enorme estadio para 30.000 espectadores, foros, templos, termas, un odeón, acueductos y villas con mosaicos. Trimontium era un nudo de comunicaciones en la gran vía Militaris que unía Europa central con Constantinopla.
Buena parte de estos monumentos romanos son los que hoy asombran al visitante: el teatro, que ha vuelto a acoger espectáculos; el estadio, cuyo extremo asoma bajo la calle peatonal; los restos del foro y las villas. La Plovdiv romana fue una ciudad rica y cosmopolita, y su huella es uno de los mayores tesoros de la Bulgaria actual.
Tras la división del Imperio romano, Filipópolis quedó en el Imperio bizantino (romano de Oriente), como importante ciudad y plaza fuerte en la frontera de Tracia. Durante la Edad Media, la ciudad fue disputada una y otra vez entre Bizancio y el Imperio Búlgaro, que se formó a partir del siglo VII: cambió de manos numerosas veces, fue amurallada, asediada y reconstruida, y conoció episodios de las Cruzadas y de las guerras balcánicas medievales. Los búlgaros la llamaron Paldin o Plovdiv, nombre que finalmente prevalecería.
En el siglo XIV, la ciudad cayó bajo el dominio del Imperio otomano, en cuyo poder permanecería casi cinco siglos, hasta 1878. Los otomanos la llamaron Filibe, y bajo su dominio Plovdiv siguió siendo una ciudad importante, próspera y muy cosmopolita, con población búlgara, turca, griega, armenia, judía y de otros orígenes. De la época otomana quedan monumentos como la Mezquita Dzhumaya (siglo XIV-XV), una de las más antiguas de los Balcanes, baños y elementos del trazado urbano.
Este largo período dejó a Plovdiv una diversidad cultural y religiosa que todavía la caracteriza, con iglesias, mezquitas y sinagogas. La ciudad fue un centro comercial y artesanal de primer orden en la ruta entre Estambul y Europa central, y esa prosperidad prepararía el terreno para su gran florecimiento cultural en el siglo XIX, ya en el marco del despertar nacional búlgaro.
El siglo XIX fue el gran siglo de Plovdiv. En el marco del Renacimiento Nacional Búlgaro (Vazrazhdane), el despertar cultural, económico y político del pueblo búlgaro bajo el dominio otomano, Plovdiv se convirtió en uno de los principales centros del país. Sus prósperos comerciantes, enriquecidos con el comercio (especialmente el textil y la seda), construyeron las espléndidas casas del casco antiguo que hoy son el sello de la ciudad: grandes mansiones de colores vivos, con pisos volados, ricas decoraciones pintadas e interiores lujosos, un estilo arquitectónico único conocido como 'barroco de Plovdiv'.
La ciudad fue también un foco de educación, imprenta, iglesia nacional y actividad revolucionaria búlgara. La liberación llegó con la guerra ruso-turca de 1877-1878. Pero el Tratado de Berlín (1878) tomó una decisión que afectó especialmente a Plovdiv: en lugar de integrarla en el nuevo Principado de Bulgaria, la convirtió en capital de una provincia autónoma bajo soberanía otomana nominal, la Rumelia Oriental (Rumelia del Este). Durante unos años, Plovdiv fue la capital de este territorio semiindependiente.
Esa situación duró poco. En 1885, un movimiento popular y militar proclamó en Plovdiv la unificación de la Rumelia Oriental con el Principado de Bulgaria, un hito fundamental en la construcción de la Bulgaria moderna. La ciudad, que había sido incluso considerada como posible capital nacional, cedió ese papel a Sofía, pero siguió siendo la segunda ciudad del país y un gran centro cultural y económico.
A lo largo del siglo XX, Plovdiv se consolidó como la segunda ciudad de Bulgaria y un importante centro industrial, comercial (con su célebre Feria Internacional) y cultural. Vivió, como todo el país, las guerras balcánicas, las dos guerras mundiales y las décadas del régimen comunista (1944-1989), durante las cuales creció y se industrializó, aunque también sufrió transformaciones urbanas. Fue en los años 70 cuando, casi por casualidad, un desprendimiento sacó a la luz el teatro romano, dando inicio a la gran recuperación del patrimonio antiguo de la ciudad.
Tras la caída del comunismo y la transición democrática, Plovdiv apostó cada vez más por su patrimonio y su cultura como motor. El casco antiguo se restauró y revalorizó, las ruinas romanas se excavaron y musealizaron, y barrios como Kapana se revitalizaron como espacios creativos. El reconocimiento culminó en 2019, cuando Plovdiv fue Capital Europea de la Cultura, el primer año en que una ciudad búlgara ostentaba ese título, lo que impulsó una enorme renovación cultural y turística.
Hoy Plovdiv combina como pocas ciudades el peso de una historia de más de ocho mil años con un espíritu joven, creativo y acogedor. En sus calles conviven un teatro romano que sigue en uso, casas de colores del Renacimiento búlgaro, una mezquita otomana, iglesias, sinagogas y el bullicio de Kapana. En la Bulgaria europea que en 2026 adoptó el euro, Plovdiv se ha convertido en uno de los destinos más queridos del país, una 'ciudad eterna' que demuestra que se puede ser antiquísima y moderna a la vez.